Manuel Alexandre (11/11/1917-12/10/2010)

El mejor secundario del cine español

“El Azorín de los actores”. Bautizado así por el maestro Umbral, Manuel Alexandre debería convertirse en un ejemplo seguir para cualquier aspirante a actor. Honesto y tranquilo, poseedor de la sabiduría que otorgan la serenidad y el trabajo bien hecho, uno de los secundarios más principales de la historia murió ayer vistiendo de luto a todo el cine español. Casi trescientas películas contemplan la carrera fílmica de un profesional cuya trayectoria se lee como un recorrido exhaustivo por media vida de una cinematografía a menudo enferma pero siempre llena de talentos singulares.
Talento singular es una expresión que se le puede aplicar a Manuel Alexandre sin réplica alguna. Máximo representante de los que llenan los encuadres en un segundo plano inadvertido pero imprescindible,  de dicción balbuceante y físico cotidiano tirando a bondadoso, creó una imagen de sí mismo que le acompañó en todos sus papeles. Como los más grandes. Porque, a pesar de los matices fílmicos tan dispares con los que tuvo que vestirse, siempre dejaba en la retina del espectador un regusto amable que él calificaba como ironía de la tristeza, o algo así.
Su vida profesional constituye una completa lección de historia del cine español. La primera aparición, absolutamente fugaz, la hizo en Dos cuentos para dos (Luis Lucía, 1947) aunque, en nombre de la justicia poética, se vincula su debut con Bienvenido Mr. Marshall (1953), obra maestra de Berlanga. Desde entonces, el genio valenciano, cultivador de cuadros corales en los que las piezas menos visibles debían encajar con la precisión de un reloj suizo, no dejó de contar con él en casi una decena de proyectos.
Corrían los años cincuenta y empezaban a estallar las primeras bombas disidentes en el timorato paisaje fílmico español. Berlanga hacía comedias despiadadas y dibujaba retablos implacables a partir de una observación inigualable del entorno. Y por allí emergía la frágil figura de Alexandre con una comicidad propicia al vitriolo berlanguiano. Calabuch (1956), Los jueves, milagro (1957) y Plácido (1961) contaron con el registro querible y campechano de un actor que casi se convertiría en uno de más de la familia para millones de españoles.
Pero, por si fuera poco colar su nombre en los créditos de comedias españolas tan relevantes, tampoco faltó a la cita con el cine de Juan Antonio Bardem, el otro gran disidente. Cómicos (1954), Calle mayor (1956) y Sonatas (1959) componen otro trío majestuoso de obras mayores con las que Alexandre deja visibles ejemplos de que fue mucho más que un magnífico actor de comedias. Artista integral e inquieto, resolvía con eficacia cualquier envite y llenaba de verismo los fotogramas con su imagen de ciudadano tranquilo, un poco triste y algo trilero.
La veracidad también era el resultado de sus sólidas convicciones técnicas: “hay que aprenderse el papel y no tropezar con los muebles, como decía Spencer Tracy”. Ese era su particular credo como actor y lo repetía cada vez que los periodistas le interrogaban en una molesta entrevista. Estudiar bien el texto y molestar lo menos posible. Toda una declaración de principios que habla del artista pero también de un hombre de pulsiones intelectuales en nada reñidas con su aparente sencillez.
Porque Manuel Alexandre era algo parecido a un hedonista del conocimiento. Se inició al Derecho y el Periodismo y adquirió cierta formación como aparejador. Y, aunque lo dejó todo por el teatro, mantuvo muy vivas las ansias de saber. En 1942 se hizo socio del café Gijón y empezó a asistir a la tertulia del poeta José García Nieto. En aquellas reuniones de poetas y artistas destacó por sus silencios y por tener un oído muy atento. Así, y de década en década, pasaron más de cincuenta años que le tuvieron como mejor testigo del paso del tiempo en Madrid. “Sí que han cambiado mucho las cosas en esta ciudad –afirmó en una entrevista hace pocos años- pero por el Gijón no ha pasado el tiempo. Estar aquí es casi lo único que me hace ilusión ya en esta vida”.
Una vida que, en su vertiente más sentimental, estuvo llena de mujeres aunque nunca abandonó su condición de soltero. Convivió durante un tiempo con la temperamental actriz María Luisa Ponte y un par de años con una modelo, e incluso pensó en casarse en alguna ocasión. Pero optó por una soledad elegida que sólo en los últimos años tuvo que combatir para que no se convirtiera en una obsesión. El trabajo y una actividad permanente fueron las mejores medicinas para combatir las tentaciones de la depresión.
