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Libro de cine para regalar, el ebook autoeditado por Michi Huerta, ya está disponible en los principales puntos de venta de contenidos digitales.

SINOPSIS: Al protagonista de este relato los Reyes Magos le regalaron un Cinexin cuando tenía cinco años. Devoró docenas de películas clásicas en las sobremesas de Televisión Española mientras su abuelo se quedaba embobado con John Wayne pegando tiros. Acarició por primera vez la mano de una chica en la oscuridad de una sala justo cuando Bud Spencer le partía la cara a un tío. El vídeo le cambió la vida, aunque en la década de los ochenta no podía imaginar los fenómenos de los que sería testigo en poco tiempo: la desaparición de los grandes cines, la proliferación de multisalas, el DVD y, cómo no, Internet. De hecho, ahora ve filmes de Bergman en un iPad… e intenta convertir a su hija de cinco años en seguidora de John Ford.
Ésta es su historia, tan personal… y tan parecida a la de muchos otros.

Libro de cine para regalar

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El gran hotel Budapest, de Wes Anderson

Golosina visual de Wes Anderson

Golosina visual de Wes Anderson

Título original: The grand Budapest hotel
Producción: Scott Rudin Productions, Indian Paintbrush, Studio Babelsberg, American Empirical Pictures (2014)
Dirección: Wes Anderson
Guión: Wes Anderson, basado en un argumento de Wes Anderson y Hugo Guinness
Fotografía: Robert Yeoman
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Barney Pilling
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 21 Marzo 2014
Duración: 100 min.
Intérpretes: Ralph Fiennes (M. Gustave), F. Murray Abraham (Mr. Moustafa), Mathieu Amalric (Serge X.), Adrien Brody (Dmitri), Willem Dafoe (Jopling), Jeff Goldblum (asesor legal Kovacs), Harvey Keitel (Ludwig), Jude Law (joven escritor), Bill Murray (M. Ivan), Edward Norton (Henckels), Saoirse Ronan (Agatha), Jason Schwartzman (M. Jean), Léa Seydoux (Clotilde), Owen Wilson (M. Chuck), Tilda Swinton (Madame D.), Tom Wilkinson (escritor), Tony Revolori (Zero).

