George Pan Cosmatos (04/01/1941 – 19/04/2005)

El culto creador de filmes como Cobra y Rambo II

Si la autoría cinematográfica consistiera sólo en la factura y acumulación de imágenes impactantes George Pan Cosmatos sería considerado todo un maestro. Los manuales de Historia y Estética le dedicarían océanos de tinta y su obra habría sido diseccionada hasta el último fotograma. Pero, afortunadamente, el cine es un arte hecho de profundidad y sugerencias y a películas como Rambo (1985) o Cobra (1986) no es que les sobre mucho sentido del matiz.
La filmografía de Cosmatos no es, precisamente, una lección magistral de arte en celuloide. Lo suyo era, más bien, la acción desatada y urgente, el sudor a raudales y el impacto icónico. Pero la especialización también tiene su público y la realización efectista su mérito. En ese sentido, el director nacido en Florencia –aunque de origen griego- se ganó una reputación notable entre los adeptos al cine de acción más vacuo.
Llama la atención, no obstante, que una de sus películas menos castigadas por la crítica fuera un western. Tombstone (1994) recuperaba para la pantalla grande, por enésima vez, el legendario duelo del O.K. Corral en el que Wyatt Earp y Doc Holliday ajusticiaban a los Clanton. Sin embargo, tampoco en este título se rompían las normas de estilo de la casa y Cosmato se dejó llevar por la voracidad de las imágenes y desatendió la sustancia narrativa de la historia y de sus personajes.
Aunque, eso sí, el vacío de contenidos es mucho mayor en sus largometrajes más emblemáticos. Rambo, un bélico panfletario y grueso que escribió el mismísimo James Cameron, exhibía a Sylvester Stallone en pleno delirio castrense por los campos de presos de Vietnam. Y Cobra, un año después, fue su hermana gemela en los parajes del policiaco violento y cargado de valores reaccionarios. No obstante, los dos filmes debían buena parte de su éxito recaudador a la intuición visual de Cosmatos.
Esa intuición estuvo a punto de costarle la vida. Consciente de que su talante expresivo se basaba en la espectacularidad, se especializó en el rodaje de imponentes tomas aéreas. En la preparación de una de ellas sufrió un accidente de helicóptero en el que casi murió. El sacrificio lo hizo en nombre de El puente de Casandra (1976), típica producción de catástrofes sazonada con gotas de ciencia-ficción y plagada de estrellas crepusculares como Burt Lancaster, Ava Gadner o Sofía Loren.
Ahora bien, la pobreza intelectual que desprende buena parte de su obra estaba reñida con su formación. Criado en Egipto y Chipre, cosmopolita y viajado, Cosmatos manejaba seis idiomas, era un coleccionista avezado y sentía pasión por la restauración de películas. Tanta preparación no le impidió, sin embargo, fabricar filmes como Leviatán, el demonio de las profundidades (1989), tosco remedo acuático de la exitosa Alien (Ridley Scott, 1979).
Desde Masacre en Roma (1973) hasta Conspiración en la sombra (1997) una decena de filmes trufan la carrera como director de George Pan Cosmatos, artesano eficaz del cine de acción y realizador curtido en el mundo de la publicidad. Un nombre fundamental, pues, en el desarrollo del lenguaje fílmico tan definitorio del cine posmoderno menos exigente.

 

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