Su envidiable predisposición trabajadora no le impedía, sin embargo, hacer una interpretación crítica de los proyectos en los que intervino. De hecho, y tal y como reconoció él mismo, sólo el veinte por ciento le parecían verdaderamente atractivos. No dio títulos, pero es fácil deducir que el cine de subgéneros tan típico del cine español de los sesenta y setenta no colmaran las aspiraciones de una mente tan cultivada.
Eran años abundantes en títulos olvidables y baratos como El hombre que mató a Billy el niño (1967) y Don erre que erre (1972), por citar sólo dos de una larga nómina.
Pero ni siquiera en momentos tan duros faltaron sus incursiones en producciones de calidad. Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) contó con un elenco de cómicos en estado de gracia y Manuel Alexandre participó en aquel robo que varios infelices intentaban perpetrar en la entidad bancaria que les anulaba como individuos. Tamaño natural (Berlanga, 1973) y Duerme, duerme, mi amor (Francisco Regueiro, 1975) volvían a ponerle años después en la senda de una comedia de calidad, negra a rabiar y heterodoxa en sus planteamientos.
También tuvo tiempo Alexandre para demostrar que era un profesional polifacético. De sólida formación teatral, que le venía de lejos con su participación al inicio de su carrera en la compañía de Társila Criado y Jesús Tordesilla, alternó las tablas y la gran pantalla. Trabajó en la representación de Luces de Bohemia y de Madre coraje y sus hijos (1986) y se metió en la piel de Apolonides gracias a Fernando Savater y su Catón, un republicano contra el César, obra que se puso en escena entre las míticas piedras del Teatro Romano de Mérida en 1989.
El medio televisivo se cruzó inevitablemente en su camino y le reportó fama e innegables dividendos. De hecho, Alexandre decía que, después de tanto tiempo de oficio, sólo había conseguido ahorrar gracias a su papel en Los ladrones van a la oficina, la exitosa serie que Antena 3 emitió entrados ya los años noventa. Pero tampoco era nuevo en la televisión, ya que la serie de TVE Fortunata y Jacinta le vio aparecer en un par de capítulos allá por 1979.
Con todo, quizás la cualidad más encomiable de Manuel Alexandre tuviera que ver con su resistencia al paso del tiempo. Como un corredor de fondo entregado y silencioso, siguió en la brecha del cine español cuando llegaron los renovadores ochenta y una nueva generación de directores comenzaba su andadura. La mano negra (Fernando Colomo, 1980), El año de las luces (Fernando Trueba, 1986) y  El bosque animado (José Luis Cuerda, 1987) dan buena muestra de una realidad que se extendería a la década siguiente.
Y es que su motor intepretativo siguió muy bien engrasado hasta los últimos coletazos de su prolífica carrera. Volvió a ponerse a las órdenes de Berlanga en Todos a la cárcel (1993) y París-Tombuctú (1999). Repitió con Cuerda en Amanece, que no es poco (1989), La marrana (1992) y Así en el cielo como en la tierra (1995). Su amigo Fernando Fernán Gómez confió en él para Lázaro de Tormes (2000). Tuvo tiempo, incluso, para entrar en el reparto de Atraco a las tres… y media (Raúl Marchand, 2003), desafortunada versión de la mítica comedia de los 60.
Paradójicamente, el eterno secundario ha hecho de protagonista en varias películas de los últimos años. Entre ellas, Elsa y Fred, junto a la gran China Zorrilla, y ¿Y tú quién eres?, cinta de Mercero sobre el Alzheimer, en la que Alexandre compartía protagonismo con López Vázquez y con uno de sus amigos inseparables: Álvaro de Luna.
Tan dilatada trayectoria fue reconocida con distintos galardones, como el Premio de la Crítica Cinematográfica al conjunto de su labor (1980) o la Medalla al Mérito de las Bellas Artes (2002). En 2003 desahogó con emotividad la ceremonia más polémica de los Goya cuando recogió la estatuilla honorífica. Y tan indiscutible resultaba su capacidad de sacrificio que consiguió la Medalla al Mérito en el Trabajo, premio que tampoco le agradaba del todo.
Y es que no era amigo de exhibiciones tan tentadoras para el ego de los artistas. La sencillez, la naturalidad y el trabajo en voz baja eran sus mejores aliados. Decir el papel y no tropezar con el mobiliario, su lema. Aprender calladamente, su actitud. Y el Café Gijón, su casa. La mesa que le acogió allí durante más de medio siglo llorará largamente a Alexandre, el secundario principal, “el Azorín de los actores”.

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