Luis Ciges (10/05/1921 – 11/12/2002)

El milagro de un cómico entrañable

Luis Ciges, uno de los hombres más humildes y escépticos del cine español, fue uno de esos profesionales capaces de obrar milagros en un medio a menudo hostil e ingrato. Enjuto, desgarbado y narigudo, la figura de Luis Ciges quedará para siempre ligada a la carcajada colectiva y a la ausencia del olvido. Al contrario de lo que ha sucedido con tantos otros actores secundarios condenados al injusto desván de la desmemoria Ciges fue acogido hace sólo unos años por un sector significativo de las generaciones de cinéfilos de nuevo cuño, seducidos por su comicidad desnuda, estrafalaria y singular. Patrimonio de todos, el actor que nunca quiso serlo permanecerá en el tiempo gracias a los jóvenes que en los noventa encontraron en él a una especie de Charlot, Groucho Marx o Woody Allen muy a la española y en campechano.
Se trata, ante todo, de un maravilloso milagro. No fue nunca un actor convencional que declamara textos con aplomo. De hecho, solía transmitir un cierto nervio en sus movimientos inseguros y en su voz balbuceante. Pero, lejos de sembrar desconcierto o cansancio, sus personajes, casi siempre secundarios, concentraban toda la atención en cuanto aparecían en la pantalla para farfullar algún diálogo excepcional e inimitable. Y, aunque el reconocimiento público parecía no llegar nunca, su personal presencia en títulos como Amanece, que no es poco (1988), Así en el cielo como en la tierra (1994) y El milagro de P.Tinto (1998) le convirtieron en actor de culto y personaje querido por aficionados de muy diverso perfil.
El milagro de su trabajo como intérprete que cosía con hilo invisible lo absurdo con lo terrenal tuvo parangón en una biografía personal agitada y tragicómica. Una biografía marcada, sobre todo, por el asesinato de su padre en agosto de 1936 cometido por un grupo de falangistas. Ciges, que por entonces era un adolescente, vio truncada una feliz existencia bañada a grandes chorros por la cultura y el ingenio. Sobrino de Azorín e hijo de escritor metido en política, el joven Luis conocía a Luis de Falla, recibía libros de Pío Baroja, acudía al cine en compañía de su tío y visitaba con frecuencia la casa de Valle Inclán. “A mí me asustaba mucho -confesó en más de una ocasión- con aquellas barbas largas y sin un brazo”.
Pero el esperpento tuvo su continuidad con su poso amargo y miserable. Para limpiar el pasado político de su familia se alistó en la División Azul y pasó largos meses en el frente ruso. Allí soportó el hambre, la violencia y el frío extremo, pero tuvo algunas experiencias románticas que relata en Extranjeros de sí mismos (2000), el documental de Javier Rioyo y José Luis López Linares. Sin embargo, y a pesar del matiz alegre que se cuela en cada tragedia, a Ciges se le clavó en el alma el recuerdo de un horror nada épico y salteado de interminables caminatas bajo un frío infernal.
Su vuelta a España tampoco fue demasiado cálida. Tuvo serias dificultades para encontrar un empleo y acabó echando una mano en un hospital en el que ayudaba a realizar autopsias. Ciges siempre reconoció que hubiera preferido dedicarse a la medicina y durante unos meses disfrutó de una beca en el sanatorio antituberculoso de Ávila. Pero, ya en 1951, prefirió “seguir los pasos de una novia residente en Madrid” y matricularse en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (el legendario IIEC) donde se graduó como realizador.
Porque, a pesar de que se le conoce sobre todo por su faceta interpretativa, Luis Ciges fue un profesional ciertamente polifacético. De hecho, trabajó como guionista publicitario y realizador de documentales en los Estudios Moro y en 1959 llegó a los estudios de Televisión Española en Barcelona. Allí desarrolló todo tipo de oficios, desde decorador hasta técnico de iluminación. Poco tiempo pasó hasta que se convirtió en guionista, realizador y director de programas como Panorama, Cada semana una historia y Siglo Veinte.
En Barcelona pasó doce años felices de los que Ciges, poco dado a transmitir demasiada alegría por su trayectoria profesional, estaba especialmente satisfecho. “Eramos golfos y rebeldes -recordaba en una entrevista-. Hasta hacíamos espionaje: filmábamos escenas que luego enviábamos a la prensa extranjera”. El plural incluía apellidos insignes como Gil de Biedma, Goytisolo o Marsé, ilustres de la intelectualidad barcelonesa con los que compartió juergas delirantes a las que pronto se pusieron freno desde las altas instancias. Su notable capacidad como director tuvo además su reconocimiento con el Premio de la Prensa que se concedió en 1962 a su documental Notas de la emigración en el Festival de Moscú. Pero la procedencia del galardón estaba teñida de un significado ideológico reñido con las estrecheces del franquismo.
