De dioses y hombres, de Xavier Beauvois

La belleza del silencio

Qué envidia dan los franceses. Dan tanta que el maestro Berlanga dijo una vez que para hacer una nueva ley española del cine no hacían falta políticos sino un traductor de francés. Se quedaba corto el más lacerante creador de comedias patrias, pues además de leyes hace falta una actitud colectiva más convencida de la importancia de las industrias culturales para preservar una identidad propia. Eso y ningún complejo.
Uno piensa que en España es casi imposible un proyecto como De dioses y hombres. Ni por ética ni por estética. La reflexión sobre la trascendencia y la espiritualidad es sospechosa en sí misma en un país que lo ideologiza todo con carácter previo y desde el prejuicio. Y eso por no extendernos en nuestra tendencia al exabrupto verbal, al abuso de la palabra dicha a gritos y al dogma audiovisual. Entre los más de 100 largometrajes que se hacen aquí no tienen cabidas propuestas como la pequeña joya dirigida por Xavier Beauvois. Esa es una de nuestras muchas desgracias.
Un pequeño grupo de monjes cistercienses en el Magreb. Esos son los parcos protagonistas de esta conmovedora historia que se basa en hechos reales. Lejos de adoctrinar a sus vecinos musulmanes, ese puñado de hombres forma parte imprescindible de la comunidad, se integra en sus costumbres y participa de toda su vida. Son un referente moral porque prestan su ayuda de forma desinteresada. Y, mientras, rezan mucho. Y cantan mucho. Y estudian mucho. Hasta que llega el odio en forma de integrismo radical e infiltra el virus del miedo en su monasterio.
Beauvois rueda todo con una paciencia hermosa. Su cámara comparte la actitud contemplativa y nada enfática de sus personajes. Pero lo mejor es que, en contra de todas las modas predominantes, es reiterativa y paciente en la exhibición de un ritual que dota a su pequeño (e inmenso) universo de todo sentido. La poesía se apodera de la pantalla con un sentido del matiz portentoso, emocionante para todo aquel que quiera tomarse un respiro en plena dictadura de lo inmediato y caduco. De hecho, es una película embriagadora para quien, ateo, creyente o dudoso, crea firmemente en el poder eterno de la belleza.

 

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