Conrad Hall (21/06/1926 – 4/01/2003)

La magia de la luz

“En medio del caos y la locura que reina en un plató, cuando Conrad pone su ojo en la cámara, la magia comienza”. Son palabras de Sam Mendes, uno de los realizadores más prometedores del Hollywood del siglo XXI y autor de American Beauty y Camino a la perdición, los dos últimos ejemplos del virtuosismo estético que Conrad Hall derrochó en su deslumbrante carrera como director de fotografía.
Y magia es el término exacto. Mendes sabía que la luz vaga en caprichosa libertad y que sólo un ojo privilegiado puede asirla, introducirla en la cámara, domarla con cariño y hacerla renacer durante una proyección con atractiva presencia física y hondura comunicativa. Y en ese arte sublime Conrad Hall fue sin duda uno de los grandes maestros.
Un magisterio que, por otro lado, perduró milagrosamente en el tiempo. Desde que en 1969 obtuviera su primer Oscar por la fotografía de Dos hombres y un destino hasta que, 30 años más tarde, consiguiera el doblete con American Beauty, había calculado con sabiduría la personalidad luminosa de una veintena de películas de variada procedencia. A todas, las menores y las superlativas, las dotó de una paternidad única tras la que se adivinaba el carácter curioso de un hombre inquieto. “Uno sabe que nunca ha hecho todo porque el todo siempre evoluciona y es cambiante”, reconocía.
Esa permanente relación amorosa que mantuvo Hall con la luz podría venirle de su nacimiento en Tahití, lugar en el que poseyó una isla cuando años más tarde conquistó sus sueños. Sueños que, por cierto, modificó el azar. Se preparó intelectualmente como periodista y heredó de su padre escritor una vocación literaria que finalmente trastocaron las circunstancias. Descubrió que la imagen fílmica podía emocionar e invitar a la reflexión con el mismo magnetismo que la palabra impresa. Y en aquélla volcó su creatividad.
La calidad de su filmografía, sobre todo de la que ocupa el final de los años 60 hasta el estertor de la década siguiente, ya le hubiera permitido ocupar majestuosamente un lugar destacado en la Historia del Cine. En 1966, y después de varios escarceos televisivos y publicitarios, facturó la colorida fotografía de Los profesionales, un western atípico y potente que dirigió Richard Brooks. Un año después, y junto al mismo cineasta, demostró que también sabía trazar luces y sombras en A sangre fría, apasionante obra maestra que golpea secamente con un blanco y negro portentoso.
Y es que, en una época en la que el cine americano intentaba desperezarse del ocaso del clasicismo hollywoodiense, Conrad Hall permaneció en los créditos de algunos de los largometrajes que sobrevivieron a tanta zozobra. Harper, investigador privado, La leyenda del indomable, Infierno en el Pacífico, Dos hombres y un destino y Marathon Man llevan su firma. En todas ellas demostró un hábil manejo de los espacios abiertos y un dinamismo visual extraordinario. Pero, si se lo proponía, tenía el talento para llenar los fotogramas de Fat City, ciudad dorada de la decadencia crepuscular e íntima que tenía en mente para su película el maestro John Huston.
No es menos cierto, sin embargo, que el cine comercial estadounidense le ha cobrado impuestos injustos a sus más insignes profesionales. Primero con el castigo del olvido. Después, vampirizándoles con proyectos mediocres. Conrad Hall no fue ninguna excepción. Títulos como Conexión Tequila y Jennifer 8 tuvieron el inmerecido honor de contar con su eficaz trabajo cuando morían los años 80. Pero la justicia poética le puso delante dos proyectos como American Beauty y Camino a la perdición. Y Hall pudo despedirse de este mundo con otros dos milagros luminosos con los que honró al séptimo arte. El arte de la luz en movimiento.

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