No se le puede negar sentido de la oportunidad comercial a Intocable. Al parecer en Francia 18 millones de ciudadanos han pasado por taquilla para verla, lo cual supera el éxito para convertirse en fenómeno social. Y, como pasó en su día con Bienvenidos al norte, se ha producido un contagio a países aledaños. En esta ocasión, si cabe, con mucha más fuerza. ¿La razón? No tengo la más remota idea.
Asisto desde la segunda fila y tres semanas después de su estreno a un pase abarrotado de gente. Intuyo que muchos de mis compañeros de sala llevan largo tiempo sin pisar un cine y que no han podido resistirse a la excelente publicidad generada por el vecino o por la amiga de rigor en el proverbial boca a oreja. Y de todo ello deduzco que la película posee algún valor que la convierte en especial.
Quizás sea la necesidad de esperanza y buenos sentimientos en momentos tan negros. En este caso las emotivas intenciones parten de supuestos hechos reales para narrar la historia de un parapléjico millonario que contrata a un asistente que llega de los bajos fondos. La vitalidad de éste, un torrente de energía positiva, constituyen la mejor medicina para su jefe. Se ríen, charlan, fuman porros, se lanzan en parapente, viajan a toda velocidad por las calles de París…
Poco más. El relato carece en realidad de conflicto y de fuerzas opositoras que obstaculicen el devenir de la pareja más allá del problemón de partida. Tiene escasa fibra dramática el filme, que prefiere la situación concreta, el humor y el uso efectista de la música para emocionar. Nada es del todo molesto pero se percibe cierto ventajismo sentimentalón en las imágenes que devuelve la pantalla. Al final, además, se muestra un plano de los ciudadanos reales cuya peripecia se refiere. Y uno aprecia que el atlético y atractivo ayudante de la película es en verdad un tipo achaparrado y más bien tirando a feo. Cosas del cine taquillero, que hace de los mimbres algo más amable y bonito para generar una empatía inmediata aunque olvidable.
