Sidney Lumet (25/06/1924 – 09/04/2011)

El cineasta social de Hollywood

86 años dan para mucho si te llamas Sidney Lumet. A esa edad falleció ayer uno de los trabajadores más infatigables del cine estadounidense, uno de esos creadores que dignifican la profesión de director por su decidido amor al trabajo bien hecho. El máximo responsable de Doce hombres sin piedad (1957) completó medio siglo después su prolífica carrera con Antes que el diablo sepas que has muerto (2006). Las dos películas, de una solidez visual y ética más que notable, ocupan los extremos de una hoja de servicios que merece sin duda conservarse en la memoria del séptimo arte. De ahí que su muerte, causada por un linfoma, vista de luto el recuerdo de más de una generación de amantes del cine.
Las gélidas bases de datos le otorgan a Sidney Lumet la friolera de 72 títulos como director, mayoritariamente distribuidos entre contenidos televisivos y largometrajes de ficción destinados a la gran pantalla. En el largo periodo que va desde los años cincuenta hasta la primera década del siglo XXI, el realizador nacido en Filadelfia contribuyó al desarrollo de un lenguaje audiovisual mucho más mestizo y que no establecía artificiosas fronteras entre medios. De sólida formación teatral, literaria y televisiva, Lumet fue sobre todo un director de cine que, sin saberlo y salvando las distancias, era pionero de los maridajes que ahora se practican de forma más radical y con gran naturalidad.
Los libros de historia, tan dados a las agrupaciones, le otorgan un papel muy destacado en la llamada “generación televisiva” estadounidense, de la que forma parte junto a otros insignes colegas como Arthur Penn, Martin Ritt o John Frankenheimer. Las cadenas CBS y NBC confiaron en él y respondió con más de doscientas producciones dramáticas que forjaron un fino sentido del oficio. La huella dejada por las producciones catódicas apenas le abandonaría a partir de entonces y se haría muy notoria en la célebre Doce hombres sin piedad, una obra claustrófobica en la que Lumet agota hasta la última posibilidad de la planificación para emocionar al espectador sin que por ello dejara de pensar.
Ése es, por otro lado, uno de los valores más destacados de su manera de entender la expresión fílmica. Las películas, en su opinión, debían procurar entretenimiento sin que eso impidiera la posiblidad de que el público reflexionara sobre asuntos importantes. Prueba de ello es Network, un mundo implacable (1976), uno de los largometrajes más brillantes y completos sobre la capacidad manipuladora de la televisión que se han hecho jamás. En él, un presentador pasado de moda anuncia en directo su inminente suicidio y gracias a ello se disparan los índices de audiencia. La visión de Lumet tiene, como todas las obras imperecederas, una vigencia rabiosa. Y, además, supuso un pasaporte al Oscar para los actores Peter Finch –que lo recibió a título póstumo–, Faye Dunaway y Beatrice Straight, así como para el reputado guionista Paddy Chayefsky.
Ese reconocimiento a todo un elenco interpretativo no es casual. Sidney Lumet siempre puso su estilo al servicio de las historias narradas y de los actores que les daban cuerpo. La convicción extraña poco en alguien que a los cuatro años ya se subía a las tablas del Yiddish Theatre de Nueva York. Fue, además, actor radiofónico y fundó a finales de los años cuarenta uno de los primeros teatros off-Broadway en la ‘Gran Manzana’. El niño y joven Lumet estaba siguiendo en el fondo y en la forma los pasos de su padre, un actor polaco emigrado a Estados Unidos. Pero, por mucho que llegara a encarnar por entonces al mismísimo Jesus de Nazaret, el destino profesional de Sidney se hallaría detrás de las cámaras.
El gusto por el teatro le llevan a adaptar, después de su debut cinematográfico con Doce hombres sin piedad, a autores como Joe Akins en Sed de triunfo (1958), Tennessee Williams en Piel de serpiente (1960), Arthur Miller en Panorama desde el puente (1962), Eugene O’Neill en Larga jornada hacia la noche (1962) o Anton Chejov en La gaviota (1968). Entre medias rodaría la interesante El prestamista (1964), conocida por ofrecer uno de los primeros desnudos frontales de una mujer, y La colina (1965), un asfixiante filme militar con un enérgico Sean Connery.
Sobresalen bastante más, sin embargo, los policiacos neoyorquinos de los setenta, especialmente Serpico (1973) y Tarde de perros (1975), las dos con un brillante Al Pacino tan capaz de incorporar a un policía incorruptible como a un atracador homosexual de bancos. Entre una y otra casi bate una marca histórica de concentración de estrellas gracias a Asesinato en el Orient Exprés (1974), en la que dirige a mitos como Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Sean Connery y Albert Finney.
Los años ochenta y noventa no fueron los más inspirados en la filmografía de uno de los artesanos fundamentales de la industria estadounidense. Títulos como El príncipe de la ciudad (1981), Veredicto final (1982), El abogado del diablo (1993), La noche cae sobre Manhattan (1996) o Gloria (1999) están entre los más comerciales aunque no se aproximen en calidad a los que constituyen la cima de su trayectoria.
En 1995 ve la luz una de sus aportaciones menos conocidas y más esclarecedoras de cuantas ha legado a los aficionados del mundo del celuloide. El ensayo Así se hacen las películas, traducido y publicado al castellano en 1999, es uno de los mejores manuales sobre producción y dirección cinematográfica que jamás se han escrito y revelan a un director preocupado por indagar en los instrumentos más útiles de su oficio. Prueba de su influencia, no por minoritaria menos intensa, es que se siga utilizando como un texto referente en universidades de todo el mundo.
Al margen de su trabajo, a nadie en Hollywood pasó desapercibida la agitada vida sentimental de Lumet, que llegó a casarse en cuatro ocasiones: con la actriz Rita Gam, con Gloria Vanderbilt -con la que estuvo unido siete años, hasta 1963-, con Gail Jones -con quien tuvo a su hija Jenny Lumet, también actriz- y con Mary Gimbel, con quien se casó en 1980.
Las frías estadísticas dicen, por otro lado, que logró cuatro candidaturas al Oscar al mejor director y que tuvo que conformarse con uno honorífico en 2005. Sin embargo, la calidez del talento le empujarían, ya octogenario, a hacer un divertido juego con el encasillado Vin Diesel en Declaradme culpable (2006) y a despedirse de sus seguidores con la excepcional Antes que el diablo sepas que has muerto (2007), el mejor broche imaginable para el curriculum de un artesano liberal e imprescindible.

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