Leon Askin (18/09/1907 – 03/06/2005)

Un actor contra los totalitarismos

Un judío con gran sentido del humor. Así podría resumirse la semblanza del actor Leon Askin, uno de tantos profesionales centroeuropeos que emigraron a Hollywood como consecuencia del odio nazi. Porque a Askin, al igual que a Lubitsch o a Wilder, no le importaba blandir el arma de la comedia para luchar contra los excesos de las locuras totalitarias. Por eso se vistió con los ropajes de comisario soviético en Uno, dos, tres (Billy Wilder, 1961) y se puso el uniforme de oficial nazi en la serie de televisión Los héroes de Hogan.
Sus dos trabajos más conocidos estuvieron, sin embargo, rodeados por las peligrosas huestes del puritanismo ideológico. Muchos no entendieron que asuntos como la división en bloques de Berlín o los campos de prisioneros de la II Guerra Mundial pudieran ser objeto de burla audiovisual. Sin embargo, y con el paso del tiempo, las dos parodias brillan muy por encima de las coyunturales polémicas que las asediaron en su momento.
De hecho, el paso de los años ha colocado en su justo lugar aquella sátira política que Wilder rodó justo antes de que se levantara el Muro de Berlín. En Uno, dos, tres sobresalía la energía cómica de Askin, metido en la piel de uno de los integrantes del simpático trío que negociaba con James Cagney la importación de la Coca Cola a tierras rusas. Es más, la película jugaba tan hábilmente con el subtexto ideológico que hoy es, sin duda, el título más conocido de su trayectoria cinematográfica.
La otra gran referencia pertenece a la pequeña pantalla. Los héroes de Hogan fue una comedia de situación que en los años sesenta parodiaba la estancia de unos soldados norteamericanos en un campo de internamiento nazi. El proyecto, que levantó toda clase de ampollas en sectores que practicaban la rigidez intelectual, incluía a un oficial tan corpulento como bobalicón. A aquel oficial Burkhalter le puso el cuerpo y la voz un soberbio Leon Askin, intérprete especialmente dotado para los registros cómicos.
Registro que, seguramente, le costó asumir dada su trágica biografía familiar. De origen judío, sus padres fueron quemados en los hornos crematorios de Lublin y Minsk. Así las cosas, se vio obligado a reiniciar su vida profesional en el Nueva York de los años cuarenta. En poco tiempo obtuvo la nacionalidad norteamericana y en los cincuenta se introdujo en el efervescente mundo del cine.
Pero Askin no era un profano en el arte de la interpretación. Su sólida formación teatral y su experiencia en el cabaret vienés forjaron unos cimientos más que sobrados para su participación, casi siempre secundaria, en más de setenta filmes. Debutó con Destino: Budapest (Robert Parrish, 1952), irregular largometraje de espías al que sucedería Camino a Bali (Hal Walker, 1952), en el que acompañó a los legendarios Bing Crosby y Bob Hope.
A partir de ese momento, y durante cuatro décadas, completó un currículo en el que figuran títulos tan dispares como La túnica sagrada (Henry Koster, 1953), El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974) o Aterriza como puedas II (Ken Finkleman, 1982). De tal modo que, sin hacer apenas ruido y tras regresar a Viena mediados los noventa, completó su prolífica senda profesional con varias producciones austriacas. Aunque, eso sí, su fisonomía quedará eternamente asociada a la del comisario soviético de Uno, dos, tres.

 

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