Más allá de la vida, de Clint Eastwood

Metafísica sobria e incompleta

El maestro Clint, a quien todo el mundo concede la estima del “último cineasta clásico”, es un tipo irreductible que pasa de encasillamientos y etiquetas. En su filmografía sobresalen el western y el thriller, dos géneros que podrían calificarse de muy terrenales. No obstante, algunas de sus películas coquetean con lo fantasmal (El jinete pálido, Sin perdón) o con lo fantástico (Medianoche en el jardín del bien y del mal). Pues bien, ya octogenario, le ha dado por pensar en la muerte y en el más allá de forma explícita en un filme incomprendido, audaz y algo irregular. Y algunos sectores críticos le están dando por todas partes.
Pues yo voy con Clint. Más allá de la vida cuenta la historia de tres personajes muy relacionados con la muerte. Como no existe nada más democrático y universal que la Parca, cada uno de ellos vive en un lugar diferente y tiene singularidades bien distintas, pero coinciden en su inquietante vivencia y reflexión sobre qué nos espera a los seres humanos una vez que la palmemos. Y no quiero adelantar mucho más sobre el argumento ya que, encima, lo que ocurre no es demasiado espectacular, ni vibrante, ni ágil.
Eastwood apuesta por cocinar elementos muy nimios a fuego lento. Su técnica de realización es de una sobriedad extrema, quizás algo fría aunque de una emotividad indiscutible para quien sea capaz de contagiarse de ella por una lectura de lo sugerido. Los contrapicados del parasicólogo solitario encerrado en una especie de torre –en su apartamento en el hotel parisino– o los encuadres del niño que sólo puede conciliar el sueño en compañía de la cama solitaria que nunca habitará ya su hermano muerto son algunos de los mejores pasajes del filme. Tampoco es menos cierto, sin embargo, que la subtrama de la periodista francesa está un poco coja y, sobre todo, que el cruce de las tres historias abusa de la idea de casualidad y predestinación. Pero toda esa inverosimilitud no invalida la obra con carácter general, pues, aunque está lejos de haber hecho su mejor película, Clint demuestra margen de riesgo, inquietud artística y suficiencia en la resolución.

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