André Bazin reclamaba en su influyente y polémico artículo sobre la “política de los autores” que la crítica valorara, antes que nada, lo que él llamaba el “blasón de autor”. La cuestión de la autoría de lo que en rigor siempre es fruto de un colectivo da para mucho y no es objeto de estas líneas. Me sobra con señalar, sin embargo, que si hay entre los directores actuales uno que cincela con genuina denominación de origen su filmografía se llama Wes y se apellida Anderson. El gran hotel Budapest no viene sino a confirmarlo.
En poco más de quince años y menos de diez largometrajes el cineasta tejano ha construido un universo peculiar, diseñado con una mirada propia tanto en su hechizante estética como en una narrativa que atrapa a cualquiera que se deje seducir por su encanto. No está hecho su cine, sin embargo, para cualquier tipo de espectador, pues no es ni conservador ni condescendiente. En sus fronteras apenas hay lugar para las concesiones, algo que tampoco disculparían sus seguidores, ciertamente militantes.
El que esto suscribe se declara como tal y así solventa cualquier duda sobre la posible subjetividad -¿podrían, en cualquier caso, ser “objetivas”?- de estas líneas. Uno ya se instala en El gran hotel Budapest con las maletas cargadas de ilusión y altas expectativas. Y abandona su decrépito vestíbulo con el ánimo por las nubes, flotando en esa sensación tan especial que ya conoce por otros relatos de Anderson, desde la extraña Life Aquatic hasta la emocionante Moonrise Kingdom, pasando por su incursión en la animada Fantástico Mr. Fox.
La última propuesta de Anderson se origina en los ecos literarios del austríaco Stefan Zweig, aunque sólo como leve inspiración e impulso creativo para otro juego muy personal. Organizada como un rompecabezas con varios narradores y una temporalidad fragmentada, la historia gira en torno a la aventura que viven el conserje de un hotel centroeuropeo y su discípulo, el joven Zero. Asesinatos, persecuciones, misterios por resolver, fugas y bajas pasiones saltean un argumento de desarrollo ágil que se complica estructuralmente por una circunstancia: en realidad lo que vemos y escuchamos es la rememoración que un escritor mayor hace de cuando siendo joven el propietario del hotel le contó con detalle los sucesos que, a su vez, sucedieron mucho tiempo antes.
El dispositivo funciona cual muñeca rusa. Y el retablo de personajes está superpoblado por secundarios que entran y salen constantemente para dejar, de paso, una impronta memorable en el conjunto. El plan de Anderson se apoya en un elenco excepcional de actores, pues da la impresión de que las estrellas se pirran por aparecer en los carteles de sus producciones. Citarlos aquí sería excesivo por la limitación de espacio, así que acuda a la ficha técnica y dé por bueno que todos, sin excepción, están en un nivel sobresaliente. Sobre todo el cabeza de cartel, Ralph Fiennes, metido en la piel de un hombre refinado, culto y canalla.
Los seres ficticios de El gran hotel Budapest viven arropados por unos encuadres que siguen el manual de estilo de Anderson: composiciones frontales y simétricas, colores vivos, luminosidad, predisposición a la saturación escenográfica… Cada plano está meticulosamente concebido para cautivar la mirada del espectador. Y esa mirada cautiva se enriquece con un montaje vibrante y evidente desparpajo en el uso de los formatos, que cambian en varios momentos dependiendo del tiempo puntual del argumento y de su localización geográfica.
Quizás alguien podría reprocharle a la golosina visual –pues así puede considerarse– falta de calidez, inclinación a la artificiosidad o un punto de ligereza. Anderson, ya se ha dicho antes, no es populista. Su manera de entender la creación tiene también un punto de distanciamiento que a mi juicio da más valor a sus apuestas. Sobre todo cuando el desenfado no le impide abordar a modo de fábula asuntos tan relevantes como el funcionamiento de la memoria, los mecanismos de la creación e incluso la emergencia del fascismo en un territorio de nombre ficticio pero donde cualquiera puede ver la semilla de donde brotaría un tal Hitler.
Un filme majestuoso, o sea. Un alarde estilístico mejorado, una vez más, por la encantadora partitura de Alexandre Desplat. Un postre excéntrico, cuyo regusto no pierde dulzura tiempo después de su ingesta. Otra maravilla de Wes Anderson, un autor en toda regla.

Monuments Men, de George Clooney

Fallida aventura bélica

Fallida aventura bélica

Título original: The Monuments Men
Producción: Columbia Pictures, Fox 2000 Pictures, Smokehouse Pictures, Studio Babelsberg (2014)
Dirección: George Clooney
Guión: George Clooney y Grant Heslov, basado en el libro “The Monuments Men: Allied heroes, nazi thieves and the treatest treasure hunt in History”, de Robert M. Edsel y Bret Witter.
Fotografía: Phedon Papamichael
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Stephen Mirrione
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 21 Febrero 2014
Duración: 118 min.
Intérpretes: George Clooney (Frank Stokes), Matt Damon (James Granger), Bill Murray (Richard Campbell), John Goodman (Walter Garfield), Jean Dujardin (Jean Claude Clermont), Bob Balaban (Preston Savitz), Hugh Bonneville (Donald Feffries), Cate Blanchett (Claire Simone).
Título original: The monuments men
Producción: Columbia Pictures, Fox 2000 Pictures, Smokehouse Pictures, Studio Babelsberg (2014)
Dirección: George Clooney
Guión: George Clooney y Grant Heslov, basado en el libro “The Monuments Men: Allied heroes, nazi thieves and the treatest treasure hunt in History”, de Robert M. Edsel y Bret Witter.
Fotografía: Phedon Papamichael
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Stephen Mirrione
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 21 Febrero 2014
Duración: 118 min.
Intérpretes: George Clooney (Frank Stokes), Matt Damon (James Granger), Bill Murray (Richard Campbell), John Goodman (Walter Garfield), Jean Dujardin (Jean Claude Clermont), Bob Balaban (Preston Savitz), Hugh Bonneville (Donald Feffries), Cate Blanchett (Claire Simone).

