Las nieves del Kilimanjaro, de Robert Guédiguian

Un rayo de esperanza

Algunos directores han hecho de su obra un vehículo de concienciación. Como si se sintieran impelidos a transformar la realidad contándola con sus cámaras, esos cineastas se comprometen con una labor de denuncia de la injusticia o de revisión de los males sociales o de desenmascaramiento de un poder lleno de contradicciones. Son tipos como Ken Loach -quizás el caso más paradigmático- que defienden que el cine es un arma cargada de futuro y que no puede entretenerse en evasiones efímeras que apuntalan un conformismo culpable.
El francés Robert Guédiguian, creador de joyas como Marius y Jeannette o La ciudad está tranquila, pertenece a esa estirpe. Igual que otros creadores que asocian su universo a ciudades muy concretas, él lo hace con la luminosa, heterogénea y compleja Marsella, un lugar que se presta a poca épica embellecedora de no ser por los seres anóminos que la habitan y a los que Guédiguian dedica conmovedora atención.
Dos de ellos, encarnados por Jean-Pierre Darroussin y Ariane Ascaride –habituales del realizador–, protagonizan Las nieves del Kilimanjaro. Él, enlace sindical de toda la vida, es despedido pero tiene el colchón de una prejubilación ventajosa. Ella, su mujer, arregla casas y acepta los reveses de la vida con una actitud optimista gracias a su encantadora familia. Y toda la rutina estalla en mil pedazos cuando son víctimas de un robo con suma violencia en su propia casa.
La película aborda la mala conciencia de una clase sindical bientiencionada pero que corre el riesgo de convertirse en un anocronismo. El asunto es grave, claro, aunque Guédiguian lo desarrolla como una fábula moral tan sencilla que coquetea con el simplismo. Casi da lo mismo. La cristalina exposición da paso a una calidez embriagadora, llena de luz y valores positivos. El realismo en la representación ayuda a sentir de cerca los conflictos de unos seres que no soportan la paradoja entre lo que defienden y lo que hacen. Circunstancia que se resuelve con una apuesta por la acción y el compromiso con los débiles, motivado por un altruismo no exento de culpabilidad. Grandes cuestiones éticas abordadas con una ternura sin adornos. Notable.

Un pensamiento en “Las nieves del Kilimanjaro, de Robert Guédiguian

  1. Creo que no hay nada más demagógico y simplista que el cine de Ken Loach o Robert Guediguian. Los objetivos que pretenden estos directores con sus películas parten de un error de bulto: la relación causa-efecto entre la compresión, la percepción y la acción. Nadie salé concienciado de ver una película de Guediguian si antes de entrar no lo estaba. El desvelamiento de las realidades de los más desfavorecidos desde una óptica de ética compasiva es la postura adoptada por aquél que no pretende hacer nada. Esas explicaciones de manual básico de sociología no han solucionado ningún problema ni han mejorado la vida de los desfavorecidos. El cine que pretenda ser crítico con las realidades sociales ha de intentar,como dice Jacques Ranciere, traducir en figuras nuevas las experiencias de aquellos que han sido relegados al margen de las circulaciones económicas y de las trayectorias sociales, como por ejemplo Pedro Costa. ¿No resulta contradictorio querer reflejar la situación de los débiles usando los mecanismos narrativos más comerciales y afrontar la realidad de los más desfavorecidos usando estructuras preestablecidas por la industria?. El cine de Guediguian y de Ken Loach es como ir al Starbucks y comprarse café porque leemos que un tanto por ciento va destinado a los productores de no sé que país en vías de desarrollo. Como escribía Thomas Pynchon en Vineland “¿A quién íbamos a salvar? En el momento en que salieron a relucir las pistolas, se acabó todo el pajolero arte cinematográfico”.
    Dejando a un lado el fracaso y la farsa del cine social, Las nieves del Kilimanjaro utiliza una estructura de guión tan adocenada que cuando la ves te sientes omnisciente. Guediguian huye de la complejidad y con ese final reparador lo único que pretende es dejar al espectador tranquilo después de haber consumido su dosis de concienciación diaria. Guediguian nos quiere trasmitir un mensaje,de izquierda piadosa y compasiva, tan idealista que hasta a un niño le constaría creerlo.
    Un saludo.

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