Tony Randall (26/02/1920 – 18/05/2004)

Una carrera a la sombra de Doris Day

“Soy un actor”. Así de sencillo y así de hondo. Tony Randall, el intérprete que, tras su muerte, sobrevivirá a la desmemoria fílmica gracias a sus intervenciones secundarias junto a Rock Hudson y Doris Day, era un hombre de carácter. Los críticos le recordaban reiteradamente su condición de cómico y él, con la sencillez que da la sabiduría, apelaba a su condición de actor. Actor polivalente e inquieto y, puestos a añadir color a la semblanza, individuo temperamental.
Cierto es que en la filmografía de Randall sobresalen sus papeles como secundario en un florido ramillete de comedias sesenteras y coloristas. Pero, a poco que se bucee en su trayectoria profesional, emerge la figura de un tipo culto, preparado y comprometido. Desde luego, fue mucho más que un secundario que pasaba por allí.
Por allí era el Hollywood de los sesenta, balbuceante coloso que sobrevivía al medio televisivo con grandes formatos y colores chillones. La comedia cinematográfica se hacía más moderna pero seguía aprovechando el potencial de la guerra de sexos, los diálogos chispeantes y los intérpretes con clase. Como no hay comedia americana de altura sin magníficos secundarios, puede afirmarse que Randall es uno de los legítimos responsables del sabroso aroma que siguen desprendiendo hoy títulos como Confidencias a medianoche (Michael Gordon, 1959), El multimillonario (George Cukor, 1960), Pijama para dos (Delbert Mann, 1961) y No me mandes flores (Norman Jewison, 1964).
Todas estas comedias sentimentales y sofisticadas contaron con un Tony Randall que, además, cultivó el humor extravagante desde una presencia más principal en Una mujer de cuidado (1957) y Detective con rubia (1966), dos obras del renovador Frank Tashlin. Pero los árboles del humor fílmico no deben ocultar el bosque de quien fue un actor integral.
Mucho tiempo antes de aterrizar en Hollywood, Randall aprovechó su juventud para prepararse a conciencia, estudiar arte dramático e, incluso, recibir clases de danza moderna. Tras el parón de la II Guerra Mundial, trabajó como intérprete de algunos seriales radiofónicos y pasó largas horas sobre las mágicas tablas de Broadway en varios musicales. Después llegó el cine y la fama. Pero su gran sueño se cumplió cuando, ya en 1991, fundó la National Actors Theater, una compañía de teatro neoyorquina que rendía tributo a los clásicos.
Su profundo amor por la interpretación formaba parte, además, de un modo de entender la vida muy alejado de la superficialidad. “Sólo hay una cosa peor que un hombre que no tiene ideas: un hombre que, teniéndolas, no se atreve a expresarlas”, afirmó en una ocasión. Guiado por sus principios, no tuvo reparos en oponerse a la Guerra del Vietnam y emprendió furibundas campañas contra el tabaco.
Comprometido con múltiples causas humanitarias y hombre de profundas convicciones liberales, el rostro de Randall, sin embargo, se hizo muy familiar para muchos norteamericanos gracias a su intervención en la serie televisiva La extraña pareja. Basado en la obra homónima de Neil Simon, el programa consiguió audiencias millonarias entre 1970 y 1975 y le reportó al actor un premio Emmy.
No es extraño, pues, que la alargada sombra del éxito cómico le acompañara para siempre. Quizás por eso, Randall aceptó un papel en la reciente Abajo el amor (Peyton Reed, 2003), mirada nostálgica a las brillantes comedias de los sesenta en las que intervino. Comedias por las que, sin duda, se recordará en el futuro a quien se declaraba actor sabiendo el sencillo significado de tan profunda palabra.

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