Django desencadenado, de Quentin Tarantino

Libérrimo festín

Los tiempos urbanitas y tecnificados del siglo XXI no están para mucho western. Con casi todo fundado y sin apenas vínculos con la naturaleza sin contaminar, el género suena a carca. Desconocido e incluso menospreciado por las últimas hornadas de cinéfilos, llama la atención sin embargo que algunos de los más insignes representantes de eso que –por comodidad– llamamos la “posmodernidad” necesiten recurrir a él.
Como si tuvieran que justificar el empaque de su filmografía, los hermanos Coen o Quentin Tarantino han esperado a estar maduros para ejecutar sus películas del Oeste. Las aportaciones son bienvenidas incluso por aquellos que nos empeñamos en conservar viva la memoria de tipos como Ford o Mann, los dos maestros clásicos del western, ese invento sin el cual el cine no sería lo mismo porque sería, sin duda, algo peor.
La frescura gamberra e iconoclasta de Tarantino enriquece sin duda los parajes genéricos y mantiene fresco su territorio. El díscolo cineasta que ya forzara los límites del bélico con la espléndida Malditos bastardos, se atreve ahora con una perspectiva significativamente ignorada por la tradición: la esclavitud y el racismo que sufrió la legión de afroamericanos despiadadamente machacados para mayor gloria económica de sus dueños.
Si en su loca propuesta sobre la II Guerra Mundial el director mataba a Hitler en un cine, ahora “desencadena” a uno de esos negros y le concede la furia de la venganza. La sangre brota a borbotones irreales para subrayar la representación, con ese aire desdramatizador de la violencia tan marca de la casa. El asunto daría para discutir mucho si no fuera porque en cada situación dramática hay un toque hipnótico, una línea brillante de diálogo, unos actores seductores y un gesto impetuoso o sutil de la cámara. Como casi siempre, Tarantino es brillante manejando la ironía, el humor y la dilatación de los hechos conflictivos. Quizás abuse de metraje con la reiteración del sangriento clímax, con Djando tiroteando a los negreros y destruyendo sus simbólicas posesiones. Pero al final de la velada descubres que lo que has recibido es un auténtico festín.

Un pensamiento en “Django desencadenado, de Quentin Tarantino

  1. Coincido en que abusa una vez más del metraje: es obvio que es y siempre será el niño mimado de los Weinstein. A mí, el festín se me ha atragantado un poco-bastante, la verdad… Pero no resto mérito a alquien, quizá uno de los muy pocos: que al menos hace lo que le da la gana: el cine que parece ser que es el que a él le gustaría ver, y que por esto consigue el reconocimiento y admiración de sus incondicionales, y los que no lo son tanto.
    ¡Un saludo Michi! :-)

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