Gente en sitios, de Juan Cavestany

Humor perplejo

Humor perplejo

Producción: Apaches Entertainment / Juan Cavestany
Dirección: Juan Cavestany
Guión: Juan Cavestany
Fotografía: Juan Cavestany
Música: Nick Powell y Aaron Rux
Montaje: Juan Cavestany y Raúl de Torres
Intérpretes: Ernesto Alterio, Carlos Areces, Rául Arévalo, Enric Benavent, Josean Bengoetxea, Luis Bermejo, Jorge Bosch, Javier Botet, Jorge Cabrera, Luis Callejo, Esperanza Candela, Antonio de la Torre, Tusti de las Heras, José Ángel Egido, Israel Elejalde, Irene Escolar, Eduard Fernández, Javier Gutiérrez, Coque Malla, Alberto San Juan, Santiago Segura, Adriana Ugarte, Tristán Ulloa, Maribel Verdú.

Tipos perplejos. Personas desubicadas en lugares cotidianos. Seres humanos y urbanos que sorprenden a los demás o se pasman ante los otros. Ese paisanaje, por buscarle palabras a lo que resulta más bien inefable, habita Gente en sitios, la sugerente película de Juan Cavestany, padre de una obra que incluye en el “gente” de su título tanto a personajes como a espectadores, pues tan desorientados quedan los segundos como andan sueltos por el metraje los primeros.
Desde una perspectiva crítica al uso no hay mucho a lo que agarrarse para interpretar la invención de Cavestany, guionista y director de cine y teatro que lleva un tiempo experimentando en los dúctiles márgenes tecnológicos y de producción que la revolución digital trae consigo. Él es autor casi total, responsable de la realización, la escritura, la fotografía y el montaje de Gente en sitios, que viene a añadirse a las precedentes Dispongo de barcos (2010) y El señor (2012), muestras también de algo que ha dado en llamarse cine low cost, esa discutible –por limitadora– etiqueta.
Lo cierto es que han proliferado en España proyectos humildes, diseñados y puestos en pie con evidente carestía de medios pero que constituyen una reacción al Apocalipsis en que parece metida la industria del cine en nuestro país. Títulos como Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011), Mi loco Erasmus (Dídac Alcaraz, 2012) o Ilusión (Daniel Castro, 2013) son algunos de los más destacados aunque existen otros muchos que se ejecutan y distribuyen con estrategias alternativas a las convencionales para luchar así por una supervivencia que hoy, aunque en el extrarradio, es más posible que nunca.
En casi todas ellas, cada una con su propia voz, hay un sabor a derrota a la que en cierta medida se agarra también Cavestany. También a un humor que no pretende la carcajada abrupta y espontánea sino el pasmo, el asombro o la incomodidad, efectos que en el siglo XXI se han trabajado también en el ámbito televisivo –y lo señalo por no entrar en el cultivado al calor de la jungla internauta– gracias a los formatos más diversos e inabarcables que se puedan imaginar.
Gente en sitios tiene relación con ese contexto y levanta su voz con gran personalidad. Una personalidad a la que cuesta tanto nominar que hasta los personajes carecen, precisamente, de nombre. Son eso, gente que pasa o que está en lugares y que no logra comprender casi nada de lo que le rodea, generalmente absurdo, hostil u opresor. Y sucedía algo similar en Dispongo de barcos, en la que los protagonistas fueron bautizados por el guionista a partir de prendas de vestir, accesorios o rasgos externos y superficiales (“El de la corbata”, “El de la peluca”, “El del maletín”…).
La diferencia estriba ahora en el carácter puramente episódico de Gente en sitios, una sucesión de escenas generalmente cómicas y de duración variable que tienden a suprimir los remates de los gags para contagiar un cierto desasosiego. No existe una estructura definida por una dirección argumental concreta, un objetivo o un conflicto. Tampoco hay una vocación de empatía con un héroe que quiere algo y se esfuerza por conseguirlo. La película se declara a sí misma viva e irregular como el río en el que hace de puente humano uno de los personajes, cita pertinente a Kafka, uno de los artistas fundacionales de la perplejidad como munición expresiva.
Si se acepta el juego de Cavestany, de un ritmo ligero aunque exigente por la inacabable acumulación de gente y de sitios, el filme se disfruta tanto como la contemplación de la insensatez que nos gobierna hoy. La falta de sentido y la fugacidad parecen marcar el paso de unas relaciones humanas en las que apenas queda lugar para algo que se parezca a la esperanza o a la ilusión.
De ahí que la cámara ligera que se acerca a seres doloridos en emplazamientos feos durante la mayor parte de la representación sólo deje paso a un paréntesis de armonía cuando una misteriosa joven, sola, mira con media sonrisa por la ventana de un coche en una carretera secundaria de montaña. Es un instante de una belleza muy pura y algo pesimista, pues da la impresión de que el autor deja caer su único chaleco salvavidas sobre la casi imposible introspección, solitaria y alejada de todo.

Lo siento, pero no sé explicarlo mejor. Vean Gente en sitios.

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