Bob Schiffer (04/09/1916 – 26/04/2005)

El mejor maquillador de Hollywood

El maquillaje es un elemento indispensable de la puesta en escena cinematográfica. Y sin puesta en escena no hay cine, es así de simple. Por ese motivo, profesionales como Bob Schiffer, fallecido el pasado 26 de abril, forman parte indispensable de la Historia del séptimo arte. Infatigable artesano de los sueños facturados en celuloide, su paleta de maquillador coloreó buena parte de las estrellas que brillan desde Hollywood para iluminar el planeta entero.
Por sus precisas manos pasaron intérpretes como Marlene Dietrich, Ingrid Bergman o Cary Grant. Muchos actores de carne y hueso experimentaron transformaciones casi mágicas que, en gran medida, eran responsabilidad de Schiffer. Con casi doscientas películas y seis décadas de trayectoria profesional, su nombre resulta familiar para quienes han pasado largas horas ante las mejores obras del cine americano.
Todo empezó en la década de los treinta. Fue entonces cuando Schiffer, que de adolescente había maquillado para fiestas de disfraces a los viajeros de un barco en el que trabajaba, desembarcó en Hollywood. Poco a poco, fue cultivando su oficio en películas tan importantes como Una noche en la ópera (Sam Word, 1935) o La carga de la brigada ligera (Michael Curtiz, 1936). Pero su enorme talento se destapó completamente en El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), maravilloso y colorista musical que situaba en primer término la relevancia narrativa que tiene el maquillaje en la construcción de historias para la gran pantalla.
A partir de ahí, la apariencia estética de muchos mitos de los cuarenta llevó su firma. Los labios finos y rojizos y las cejas arqueadas ocuparon los hermosos rostros de mujeres convertidas en divas. Y las huellas de Schiffer estaban allí, en los fotogramas de Gilda (Charles Vidor, 1946) o de La dama de Shangai (Orson Welles, 1948), resaltando la peligrosa belleza de las criaturas interpretadas por Rita Hayworth.
Su trabajo, además, resaltaba en todo tipo de apuestas fílmicas: musicales barrocos y de impecable factura formal como Un americano en París (Vincente Minnelli, 1951) o My fair lady (George Cukor, 1964); crónicas sobre el paso del tiempo como El cuarto mandamiento (Orson Welles, 1942) o El hombre de Alcatraz (John Frankenheimer, 1961); aterradoras y coléricas ficciones como ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). Daba igual. Los variados parámetros que cultivó eran un estímulo para demostrar su exquisita versatilidad.
Esa versatilidad le llevó a colaborar con el ejército estadounidense. Como tantos otros profesionales de Hollywood, Schiffer se integró en la maquinaria bélica durante la II Guerra Mundial, en su caso para camuflar a soldados que intervenían en operaciones especiales. Es más, años después y en plena Guerra Fría, maquilló a los militares norteamericanos que desembarcaron en Bahía de Cochinos haciéndolos pasar por cubanos.
Porque, en el fondo, Robert J. Schiffer era un transformador de materia capaz, por ejemplo, de convertir a Daryl Hannah en una atractiva sirena en Splash (Ron Howard, 1984). Y su dilatada carrera, contemplada en perspectiva, será para siempre una celebración del maquillaje como herramienta básica de la expresión fílmica.

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