Charlton Heston (4/10/1923 – 5/04/2008)

Una de las últimas leyendas de Hollywood

Charlton Heston fue un ser humano de contrastes. El actor que encarnó a tantos héroes épicos del cine se labró también una imagen pública muy controvertida. Su atractiva figura se irguió majestuosa en la gran pantalla, pero su nombre personificó al mismo tiempo la línea dura del conservadurismo americano más ultramontano. El hombre que encarnó al legendario Ben Hur, y que pertenece con justicia a los escasos elegidos de la mitología cinematográfica, hizo tantos aspavientos con un rifle en las manos que se le recuerda igualmente por ello.
Hay, sin embargo, más contrastes en la biografía personal y profesional de Heston. Su apostura física le situó en unos estilos interpretativos que tendían más a la exhibición corpórea que a la contención refinada. Él, enamorado de los universos creados por Shakespeare, protagonizó en ocasiones luchas encomiables para sacar adelante proyectos artísticos de altura. No obstante, y a pesar de su pertenencia al Hollywood de toda la vida, sólo en contadas ocasiones pudo demostrar que era más que un musculoso y pétreo héroe de película.
Cierto es que la industria del celuloide atravesaba uno de sus momentos más titubeantes cuando Heston triunfó en ella. Pero la apuesta por la grandilocuencia que definió al cine americano de los años cincuenta y sesenta se ajustaba como un guante a los papeles que acabaron por darle la gloria. Como resultado, Charlton Heston consiguió una fama inmortal pero, también, se convirtió en prototipo encasillado de un cine espectacular, histórico y panorámico que restringe una valoración artística de mayor calado.
Indudablemente, su participación en Ben Hur (William Wyler, 1959) constituye la carta de presentación más impactante dentro de su prolífica filmografía. La producción que coleccionó más premios Óscar que nadie, supuso sin duda la cima de la popularidad y del reconocimiento a Charlton Heston. La estatuilla dorada fue a parar a unas manos recias que fueron las de un personaje cuya transformación espiritual y ética no era obstáculo para la generosa ostentación de su anatomía. Escenas como la carrera de cuádrigas hicieron el resto y Heston ingresó en el privilegiado templo de la leyenda.
Pero su caracterización como figura legendaria no fue más que la culminación de unos pasos que ya había dado bajo la tutela de Cecil B. De Mille. El director más excesivo del cine clásico americano le convirtió en un Moisés altanero y algo sexy en Los diez mandamientos (1956). La superproducción, de casi cuatro horas de metraje, fue uno de los delirios creativos de De Mille, todo pompa y apariencia, pero, al menos, sirvió para que Heston diera la vuelta a una carrera que llevaba camino de ser escasamente memorable.
Judá Ben-Hur y Moisés son sólo los dos nombres más sonoros de una galería imponente de personajes espectaculares. El productor Samuel Bronston contribuyó a incrementar esa nómina con los grandes proyectos que rodó en la España de los sesenta. Así, Charlton Heston puso cuerpo y voz a Rodrigo Díaz de Vivar en El Cid (Anthony Mann,1961), una peculiar y entretenida versión del mito castellano que rodó junto a Sofía Loren. Y, dos años más tarde, le tocó resistir las embestidas de los bóxer a las embajadas extranjeras durante 55 días en Pekín (Nicholas Ray).
Con todo, al menos otros dos papeles completan la densa terna de interpretaciones que desprenden un aroma a leyenda y a grandeza pretérita: de regreso a las aguas religiosas fue Juan el Bautista en La historia más grande jamás contada (1965), anodina reconstrucción de la Pasión de Cristo en la que George Stevens no pasó de llenar los encuadres de grandes estrellas; por el contrario, el Miguel Ángel de El tormento y el éxtasis (Carol Reed, 1965) se cuenta, sin duda, entre sus trabajos más reseñables en términos artísticos.
Términos que, por otra parte, le obsesionaron desde que apostó por su sólida vocación. Esa es, sin embargo, una de las facetas menos conocidas de un Heston luchador y comprometido con el prestigio interpretativo. Durante su etapa universitaria protagonizó películas rodadas en dieciséis milímetros y se forjó como actor integral en el mundo del teatro, la radio y la televisión. En aquellos primeros años del nuevo medio de masas consiguió una reputación notable gracias a su participación en Studio One, programa que llevaba importantes textos teatrales a la pequeña pantalla.
La perseverancia por conquistar las metas fijadas puede estar en la raíz de algunos de sus trabajos cinematográficos más elevados. En Pasión bajo la niebla (1952), King Vidor le dirigió magistralmente junto a Jennifer Jones para redondear un extraño melodrama que desbordaba sensualidad y morbo. Y en Sed de mal (1957), por señalar otro inolvidable ejemplo, intervino para que la Paramount le concediese a Orson Welles la oportunidad de facturar una de sus obras maestras. La película no cuajó comercialmente, pero Heston ligó su nombre a un largometraje inmortal gracias a un imposible papel de policía mejicano.
El actor dejó, además, muestras de cierta versatilidad en otros parajes expresivos. El western, por ejemplo, le acogió en títulos de calidad como Horizontes de grandeza (William Wyler, 1958) y Mayor Dundee (1965), en la que volvió a comprometer su ayuda a favor del director Sam Peckinpah. Gesto que, por cierto, repitió para que la Fox acometiese el rodaje de El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1965), imprescindible e influyente cinta de ciencia ficción en la que protagoniza momentos inolvidables.
Sin embargo, la carrera cinematográfica de Heston palideció entrados los años setenta, en cuyos albores produjo y dirigió Marco Antonio y Cleopatra (1972). Pero su recorrido como director fue tan escaso como su repercusión. Desde luego, nada comparable con la fama que le reportó años después su intervención en series televisivas como Los Colby. No obstante, jamás perdió su afición por las tablas teatrales en las que, probablemente, se lamiera las heridas causadas por unos tiempos poco proclives a sus aspiraciones.
Es más, sus últimos años de vida pública fueron sobre todo intensos en aventuras ideológicas desbocadas. Azote de las tendencias progresistas, Heston aprovechó su proyección para arremeter contra homosexuales o defensores del derecho al aborto. Como presidente de la poderosa Asociación Nacional del Rifle, se paseó por todo el país defendiendo el derecho de los norteamericanos a portar armas. Semejante empeño le valió una aparición, anciano y patético, en el documental Bowling for Columbine (2002). El cineasta Michael Moore le atrapó en sus redes y, por última vez, pudo verse en la gran pantalla a un ser humano de contrastes que, por desgracia, en poco recordaba al altanero y vigoroso Judá Ben Hur.

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