Así fue como, por culpa sobre todo de sus devaneos políticos, llegó el ocaso del Luis Ciges más desconocido para dejar paso al actor que apareció en títulos inolvidables como Plácido (1961), de Luis García Berlanga. Con el director valenciano compartió largas jornadas de trabajo y se convirtió en uno “de los monstruitos a los que él fue siempre fiel”. De hecho, buena parte de lo más relevante de su filmografía está bañada por la sabia mano con la que cocinaba Berlanga sus platos cómicos. Títulos de la relevancia de Tamaño natural (), La escopeta nacional (1978), La vaquilla (1985), Moros y cristianos (1987) y Todos a la cárcel (1993) gozaron de la presencia casi siempre menor pero hilarante de un Ciges capaz de revertir lo secundario en inolvidable.
Pero, a pesar de que se le asocia invariablemente con el género cómico, Luis Ciges sobrevivió en una industria algo esquizofrénica gracias a su participación en títulos ligados a otros paisajes genéricos mucho más exóticos. En los primeros años setenta encontró cierto acomodo en producciones de terror y ciencia ficción de bajo presupuesto y materialización irregular. Así, su nombre aparece en los créditos de la película colectiva Pastel de sangre (1971) y en otras como Metamorfosis (Jacinto Esteva, 1971), La orgía nocturna de los vampiros (León Klimovsky, 1972) o El espanto surge de la tumba (Carlos Aured, 1972). Con todo, y a pesar de la curiosidad que despiertan después de tanto tiempo estos y otros filmes similares, poco más que el oficio podían extraerse de estas aventuras.
Años después, en mitad de la procacidad creativa de los movidos ochenta, Ciges empezó a trabajar bajo las órdenes de directores que se convertirían poco después en el esqueleto creativo de un cine español renovado. Apareció en Laberinto de pasiones (1982), Sal gorda (1983) y Todo va mal (1984), dirigidas respectivamente por Pedro Almodóvar, Fernando Trueba y Emilio Martínez Lázaro. En general, empezaba a percibirse el rastro de un actor que se confundía con el personaje y que transmitía esa extraña y fascinante mezcla de surrealismo y cotidaneidad y que llevaba un inimitable sello de fábrica.
Otros directores como José Luis García Sánchez y José Luis Cuerda supieron explotar las posibilidades humorísticas de Ciges y subrayaron el trazo de sus papeles. En La corte del Faraón (1985) y El bosque animado (1987) emergía ya en todo su esplendor esa espontaneidad teñida de ternura y surrealismo. En ellas podía inventar neologismos disparatados y frases memorables para sus más fieles seguidores: “esto es la descojonación” afirmaba en la primera de ellas con mínimo esfuerzo y delirante resultado.
Ese talento para crear carcajadas sin aparente esfuerzo estalló en todo su esplendor en las disparatadas Amanece, que no es poco (1988) y Así en el cielo como en la tierra (1995), dos largometrajes que le brindaron un contexto idóneo para aprovechar su indudable potencial. Por encima de las irregularidades que pesan sobre estas películas de Cuerda sobresale la torrencial naturalidad de los actores y, de entre ellos, un Luis Ciges que sólo abre la boca para llenar de desbordante gracia los diálogos escritos por los guionistas. Gracia que tuvo su indiscutible premio con el Goya a la mejor interpretación masculina de reparto por el papel de borracho sorprendido por el Apocalipsis en la segunda de ellas.
La tendencia de Ciges a conectar con un sentido del humor juvenil, refrescante y con un toque subversivamente absurdo le condujo al universo creativo de Javier Fesser. Con él hizo Aquel ritmillo, uno de los mejores cortometrajes de los años noventa y preludio de El milagro de P.Tinto (1998), enloquecida comedia que gravitaba sobre un actor acostumbrado a permanecer en un segundo plano. No obstante, supo soportar con su arrolladora naturalidad la carga de un papel protagonista que supuso un reconocimiento masivo con el que tampoco se sentía demasiado cómodo. “Si yo tuviera treinta años hubiera sido bonito”, reconoció en una entrevista sobre la fama tardía. Fama que le sobrevivirá mientras haya un solo aficionado al cine que repita en voz alta alguna de las frases inolvidables que pronunciaron sus personajes.

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