La gran estafa americana, de David O. Russell

Algunos estafadores americanos

Algunos estafadores americanos

Título original: American Hustle
Producción: Atlas Entertainment, Annapurna Pictures (2013)
Dirección: David O. Russell
Guión: David O. Russell y Eric Singer
Fotografía: Linus Sandgren
Música: Danny Elfman
Montaje: Lisa Lassek
Distribuidora: Tripictures
Estreno: 31 Enero 2014
Duración: 138 min.
Intérpretes: Christian Bale (Irving Rosenfeld), Bradley Cooper (Richie DiMaso), Jennifer Lawrence (Rosalyn Rosenfeld), Amy Adams (Sydney), Jeremy Renner (Carmine Polito), Michael Peña (Paco Hernández/Sheik Abdullah), Jack Huston (Pete Musane), Louis C.K. (Stoddard).

Año 1990, Martin Scorsese factura Uno de los nuestros (Goodfellas). Cuesta poco imaginar entre las penumbras de las salas y el desorden de los videoclubes a incipientes directores agitados por el descubrimiento. La evocación es hipotética, claro. Pero no es descabellado especular con las estimuladas retinas de tipos como David O. Russell, David Fincher o -por ponernos más locales en el apunte a una influencia que sin embargo es global- Rodrigo Cortés. Como platos los ojos, oigan. Y como hormigas coléricas las neuronas, prestas a imprimir su impulso a un lenguaje audiovisual que ensanchaba sus límites.
Esa parte cinéfila del crítico torpemente empeñado en la caza de las referencias la dejo cubierta con Scorsese, con quien curiosamente comparte cartelera David O. Russell metidos ya en el 2014. La gran estafa americana comparte identidad con aquella de los noventa y con la actual El lobo de Wall de Street, al menos en el espíritu que las alienta a todas y en rasgos importantes de estilo. Porque, en términos generales, existe un cine popular capaz de convertir la basura que esconde Estados Unidos bajo la alfombra en material para viajes impulsivos, lúdicos e incómodos de ver por su falta de gravedad dogmática o su ambigüedad cínica.
La última frase del párrafo anterior está muy mal explicada por confusa aunque cabe la coartada de que el objeto de análisis también es complejo. La gran estafa americana aspira a laberíntico relato de una pareja de estafadores que en los años setenta se mete en una operación ideada por un agente federal con ganas de prosperar a costa de los corruptos. El asunto parte de una situación histórica, con políticos que luchan por su comunidad mientras sacan la correspondiente tajada. Y con mafiosos que ayudan a financiar los chanchullos. Esta vez se trata de New Jersey, Atlantic City, casinos y demás. Todo gris, feo, nada mítico, frecuentado por sujetos de pelo grasiento y peluquín, escudados por mujeres bellas y horteras que se pirran por los aromas de un esmalte de uñas.
En ese ambiente degradado se abre paso el trío protagonista, que sitúa a la bella Sydney entre dos hombres. Junto al primero, Irving, forma una pequeña sociedad que vive del engaño y la falsificación. Y al segundo, el agente Richie, lo seduce en un cortejo ambivalente durante la caza al chorizo en la que se tiene que meter junto a Irving para no terminar en la cárcel.
Con esos mimbres, ya se sabe: nada es lo que parece y el espectador siempre sospecha de la intención en las acciones de los personajes. Su debilidad, el sufrimiento y los dilemas que afrontan van perdiendo fuelle a medida que avanza el metraje desde unos minutos iniciales que constituyen un espectáculo de primer orden por mucho que remita al conocido y mítico territorio scorsesiano. El entramado se pone en marcha con el detonante de la historia y se marcha de pronto al pasado para que el trío narre en over de dónde vienen y aclare el destino al que pretenden ir. Llegados de nuevo al momento que detona la trama, la película se centra ya en la operación policial.
Pues bien, en algún momento hay que decantarse: La gran estafa americana tiene, a juicio de este cronista, muchas más luces que sombras. Cierto es que el guión incurre en varios toques inverosímiles y que algunos personajes como la esposa de Irving están construidos y desarrollados con un rigor discutible. En ocasiones, de hecho, los habitantes de la ficción parecen marionetas a las que se ha vaciado de todo origen humano para convertirse en caricaturas.
Aquellos quedan sobrepasados, en cuanto a su construcción dramática, por la principal virtud de la obra, que vuelve a ser formal. David O. Russel suple con la cámara su irregularidad como guionista y seduce a quien observa su propuesta con un arsenal de recursos que forman parte del maravilloso engaño del cine. La ligereza de la cámara, las variaciones rítmicas, el uso de la música… los impactos sensoriales nacen de la mano de un seductor que conoce a fondo el potencial que tiene el lenguaje fílmico para el embuste.
Por ahí compensa el autor las debilidades de un filme irregular, enérgico en su aspecto externo y más bien débil en su desarrollo narrativo y en una resolución abrupta. Los intérpretes también participan de esa fuerza variable que coquetea con el exceso pasado de tono y superfluo… cuando no atrapan al espectador en un mar turbulento de emociones irresistibles. Christian Bale, Bradley Cooper, Jennifer Lawrence y Amy Adams entienden a quien porta la batuta y se abandonan a los mismos vicios y ejercicios virtuosos que él durante la operación de timo que, en el sentido expresivo del término, intenta ser la obra que conduce. Una obra que, por cierto, insiste en plasmar la simulación y la ceguera ambiciosa de una nación cuya codicia alimenta como material dramático a buena parte del audiovisual estadounidense de los últimos años. Interesante inercia, sin duda.

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