A mediados de los sesenta John Frankenheimer redondeó una maravillosa película sobre un tren que, en las postrimerías de la II Guerra Mundial, salía de París en dirección Berlín con un cargamento espectacular de obras de arte. Un oficial nazi, cultivado y fascinante, se llevaba el tesoro, compuesto principalmente por los alardes del impresionismo franceses. No lo tendría fácil el germano, pues un líder de la resistencia, atlético y nada instruido, recibía pronto la orden de evitar el expolio. El duelo final entre los dos, después de un metraje cargado de acción trepidante, resulta inolvidable por su densidad moral, buena prueba de que el ritmo vibrante y la profundidad del discurso en absoluto son elementos antagónicos. Por eso El tren es una obra maestra.
Y por eso mismo Monuments Men es un filme estéril y olvidable. La comparación entre la propuesta de George Clooney y la del infravalorado Frankenheimer es pertinente dado el parentesco de sus respectivas premisas. Existen, sin embargo, algunas diferencias: Clooney apuesta por un protagonismo coral en la parte de los rescatadores y desdibuja por completo el antagonismo en el otro lado. Las consecuencias son catastróficas, mucho más cuando la película está concebida como un divertimento ligero para un público sediento de lo que se entiende por “cine espectáculo”.
Unos ciudadanos estadounidenses, en general mayores y poco dotados para el escenario bélico, se adentran en territorio europeo cuando la II Guerra Mundial encara su final con el objeto de impedir el robo de obras de arte que llega por dos flancos: el nazi y el soviético. Los héroes llegan juntos, se separan, van y vienen, aparecen en sitios diversos, algunos mueren, otros enamoran a francesas sufrientes. Vuelven a juntarse, se mueven por aquí y por allá hasta que se reúnen con un destino por fin delimitado. Evidentemente, llegan hasta allí y ganan. Fin.
La trama, por llamarla de alguna manera, se echa a perder por una falta de consistencia atroz. La indefinición campa por sus anchas en un vaivén episódico y sujeto exclusivamente a las habilidades de unos actores tan simpáticos como el propio Clooney, Matt Damon, Bill Murray o John Goodman. Poca cosa, pues la inexistencia de un plan narrativo suficientemente armado convierte la representación en algo parecido a esos partidos de exhibición de viejas glorias balompédicas que se echan unas risas cuando ya están pasados de años y kilos: puede estar bien, pero eso no es fútbol.
De hecho, para que el relato avance se toman decisiones inverosímiles que abusan de la fe del espectador en más de una ocasión. Y éste seguramente la pierda pronto ante la ausencia de un rumbo que seguir. Puede, por otro lado, que recupere el interés en un par de escenas que recrean situaciones cómicas hechas a la medida del sarcasmo de los intérpretes. Pero es muy poca cosa.
La lujosa puesta en escena tampoco oculta la sosería de la realización, algo ciertamente extraño en un director –el propio Clooney– más bien proclive a la búsqueda de personalidades potentes para sus filmes, especialmente Confesiones de una mente peligrosa (2002) y Buenas noches y buena suerte (2005). En aquellas ocasiones dio, por cierto, con estéticas que abundaban en conflictos morales intensos que trataba con audacia. Sin embargo, Monuments Men destaca justo por lo contrario. De ahí que caricaturice tanto a los héroes como a los supuestos villanos, pues en realidad los segundos son esbozos tan ridículos como la bandera gigante con la que Clooney se da un homenaje patriótico en el desenlace.
Y ese gesto no es más que la grotesca firma que obliga a añorar a quien hace no mucho estrenaba Los idus de Marzo (2011). Pero tanta pobreza te empuja, sobre todo, a la estantería de la memoria cinéfila para rescatar de ella una obra tan sobresaliente como El tren.