El orfanato, de Juan Antonio Bayona

P: Joaquín Padró, Mar Targarona y Álvaro Augustín.
G:
Sergio G. Sánchez. 
D:
Juan Antonio Bayona.
F:
Óscar Faura.
M:
Fernando Velázquez.
Mon:
Elena Ruiz.
I:
Belén Rueda (Laura), Geraldine Chaplin (Aurora), Fernando Cayo (Carlos), Roger Príncep (Simón), Mabel Rivera (Pilar), Montserrat Carulla (Benigna), Andrés Gertrudix (Enrique), Edgar Vivar (Balabán).
Dis:
Warner.
Estreno:
11-10-2007.
Dur:
100 min.

Terror globalizado

¿Qué mecanismos deben activarse para que una ópera prima como El orfanato se convierta en uno de los fenómenos nacionales de la temporada? En mi opinión, y a pesar de que la cuestión da para mucho, hay tres cuya activación es imprescindible: que la película no parezca española sino la hermana pequeña de cualquier obra comercial made in Hollywood; que la distribuya una multinacional avispada, tipo Warner, que conozca y controle los resortes del negocio; y, por último –aunque no menos importante–, que goce del imprescindible espaldarazo de una televisión tan hábil en la gestación de “acontecimientos cinematográficos” como Tele5.
Así las cosas, resulta difícil enfrentarse desde unos parámetros críticos a un contexto tan poderoso como el que ha catapultado al filme del debutante Juan Antonio Bayona y de su “padrino” Guillermo del Toro a la cima del triunfo. Según se ha encargado de repetir insistentemente los medios implicados en su promoción, tanto el público como los especialistas se han entregado de unánimemente a una obra virtuosa, emocionante y representativa lo que debe ser el camino del éxito del cine patrio. Pues yo disiento animosamente.
La filosofía que se oculta tras este tipo de operaciones puede ser interesante en un corto plazo y en un plano exclusivamente industrial. Las consecuencias culturales, sin embargo, no pueden ser más funestas, pues tanto el fondo de la historia que narra El orfanato como su representación formal son, sin duda, subsidiarios de un modelo ya predominante, ajeno y conservador. O, dicho de otra forma, tanto la película como lo que subyace en ella podría haber salido de cualquier lugar y haberse ubicado en cualquier clave espacio-temporal, porque lo fundamental es que crezca desde la simiente de una concepción muy delimitada del cine de terror-espectáculo que se factura en Hollywood.
Poco importa que la protagonista se llame Laura y que su aterradora tragedia suceda en un orfanato asturiano. Lo relevante es que la desaparición de su hijo y la desesperada búsqueda que emprende se muevan en el radio de acción de lo sobrenatural con final sorpresa. El territorio que transita es muy similar al emprendido por Alejandro Amenabar en Los otros –la comparación, por mucho que no guste, es inevitable–, producción que era todavía más foránea y que ya anticipaba una sensación de déjà vu en quien se hubiera acercado alguna vez al recurrente argumento de las “casas encantadas”.
Por lo demás, el mecano que pergeña El orfanato padece varios lastres y un respeto mínimo por la verosimilitud del relato. Son muchas las preguntas que podrían formularse (¿por qué se ve al niño a la entrada de la gruta nada más desaparecer? o, todavía más flagrante, ¿cómo es posible que un buen puñado de policías no encuentren ningún rastro de un chaval que se encuentra tras una puerta?) pero todavía es más lastimosa la retahíla de soluciones que se adoptan por meras necesidades de guión sin que se tenga en cuenta la lógica de la historia. Y eso por no hablar del cortísimo alcance de casi todos los personajes secundarios, desde la débil marioneta de un marido cuya continuidad emocional está muy poco trabajada hasta la lastimosa figura de una psicóloga que entra y sale del cuento de manera muy interesada.
Dicho todo esto, tampoco puede negarse la habilidad de Juan Antonio Bayona para jugar con las imágenes en la creación de una atmósfera opresiva. Con todo, las sensaciones verdaderamente aterradoras emergen mucho más del impacto y del susto que de un mundo en el que el romanticismo -maternal, en este caso- y el terror -tanto físico como metafísico- nunca cuajan del todo. Fruto de esta irregularidad, el metraje depara escenas tan grotescas como la del atropello de la misteriosa mujer sobre la que recae una de las grandes claves del misterio como ofrece, en otros pasajes, interesantes fórmulas de planificación. En este último sentido, bien puede señalarse el inspirado plano-secuencia en el que la protagonista juega al escondite inglés con los fantasmas de los críos que moran en la casona.
Tampoco debe obviarse el tesón de los actores, sobre todo el de Belén Rueda –quien soporta con suficiencia un peso más que  notable–, si bien parte de su labor queda deteriorada por el recorrido de las criaturas a las que encarnan y por unos diálogos algo amanerados. Defectos que, por cierto, bien pueden aplicarse a muchos de los presupuestos formales de los que parte el cine de terror comercial que suele llegarnos desde Estados Unidos y de donde beben, con evidente desparpajo, muchos de los valores patrios de nuevo cuño.

Un pensamiento en “El orfanato, de Juan Antonio Bayona

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