Cine hecho con las tripas, en “Pájaro palabra”

Cine hecho con las tripas

Creo que soy un enfermo mental. Llevo años encerrado en mí mismo, buscándome por pequeñas rendijas de libertad que se abren y cierran a un ritmo de veinticuatro fotogramas por segundo, tratando de hallar mi lugar en el mundo en el talento ajeno de quienes visualizan mi sensibilidad por mí. En el cine me busco, en el cine me encuentro y me pierdo, sufro y tengo orgasmos, odio y amo. Pero, ay, me he quedado anticuado. A mis veintisiete. Hay que joderse. Y todo porque defiendo que la vida va antes que la técnica. y más en quien se dedica a hacer arte.
Mi enferma sensibilidad detecta mucha más belleza en el vómito que en la filigrana. Y miro a mi alrededor y me topo con un presente enfermo de piruetas visuales que ni maquillan ni ocultan el más atroz de los vacíos. Sí, hay quien puede y sabe dominar recursos sofisticados y variopintos como instrumentos puestos al servicio de la autenticidad. Pero son los menos. Quedan pocos mohicanos que hagan cine con las tripas.
“La vida es demasiado breve como para pasar un fin de semana con Sam Peckinpah”, sentenció el audaz actor Gene Hackman. Hackman hablaba del hombre pasado, violento, radical, alcohólico por necesidad y convicción, seductor, individualista, contradictorio y salvaje. Pero, sobre todo, hablaba de su cine. No había distingos. Artista militante en la vida cotidiana, Peckinpah se hacía hombre en su obra. Descarnada, irregular y visceral obra. Un vómito. Bello y auténtico.
Encuentro la emoción última del cine cuando adivino la biografía del hombre en las criaturas entregadas a la voracidad de mis ojos. Coppola, un suponer: “Apocalypse now no es una película sobre la guerra del Vietnam; es la guerra del Vietnam”, le largó con inquebrantable seguridad a los periodistas que acudieron al festival de Cannes del 79. ¿Podría Coppola haber rodado lo que rodó sin haber descendido personalmente al abismo del horror del que hablaba su coronel Kurtz? Imposible. Su película es el relato de un viaje íntimo y personal hacia el fondo de la locura y de la moral. Tampoco había distingos entre el hombre y su obra. Otra pota hermosa.
Y miro al pasado y sólo en él me voy reconciliando con la autenticidad que busco en el cine. Miro y encuentro y me declaro fordiano en este mundo tan digital y moderno. Porque en Ford disfruto con el hombre, con sus miserias, su gestos épicos, sus debilidades y su sencillez última. En sus westerns psicológicos e íntimos, en sus historias costumbristas preñadas de aroma a Irlanda, en sus botellas de whisky, en sus personajes borrachos, en sus héroes desencantados y en sus villanos fascinantes. En su cine veo al hombre, a todos los hombres, y veo al cine cara a cara, que es como hay que verlo; como un espejo revelador de las tripas de quien crea y de quien mira. En perfecta unión, ya sea de forma alegre y vital o en plan drama grave. Tanto da.
Y de Ford salto a Chaplin, a Welles, a Lang, a Vidor, a Preminger, a Brooks, a Fuller, a Scorsese, a Allen, a tantos otros realizadores americanos que han utilizado sus vísceras como objetivos implacables que fotografiaban el movimiento de sus órganos más vitales. Y me voy al expresionismo alemán, me paseo por las venas de Renoir y de otros franceses sesenteros y radicales, me cuelo en el aire fresco y pulmonar de algunos ingleses del Free Cinema, sufro con los dolores estomacales de Rossellini y otros italianos comprometidos consigo mismos… Y me emborracho de violencia junto a Siegel para pasar la resaca con Leone.
Si algunas potas son arte nadie ha vomitado en España como los maestros Buñuel y Berlanga. Pocos más les acompañan (Erice y Saura quizás, aunque más estetas, eso sí): detecto leves amagos de personalidad, de cine sincero que se entrega sin concesiones y con ese dolor que alivia. Destellos del primer Almodóvar y muchas otras promesas que poco a poco se van incumpliendo. El paisaje general está poblado hoy de mesura, corrección formal e improvisaciones calculadas.
Porque, ¿dónde coño están los autores raciales? Probablemente se quedaron perdidos en un pasado al que resulta imprescindible acudir. La borrachera de modernez ruidosa que habita entre nosotros es demasiado aséptica y apenas deja resaca. Nunca en la historia del cine ha habido más medios y nunca ha habido más vacío, más pose, más engaño, más timo. Busco cineastas que vomiten su verdad sin el más mínimo pudor. Quiero ver tripas en las pantallas. Y mis ojos se van quedando ciegos de tanto mirar sin encontrar más que posturas de maniquí.

NOTA AL MARGEN: Si, como resultaría comprensible, el autor del texto no se ha hecho entender, los siguientes títulos se explican bastante mejor: El delator (John Ford, 1935); Centauros del desierto (John Ford, 1956); El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962); Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969); Pat Garret y Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1969); Apocalypse now (Francis Ford Coppola, 1979); Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1930); Monsieur Verdoux (Charles Chaplin, 1947); Sed de mal (Orson Welles, 1958); Los sobornados (Fritz Lang, 1953); El hombre del brazo de oro (Otto Preminger, 1955); Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini, 1945); Te querré siempre (Roberto Rossellini, 1953); La regla del juego (Jean Renoir, 1939); Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959); La soledad del corredor de fondo (Tony Richardson, 1962; La edad de oro (Luis Buñuel, 1930); Plácido (Luis García Berlanga, 1961)… y muchas otras obras de arte que fueron hechas con las vísceras.

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