Frances Dee (26/11/1907 – 06/03/2004)

Demasiado bella para la gloria

¿Podría una actriz perder la oportunidad de su vida por un exceso de belleza? La leyenda responde “sí”. Frances Dee, que falleció el sábado a los 94 años de edad, sufrió en sus carnes la paradójica tiranía que gobernaba el Hollywood clásico a golpe de capricho. Pudo haber sido la Melanie Hamilton de Lo que el viento se llevó (1939) pero el papel terminó abriéndole las puertas de la gloria a Olivia de Havilland. Al menos eso dice la leyenda y, siguiendo los mandamientos fordianos, conviene publicarla en estos casos.
Algunos de los cientos de rumores que cimentaron los pilares míticos de la historia del cine americano afectaron a la vida y obra de Frances Dee. Según parece, ella era la preferida del director George Cukor para encarnar a la brava mujer que competía por el amor del codiciado Ashley Wilkes. Pero el autoritario productor David O. Selznick cambió el rumbo del proyecto. Ni Cukor acabaría la película ni Frances Dee permanecería ligada a su lustrosa posteridad por ser demasiado bella. Y, de paso, el sonido de su nombre perdería el inmenso eco que podría haber alcanzado.
Sin embargo, Frances Dee será recordada por su participación en obras de una sonoridad menor pero indiscutiblemente eficaces. De entre el medio centenar de películas en las que intervino destaca Yo anduve con un zombie (1943), memorable pieza de terror de Jaques Tourneur. El film, rebosante de sensualidad y exotismo inquietante, supuso probablemente su cima artística. Es más, hace unos meses tuvo la ocasión de sorprenderse ante un auditorio entregado que le rendía tributo con el pase de un largometraje que se ha ganado el derecho a convertirse en todo un clásico.
Sería injusto, además, pasar por alto su contribución a los excelentes repartos de Mujercitas (Georges Cukor, 1933) y de Cautivo del deseo (John Cromwell, 1934). Pero, como en tantos otros casos del Hollywood dorado, su presencia quedó eclipsada ante el empuje emergente de Katherine Hepburn y Bette Davis, dos estrellas que accederían a la zona más noble del olimpo cinematográfico.
Por otro lado, la década de los treinta fue decisiva en el devenir profesional y personal de Frances Dee. A las más de treinta producciones en las que trabajó habría que unirle su romance y posterior matrimonio con Joel McCrea, actor irregular que, sin embargo, supo explotar un aplomo envidiable en los nostálgicos parajes del western .
La leyenda también salpica a la historia de amor entre la atractiva Dee y el aguerrido McCrea. Un amigo de la familia cuenta que el actor la saludó con el sombrero mientras ella esperaba a que se encendiera la luz verde de un semáforo. Dee levantó el rostro en orgulloso gesto y siguió conduciendo como si tal cosa. Poco después coincidirían en el reparto de The Silver Cord (John Cromwell, 1933), se casarían y formarían una familia estable como pocas en el pantanoso mundo de Hollywood.
La pareja coincidió además en Wells Fargo (Frank Lloyd, 1937) y Four Faces West (Alfred E. Green, 1947). Pero, entrados los años cincuenta, la actriz se alejó de los focos de los estudios y se dedicó a sus hijos y a las inmensas tierras que los McCrea poseían en la soleada California. Frances Dee pasó allí largas y serenas décadas en las que, quizás, tuvo tiempo para preguntarse una y mil veces si una sobredosis de belleza pudo cambiar su vida. En el caso, claro está, de que la leyenda sea cierta.

 

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