Elmer Bernstein (04/04/1922 – 18/08/2004)

Elmer BernsteinUn genial renovador de la música de cine

Un loco por la música. Loco en el más maravilloso de los sentidos. Obsesivo, infatigable y curioso. Así fue Elmer Bernstein, uno de los compositores de bandas sonoras más ejemplares que ha dado el celuloide americano. Más de medio siglo en activo, y unas doscientas bandas sonoras compuestas para el cine y la televisión, completan un legado que da para mucho. Da para tanto que cualquier espectador medianamente atento a los títulos de crédito tiene su nombre grabado en el inconsciente y una melodía suya instalada en la memoria.
“Era el mejor y su música es un regalo para todos nosotros”. Así describía el cineasta Martin Scorsese a Elmer Bernstein, con quien trabajó en La edad de la inocencia (1990). Bernstein, por su parte, lo hizo con una interminable nómina de directores de muy variado pelaje y vio pasar ante sus ojos casi media vida de la cinematografía más poderosa del planeta. Su gran secreto se localizaba en la infalible pareja que componen el talento natural y la capacidad de trabajo. Incansable, recorrió los territorios más diversos y se convirtió en un músico capaz de renovar los parámetros de las melodías creadas para el cine.
Así, su creación para El hombre del brazo de oro (Otto Preminger, 1955) se convirtió en una de las partituras más influyentes por su utilización del jazz con fines dramáticos intensos. El filme de Preminger narraba la historia de un músico drogadicto con una audacia formal que era todo vigor. Y Bernstein, además de colaborar decisivamente al potente acabado de la obra, dejó en herencia para futuros compositores una nueva forma de entender el uso de los colores y los matices rítmicos.
Para entonces, su altura artística se había cultivado bajo la tutela de algunos de los más grandes maestros del panorama musical. Aaron Copland reparó en su innata capacidad y el legendario Bernard Herrmann se convirtió en su consejero y amigo. Rodeado de tan sabios tutores, Bernstein dejó de ser un prometedor concertista de piano para labrarse un camino lleno de gloria en el mundo de la industria cinematográfica.
Pero antes de que llegara ese momento tuvo que abrirse paso a golpe de méritos. Durante la II Guerra Mundial trabajó en arreglos radiofónicos para las Fuerzas Armadas y tuvo la ocasión de colaborar con Glenn Miller. Finalizado el conflicto, afrontó una carrera de obstáculos al situarse en el punto de mira de los cazadores de brujas de la era McCarthy. Pero salvó las dificultades al abrigo de discretas películas de serie B como Cat Women of the Moon (Arthur Hilton, 1954), que no le reportaron demasiada gloria pero sí grandes dosis de oficio.
Poco después llegó su primera gran oportunidad con Los diez mandamientos (1956), concedida por el grandilocuente Cecil B. De Mille. Lo cierto es que la repentina muerte del compositor Victor Young le abrió las puertas de una superproducción que incurría en los excesos épicos de su director pero que, al mismo tiempo, le sirvió de puente a Bernstein para introducirse en la médula del Hollywood más reluciente.
A partir de ese momento su proyección se convirtió en un proceso imparable. Convirtió en icono del western la banda sonora de Los siete magníficos (John Sturges, 1960), que bien podría considerarse como la sintonía por excelencia del género. Poco después, y guiado por un espíritu nada conservador, parió otra partitura modélica para Matar un ruiseñor (1962), obra maestra de Robert Mulligan que contó con un concepto musical algo minimalista, evocador y emocionante.
Elmer Bernstein atravesaba una época preñada de creatividad. Facturó otro trabajo memorable para Edward Dmytryck y su atrevida Walk on the Wilde Side (1962), colaboró con el vigoroso John Frankenheimer en El hombre de alcatraz (1962) y Los temerarios del aire (1969) y le puso el ritmo a las últimas siete películas de John Wayne. Y, por si fuera poco, ganó su único Óscar por Millie, una chica moderna (George Roy Hill, 1967), filme que, por lo demás, no destacaba por su brillantez.
El paso de los años no le deparó, al menos momentáneamente, demasiadas alegrías artísticas al compositor. Resolvió eficazmente la papeleta en un grupo de comedias comerciales como El castañazo (George Roy Hill, 1977), Incorregibles albóndigas (Ivan Reitman, 1979) y Aterriza como puedas (1980). Y llenó con un ritmo pegadizo los compases fílmicos de Los cazafantasmas (Ivan Reitman, 1982).
Sin embargo, y harto de veleidades, dio un giro a su trayectoria y apostó por un cine trufado de esencias. Inauguró su segunda época dorada con Mi pie izquierdo (1989) y repitió con el director Jim Sheridan en Los timadores (1990). Mezcla de clasicismo y de modernidad, su imaginación iluminó los ecos sonoros de La edad de la inocencia (1993) y de Legítima defensa (1997). Así, asoció su nombre a algunos de los más importantes cineastas del fin de milenio.
Su último trabajo importante para la gran pantalla fue la banda sonora de Lejos del cielo (Todd Haynes, 2002), homenaje a los melodramas americanos más clásicos. Con él cerró las catorce candidaturas a los Óscar que reunió en su prolífica carrera. Una carrera en la que no falta la recuperación de bandas sonoras legendarias que no fueron editadas en su día y con las que pretendía ilustrar a las nuevas generaciones. Otro generoso detalle de un artista sacrificado, comprometido y ejemplar.

 

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