Los miserables, de Tom Hooper

Musical incompleto

Un tipo llamado Arthur y apellidado Freed lideró una legendaria unidad de producción en la Metro de los 50 y revolucionó los códigos del musical. De su impagable talento y del de una legión de directores, coreógrafos e intérpretes de postín salió la mayor concentración de obras maestras por año que el género ha dado jamás. Un americano en París, Cantando bajo la lluvia y Melodías de Broadway 1955 son las tres más lustrosas. Después llegarían los sesenta, la caída de nivel, el dramón estilo West Side Story y así hasta pasar por varios mojones que llevaron la firma de Woody Allen y Lars von Trier, sin olvidar el vacío espectacular made in Hollywood de Moulin Rouge o Chicago.
El párrafo anterior es una burda simplificación, como casi todo lo que uno teclea torpemente por aquí. El caso es que hay muchas y diversas formas de entender las fronteras del cine musical. Y Los miserables las concibe desde una idea visualmente lujosa, formalmente atrevida y narrativamente simplona.
Ignoro el precedente escénico, pero parto de que toda adaptación admite un margen de poda y reelaboración. El caso es que uno juzga –si es que esto puede entenderse por “juicio” en cualquiera de sus sentidos– lo que efectivamente se ve y escucha en la pantalla, un espectáculo audiovisual que emplea un lenguaje específico y de naturaleza diferente al de las tablas. El caso es que Tom Hooper lo aprovecha para plantear una realización bastante moderna, juguetona y nada acomodaticia. Tiene mucho estilo, balbuceante en algún caso, pero incuestionable en su rotunda personalidad.
Los problemas de Los miserables tienen que ver con el relato. El hecho de que casi toda la información verbal sea cantada supone un primer problema para la densidad de los personajes pero no es el único. El principal tiene que ver con su inverosimilitud, especialmente en el arbitrario papel del mesonero omnipresente que aparece para conseguir que la narración gire por donde toca. Las casualidades gratuitas abundan en una obra que es un drama contado a brochazos por bloques históricos y que incluye momentos tan poco justificables por la lógica de la acción como la medalla que el villano de turno coloca sobre el cadáver de un crío. Los actores, bien, gracias. La música, estupenda. Pero la emoción embriagadora del desenlace es populista, simplona y fácil. Creo.

Un pensamiento en “Los miserables, de Tom Hooper

  1. Creo que nos encontramos ante la mejor obra de la historia (musicalmente hablando). La composición roza lo perfecto, si bien el conjunto se asemeja más a una ópera que a un musical, debido a la ausencia de diálogos y coreografías.

    Aparte, nunca un elenco tan compensado hizo una representación tan perfecta. En esta película observamos lo nunca visto hasta ahora, una actuación cantada donde, por una vez, observamos las letras en las caras y voces de los personajes.

    Por otra parte, y coincido contigo, el guión no es lo mejor de la obra, al igual que la dirección, pero debido a mi desconocimiento por parte de la obra original no se si los errores comentados se deben a la película o a la mente pensante de Víctor Hugo.

    Si bien, tampoco creo en el endiosamiento de lo antiguo y suelo estar en contra de la sobrevaloración de los clásicos, creyendo que, al igual que en todos y cada uno de los mundos del arte, toda evolución suele tender hacia la mejora.

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