Virginia Mayo (30/11/1920 – 17/01/2005)

La estrella rubia del Hollywood de los 40

La verdad es que Virginia Mayo fue una actriz con suerte. Con un talento discreto, y casi sin hacer ruido, la chica que quería ser bailarina se hizo un nombre en el Hollywood de los sueños de oro. Nombre que suena familiar en los oídos del cinéfilo gracias a un pequeño pero escogido ramillete de obras maestras. Los mejores años de nuestra vida, Al rojo vivo y El halcón y la flecha, por ejemplo, lo esculpieron en sus títulos de crédito. Ayer ese nombre volvió a sonar para traernos la noticia de su muerte.
Además, un rasgo físico sobresalía en la figura de Virginia Mayo: su leve estrabismo, que trazaba una hermosa imperfección en su rostro. Así, su mirada destacó entre los millones de ojos de tantas rubias platino que buscaban la gloria. Era atractiva, sin ser de las más guapas. Y como actriz era correcta, ni más ni menos que muchas otras. Lo dicho, una joven de singular magnetismo que estuvo en el sitio adecuado sin casi pretenderlo.
De todos modos, a Virginia Clara Jones le corría la sangre del espectáculo por las venas. Con tan sólo seis años se matriculó en la escuela de arte dramático que su tía tenía en Missouri. A los ocho participó en la representación de un ballet inspirado en El sueño de una noche de verano. Y, poco tiempo después, empezó a recorrer el país con populares espectáculos de variedades.
De un compañero cómico tomó el nombre artístico con el que abrazaría la aterciopelada piel del éxito. Se presentó en Nueva York para trabajar en el mundo de la revista musical y Samuel Goldwyn se quedó prendado de ella. Eso sí, el mítico productor la talló como un diamante en bruto. Virginia Mayo fue sometida al típico proceso de fabricación de una estrella. Y el resultado no tardó en trasladarse a la gran pantalla.
Sin embargo, sus dotes artísticas no fueron de las más admiradas del cine americano de la época. El malicioso Billy Wilder contaba que ella misma bromeaba con su escasa capacidad cuando Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946) obtuvo un aluvión de premios: “Virginia decía siempre que ella había hecho ganar el Óscar a Wyler porque todo el mundo decía: “¡Dios mío! Si puede hacer eso con Virginia Mayo…”.
Ciertamente, su carrera no se distinguió por el reconocimiento entusiasta de sus virtudes como actriz. Su largo camino ante las cámaras se inició como una guapa más entre las muchas que se sacaba de la manga Sam Goldwyn. La fama le llegó en 1944 con La princesa y la pirata (David Butler), en la que acompañaba al legendario Bob Hope. Y se asentó con varias comedias protagonizadas por el excéntrico Danny Kaye, entre las que destaca La vida secreta de Walter Mitty (Norman Z. McLeod, 1947). Sin embargo, y en general, no pasaba de ser una profesional de la apariencia agradable que intervenía en películas de corto alcance. Ni siquiera Howard Hawks mejoró su prestigio con la olvidable Nace una canción (1948).
Es más, llama la atención que fuera Los mejores años de nuestra vida su película de más empaque durante este periodo. El oscuro panorama que William Wyler dibujó de los veteranos que regresaban de la II Guerra Mundial era un drama sin concesiones, duro y emocionante. Y allí, en medio de un magnífico retablo coral, estaba Virginia Mayo rodeada de enormes actores como Dana Andrews, Fredric March y Myrna Loy.
Sin duda, en 1949 llegó el año más brillante de su titubeante periplo por el séptimo arte. Tras firmar con la Warner, las comedias coloristas dejaron paso al áspero realismo tan del gusto del estudio. Y por esa senda se colaron las que, seguramente, fueron las dos interpretaciones más brillantes de toda su vida. Interpretaciones en las que la mirada estrábica de Virginia Mayo adquiría un toque de perversidad encantadora y casi irresistible.
Porque la vivaracha Virginia se transmutó en una maravillosa mujer fatal, una seductora víbora criada esmeradamente para la ficción por el enérgico Raoul Walsh. En el western Juntos hasta la muerte (1949) se metió en la imposible piel de una mestiza que conducía a Joel McCrea a una pasión autodestructiva y mortal. La imagen de la pareja tiroteada en un desértico paraje hizo olvidar cualquier tentación de inverosimilitud. Y el fragmento sigue siendo hoy una lección de cómo debe rematarse un relato de alto voltaje.
Y la cúspide de su trayectoria profesional llegaría ese mismo año con Al rojo vivo, incontestable obra maestra del cine de gángsteres. En ella, James Cagney se arrastraba a un trágico desbocamiento provocado por dos mujeres: su madre, por quien intenta conquistar la cima del mundo; y su esposa, una arpía ambiciosa y manipuladora. Esa señora,  fatalmente preciosa, tuvo el cuerpo y la voz de Virginia Mayo.
A partir de ahí, y tras algunos coqueteos con comedias tontorronas como The girl from Jones Beach (1949) –en la que compartió cartel con Ronald Reagan-, prácticamente se especializó en el género de aventuras. Bajo la batuta maestra de Jaques Tourneur, y junto al atlético Burt Lancaster, protagonizó El halcón y la flecha (1950). El importante éxito del filme la condujo a otro largometraje inmortal, El hidalgo de los mares (1951), en el que Raoul Walsh volvía a dirigirla como la enamorada del capitán Horatio Hornblower, el determinante héroe interpretado por Gregory Peck.
En el resto de su filmografía sobresalen  Camino de la horca (Raoul Walsh, 1951), La novia de acero (Gordon Douglas, 1952) y Una pistola al amanecer (Jaques Tourneur, 1956). Pero el ocaso del Sistema de Estudios también fue el de su carrera. Poco a poco se fueron apagando los focos aunque, muchas  décadas después, intervino en algunas series de televisión. Y en ellas, ya madura, volvió a asomar esos ojos claros tan peculiarmente encantadores.

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