El cine narrativo es un arte de expectativas. Los contadores de historias saben que el espectador anda todo el rato anticipando lo que sucederá a continuación. Basta con haber visto alguna película con tu abuela para darte cuenta de la cantidad de apuestas que hace sobre lo que sucederá a continuación, sobre la sospecha hacia alguno de los personajes o sobre cómo se resolverán las peripecias. Y ante ese horizonte acerca de lo que cabe esperar el narrador tiene que moverse hábilmente: contradecir todas las hipótesis del público genera un efecto sorpresa que puede ser excesivo mientras que confirmarlas en su totalidad hace del relato un mecanismo previsible y sin vida. Ahí radica, sin duda, uno de los grandes desafíos que afrontan los guionistas.
La pesca del salmón es uno de esos artefactos en los que cada pieza promete un avance posterior que está más anunciado que los refrescos de cola. El tema va de un científico contratado para llevar una colonia de salmones desde Inglaterra hasta Yemen, lugar en el que los pececitos deben echar raíces. Como, evidentemente, la trama no da para mucho, el corazón argumental se basa también en un chico conoce chica de toda la vida. Los dos están emparejados. Los dos pierden de alguna manera a sus respectivos. Los dos son muy diferentes pero se caen bien. Los dos se enamoran. Los dos tienen que elegir. Los dos, los dos, los dos.
Las dificultades que afrontan entran en el desarrollo con calzador, están ahí para fastidiar en el momento oportuno y conforme a trucos que se ven venir muy de lejos. Como además ya se deja sembrado que la fe y el amor lo salvan todo uno sabe de antemano que casi cualquier cosa que pueda darse por definitiva se arreglará con un milagro o, lo que es igual, con una decisión narrativa adoptada por la cara y sin más explicaciones. Es cierto que en su ligereza salteada de controlada ironía La pesca del salmón en Yemen se deja ver sin mucha molestia. Hallström dirige con la cámara y a los actores de forma un tanto blandita y masajea la mirada con cierta eficacia, pues eso sabe hacerlo de siempre. Así que, quien quiera picar por ese lado, que pique.
