Paula Raymond (23/11/1924 – 31/12/2003)

Una estrella fugaz con mala suerte

Decir que Paula Raymond fue la protagonista de El monstruo de los tiempos remotos (Eugene Lorie, 1953) podría parecer, a primera vista, que no es mucho decir. El nombre de la actriz suena hoy tan leve como el de aquella película de bajo presupuesto aunque de culto para los más entregados seguidores de la ciencia ficción. Sin embargo, su vida es otro ejemplo apasionante de la intrahistoria del Hollywood clásico, máquina cruel y maravillosa que se nutría del ansia soñadora de los artistas y del insaciable público.
Las aventuras de Paula Raymond en la tierra prometida de los sueños dorados darían sin duda para una película vibrante. “Trabajé como actriz para mantener a mi hija y porque era la única forma que tenía de ganarme la vida”. La frase, pronunciada por Raymond en una entrevista, constituye toda una declaración de principios sobre las oscuras esquinas del seductor e implacable coloso hollywoodiense. La década de los 40 estaba a punto de morir y la actriz quemaba un par de años en una sucesión de proyectos de serie B para la Columbia.
Pero la vida de película de Paula Raymond tuvo otros episodios de gloria y dolor. Gracias a su madre estudió ballet clásico y piano e intervino en algunas óperas. Siendo adolescente hizo su primera incursión en el mundo del cine con Keep Smiling (Herbert H. Leeds, 1938). Después regresó a su San Francisco natal, se formó en varios grupos de teatro durante su estancia en la universidad y se casó y se separó en sólo dos años. Volvió a Hollywood, trabajó ocasionalmente como secretaria y su nombre se hizo un hueco en los créditos de la prolífica serie B.
Poco a poco su trayectoria fue ganando lustre. Intervino brevemente en La costilla de Adán (George Cukor, 1949), un año después le dio la réplica a Cary Grant en Crisis (Richard Brooks) y bajo las órdenes de Anthony Mann protagonizó La puerta del diablo. Comedia, thriller y western respectivamente. La industria exigía versatilidad y Paula Raymond la ofrecía eficazmente.
En 1953, y tras dejar la Metro Goldwyng Mayer, hizo El monstruo de los tiempos remotos, la obra con la que más se asocia su nombre. Se trataba de un largometraje modesto que entró en la historia de la ciencia ficción al abrir en el género la rama de dinosaurios enfrentados a la Humanidad con el telón de fondo de la energía nuclear. Y la posterior querencia de la cinematografía japonesa hacia ese tipo de historias le insufló al filme una carga mayor de leyenda.
Pero la existencia de Paula Raymond sufrió años después un dramático giro de guión. En 1962, cuando su carrera profesional se encontraba en el mejor momento gracias a la televisión, sufrió un terrible accidente de automóvil que le desfiguró el rostro. Se sometió a una operación de cirugía estética y volvió a trabajar un año después. Pero ya nada sería igual.
Coraje, honestidad y drama. Tres palabras que resumen la vida de película de una profesional anónima que contribuyó a la mayor fábrica de sueños del siglo XX. Series míticas de televisión como Los intocables y Perry Mason gozaron también de su presencia en un deslucido epílogo a su carrera. Pero, como no es oro todo lo que reluce, ahí está Hollywood para demostrarlo con casos como el de Paula Raymond.

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