Glenn Ford (01/05/1916 – 30/08/2006)

Glenn FordLa bofetada más famosa de la historia

Quizás sea una estúpida simplificación, pero el gesto con el que se recordará para siempre a Glenn Ford consiste en una sonora bofetada. El actor, a quien se le paró el corazón ayer en su casa de Beverly Hills, interpretaba a Jhonny Farell, un jugador de poca monta que se reencontraba con una antigua amante, a la que acabaría abofeteando sin contemplaciones. La película, Gilda (Charles Vidor, 1946), se convirtió en un fenómeno sociológico gracias a la peligrosa sensualidad de Rita Hayworth y Ford se ganaría el derecho a la inmortalidad que acompaña a los hechos míticos.
Los medios de comunicación han repetido sin desmayo la legendaria escena en las últimas horas, pero la importancia histórica del intérprete trasciende a la anécdota de un pasaje aislado. Ante todo, Glenn Ford fue un trabajador infatigable, capaz de sobrepasar generosamente el centenar de títulos. No es menos cierto que su extenso currículo no concentra tantas obras maestras como el de otros compañeros de su generación, pero, sin ninguna duda, se trataba de una de las últimas estrellas vivas del firmamento del Hollywood dorado, aquel que en su época clásica facturaba maravillas por doquier.
La irregularidad de su carrera no impidió que sus dotes interpretativas brillaran en un ramillete de películas majestuosas. Entre sus mejores trabajos, además del de Gilda, figura su papel como el sargento Bannion de Los sobornados (1953), una de las muestras más elevadas del cine negro dirigida por el maestro Fritz Lang. En ella, Ford encarnaba sin estridencias la seca violencia de un relato que se hacía irrespirable desde el instante en que su esposa saltaba por los aires al estallar una bomba.
Poco después, Lang volvió a exprimir sus cualidades en Deseos Humanos (1954), adaptación de La bestia humana, novela de Émile Zola que ya había sido llevada a la pantalla por Jean Renoir. Aunque la censura rebajó la electricidad del relato, la historia de adulterio entre un maquinista de trenes y una mujer incapaz de soportar a su marido, supuso otro hito incuestionable en su filmografía.
Tampoco caerá en el olvido su decisiva participación en westerns tan notables como El desertor del Álamo (Bud Boetticher, 1953) y El tren de las 3.10 (Delmer Daves, 1957), en los que debía hacer una demostración de audacia con temperamento sereno. Eso no le era especialmente complicado porque se trataba de un actor contenido aunque en absoluto exento de carácter, tal y como demostró en Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955), el filme que de verdad le catapultó a la fama y le hizo entrar en las listas de los intérpretes más seguidos por el público.
Pero a Gwyllyn Samuel Newton Ford le costó muchas gotas de sudor conquistar la cima del estrellato. Nacido en Québec en 1916 e hijo de un empleado de los ferrocarriles, llegó a California junto a su familia cuando todavía era un niño. Pronto descubrió su vocación, a la que dio rienda suelta en obras teatrales organizadas por su colegio de Santa Mónica. A los diecinueve años se unió a una compañía y viajó por medio país, lo que le sirvió para adquirir oficio y dejarse ver entre los cazatalentos de Hollywood.
Una vez allí, su primera película sería Night in Manhattan (Herbert Moulton, 1937), una intrascendente producción de la Paramount. Luego llegaría un breve paso por la Fox y el importante salto a Columbia, que le firmó un contrato por siete años. En 1940 rodó The Lady in question, en la que coincidiría con Charles Vidor y Rita Hayworth, director y protagonista de Gilda. Con los dos volvería a trabajar en la mediocre Los amores de Carmen (1948) y con la hermosa pelirroja lo haría una vez más en La dama de Trinidad (Vincent Sherman, 1952), tosco intento de recuperar el aliento erótico que los unía en la obra de Vidor.
Hasta llegar a ese momento de su vida, y tras un paréntesis en el que se alistó en la Marina durante la II Guerra Mundial, su figura se había plantado delante de la cámara en una larga nómina de producciones más bien menores. No obstante, en la década de los cuarenta participó en algunos proyectos interesantes como Una vida robada (Curtis Bernhardt, 1946) –en la que quedaba un tanto eclipsado por Bette Davis– y El hombre de Colorado (1948) –un curioso western en el que mostraba su perfil más implacable–.
Llegado el éxito de los cincuenta, se construyó una imagen de militar bienintencionado y algo irónico en varios largometrajes que tienen en La casa de té de la luna de agosto (Daniel Mann, 1956) su conocido precedente. Sin embargo, no abandonó las cintas del Oeste que forjaron parte de su identidad al ponerse bajo las órdenes de un maestro del género, Delmer Daves, en Jubal (1956), Cowboy (1958) y la citada El tren de las 3.10 (1957).
La caída de los grandes estudios y el fin del clasicismo apagaron la aureola de las grandes estrellas, y Glenn Ford no fue ninguna excepción. Los fracasos comerciales de dos producciones tan ambiciosas como Cimarrón (1960) y Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1961) fueron todo un síntoma de que algo estructural había cambiado en el cine estadounidense, por mucho que Anthony Mann y Vincente Minnelli fueran los responsables de dichos filmes. Y el empuje del actor fue marchitándose al ritmo con el que las productoras iban enmoheciendo. Ni siquiera Un gángster para un milagro (1962), la entrañable y colorista película de Capra con la que Ford demostraba una versatilidad cómica digna de mención, pudo resucitar lo que ya estaba muerto.
En un clima de crisis no es extraño que –tal y como advierte Terenci Moix en Mis inmortales del cine– la revista Variety le incluyera en una lista de las celebridades que tenían unos honorarios desmedidos en relación a sus rendimientos en taquilla. El crepúsculo en la gran pantalla le condujo a los parajes televisivos, en los que desarrolló una actividad frenética durante los años setenta. Con todo, aún le aguardaba una oportunidad postrera para hacer un papel emblemático como padre adoptivo del superhéroe americano más famoso en Superman (Richard Donner, 1978).
Por lo demás, Glenn Ford no tuvo suerte ni con sus relaciones sentimentales más estables ni con los premios. Pasó por cuatro matrimonios fracasados, el primero de ellos con la actriz y bailarina Eleanor Powell, con la que compartió dieciséis años de convivencia. Y, a pesar de su envidiable capacidad de trabajo, nunca fue bendecido por la Academia ni siquiera con una candidatura, otro desliz más de los muchos cometidos por una industria ingrata.
Sin embargo, no le faltaron otros reconocimientos públicos. El Festival de San Sebastián le concedió un premio honorífico en su edición de 1987, que recogió con muestras visibles de emoción. Ford dispuso que fuera Gilda la película que se exhibiera para colorear su homenaje, dejando clara su preferencia por la obra más mítica de cuantas protagonizó. Una preferencia extensible a su compañera Rita Hayworth, a quien, según parece, amó en silencio durante casi toda su vida. Un silencio que contrasta con la sonoridad del bofetón más famoso de la historia del cine.

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