Mozart in the jungle, un Globo muy hinchado

Mozart in the jungle, niña mimada de la crítica

Mozart in the jungle, un pasatiempo irregular y ligero

La historia de la ficción audiovisual está plagada de relatos encantadores que primero cautivan y después se precipitan con ligereza al sótano de la desmemoria. A menudo tienen una apariencia atractiva que despierta un deseo inmediato de compañía, grata como una brisa de primavera. Los efectos del hechizo, sin embargo, no suelen durar. Basta con pasarla por cualquier filtro analítico para colocar a la obra de turno en su verdadera condición, la de pasatiempo con pronta fecha de caducidad. Mozart in the jungle –la producción de Amazon cuya segunda temporada emite en España Canal+ Series– se ajusta como un guante a ese tipo de propuestas, aunque eso no ha impedido que se alzara con sendos Globos de Oro a la mejor serie y actor de comedia, éste último para Gael García Bernal.

El invento hunde sus raíces en el libro Mozart in the Jungle: Sex, Drugs and Classical Music, escrito con los correspondientes tintes autobiográficos por la oboísta Blair Tindall. El título, tan ruidoso, despierta la expectativa de una convivencia entre elegancia y sordidez, serenidad y bajas pasiones, modales exquisitos y caña brava. Pues nada de eso se aprecia en la pantalla. Los responsables de la versión televisiva –o como se diga cuando de un contenido de Amazon estamos hablando– le confieren a su criatura un halo desdramatizado, leve y tirando a clasista.

Dos de ellos, el polifacético Roman Coppola y el actor Jason Schwartzman, ya habían coincidido como guionistas en la película Viaje a Darjeeling, deliciosa aventura del genio indie Wes Anderson. Por desgracia, poco se les ha contagiado de uno de los escasos cineastas actuales que no son sólo capaces de convertir en soportable la levedad del ser, sino que la elevan a unos rangos narrativos y estéticos de categoría. Y de semejantes virtudes andan huérfanas las temporadas iniciales de Mozart in the jungle.

CRISIS, AMBICIÓN Y CLASISMO

En la primera decena de capítulos que se estrenaron en 2014 se abría una doble vía argumental: por un lado, una joven estrella de la dirección musical, Rodrigo de Souza, intentaba acomodarse como líder en la “jungla” de la Orquesta Sinfónica de Nueva York. Por otro, Hailey, una prometedora y tímida oboísta, luchaba por entrar en su privilegiado elenco de músicos, aunque debía conformarse con el puesto de asistente del neurótico y excéntrico Rodrigo.

Hailey, la tímida oboísta en mitad de la jungla

Hailey, la tímida oboísta en mitad de la jungla

En la segunda tanda el personaje encarnado por Gael García Bernal continúa lidiando con sus inseguridades, a menudo materializadas en las apariciones de genios como Mozart o Beethoven, a quienes sólo él puede ver y escuchar. Por si fuera poco, acaba somatizando sus desequilibrios en dolencias de oído tras ser objeto de una maldición por parte de su mentor. A todo ello le suma una especie de decepción romántica con Hailey, quien por su parte aprende a sobrevivir en la selva cayendo en cuantas tentaciones se le ponen por delante, algunas de ellas ventajosas para su proyección.

El arco de la joven se halla entre lo más destacable de una temporada que incluye como variantes estructurales la amenaza de un paro de la Sinfónica y una gira que ésta hace por países latinoamericanos. En los episodios quinto y sexto, ubicados en México, asoman los peores vicios de la serie: la visión estereotipada de todo aquello que existe al sur del Río Grande responde a una actitud de elitismo progre que se cuela por buena parte de las aristas de Mozart in the jungle, cuyo universo es el resultado de una mirada altanera, acomodada y escasamente verosímil en más ocasiones de lo deseable.

Como contrapeso, la irregularidad de la propuesta también seduce al espectador con momentos absolutamente gozosos. Touché Maestro, Touché, cuarto capítulo del bloque, es un ejercicio lúdico de primer orden e incluye un montaje alterno perfectamente equilibrado entre tres líneas de acción: mientras Rodrigo disfruta de los efectos de una seta alucinógena con su veterano predecesor –interpretado por el mítico Malcolm McDowell–, Gloria –la ejecutiva más importante del comité de dirección de la orquesta– canta en un local para aficionados y Hailey disfruta de una inolvidable noche de tenis de mesa, bolos y máquinas de baile junto a algunas de las estrellas más rutilantes del universo de la música clásica. Por una vez, el artefacto funciona con una armonía audiovisual perfecta que merece la pena degustarse en todo su matiz.

BANQUETE DE CAMEOS MELÓMANOS

Allí, en aquel improbable pero hilarante espacio recreativo, se las tienen tiesas tipos como el pianista chino Lang Lang –quien toca a modo de coda y antes de los créditos una pieza espectacular– o su colega estadounidense Emanuel Ax. No son los únicos artistas reales que se cuelan en la ficción, pues la citada Gloria está encarnada por Bernadette Peters, quien construyó una de las trayectorias más sólidas y brillantes de Broadway desde que debutara como cantante hace cinco décadas.

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De hecho, Mozart in the jungle hace del cameo melómano una de sus principales señas de identidad. En el capítulo que detona la temporada el protagonista dirige como invitado un concierto de la Filarmólica de Los Ángeles. Una especie de regidor le ruega entre bastidores que se vaya a trabajar con ellos para salvarles de su actual director, a quien todos odian. Sólo los más entendidos pueden disfrutar completamente del pasaje, pues quien pronuncia las palabras es nada menos que el venezolano Gustavo Dudamel, precisamente el responsable de la batuta en la orquesta californiana y en quien los autores de la serie se basaron para perfilar a Rodrigo de Souza.

Toda la sátira está diseñada a la medida de un público instruido en la materia, quizás aquel a quien Amazon pretende seducir con su producción. Ese deje elitista contrasta, sin embargo, con el fondo y forma de un relato que acaba siendo tan elemental como el pegadizo estribillo de un tema pop sin demasiadas aspiraciones. Lo que queda como resultado son, en suma, 300 minutos de imágenes y sonidos que le proporcionan al espectador una simpática aunque olvidable compañía.

 

 

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