El gran Gatsby, de Baz Luhrmann

El gran GatsbyEsguince de retina

Cualquier espectador de El gran Gatsby sale bien librado si no se lleva consigo un esguince de retina. Sí, sé que no existe esa patología, pero en caso de que alguien la pudiera inventar sería, sin duda, Baz Luhrmann. Él, quintaesencia del barroquismo de humo, inventor de piruetas audiovisuales que se agotan en sí mismas y por encima de cualquier precedente del que extraiga la inspiración. Sea quien sea, Shakespeare o Fitzgerald, que a él lo mismo le da la talla.
Lo único que le importa a Baz Luhrmann en una película de Baz Luhrmann es Baz Luhrmann. Se titule Romeo + Juliet, Moulin Rouge o lo que sea. No hay material literario ni estrella que se precie que no sea sometida a un severo proceso de despersonalización. Porque a Luhrmann no le interesan las personas, casi podría decirse que ni las personalidades. Salvo la suya, claro.
Alguien podría llamarlo “estilo”, aunque en realidad no es más que eso que los modernos llaman ahora “postureo”. Eso es, exactamente, lo que cabe esperar de su muy lujosa adaptación del clásico de Scott Fitzgerald. Lo que en la mítica novela era sentido del detalle en la descripción, gusto por el matiz y hondo conocimiento de la psicología humana, es en el largometraje un brochazo tras otro.
Como siempre en la filmografía del director, el ojo no avisado puede sentirse atraído durante los primeros minutos: espectaculares movimientos de cámara, encuadres hiperpoblados de gentes y objetos, ritmo vibrante, colores saturados, música a toda mecha… impacto, impacto, impacto. Bien, vale. Y, como siempre en la filmografía del director, lo que viene a continuación es el descubrimiento de que la obra está absolutamente vacía.
En el caso de El gran Gatsby las debilidades de la fórmula Luhrmann resultan mucho más apreciables, si cabe, que en propuestas anteriores. Tras un largo tramo de ambientes, fiestas desbocadas, planos aéreos, villorrios y demás, toca otro cuyo único motor es el drama de los personajes, metidos en el fatalismo de una historia de amor conflictiva y aliñada con crisis de identidades y mentiras varias. Ni unos actores tan apreciables como Di Caprio y Carey Mulligan pueden a esas alturas con la misión. Su jefe lo ha devorado ya todo y ha sembrado de impotencia su relato a la hora de abrir la puerta a las emociones humanas. Todo se ha desvanecido hace rato y los fotogramas caen pesadamente para hastío de una mirada que soporta el cansancio a duras penas.
Eso en el caso de que no sufra el imposible esguince de retina.

La caza, de Thomas Vinterberg

la cazaLa sombra de la duda

Lucas es un tipo más o menos normal. Cuarentón, separado, sin mucho carisma. Se le dan bien los críos. Trabaja en la escuela infantil de una pequeña y nórdica localidad. Allí todo transcurre conforme a una rutina serena. Un día tras otro. Sin más emoción que alguna jornada de caza, risotadas con los amigos y litros de alcohol incluidos. Así es la vida de Lucas.
Hasta que todo se quiebra. La hija de su mejor amigo, una cría mal atendida, sugiere que Lucas ha abusado de ella. La cacería cambia de víctima. El lugar civilizado se inciviliza. Sin la menor prueba, todos le dan por culpable. Y su infierno va más allá de lo que la ley pueda dictar.
La mayor virtud de La caza es que, como espectador, te concede la ventaja narrativa de conocer la verdad de los hechos. Y, con todo, la conducta de sus vecinos puede ser la de cualquiera de nosotros, tendentes como somos a convertirnos en prisioneros de nuestros prejuicios.
El relato va acumulando impotencia sin que haga falta que se desate contra el protagonista una cruzada peliculera o extremada en su tono dramático. La expulsión del reino de la comunidad por parte de sus miembros resulta mucho más cotidiana, cercana y, por todo ello, terrible. El cuerpo del espectador se desasosiega porque en todo momento sabe lo fácil que resultaría ser tanto víctima como verdugo.
Tendré que decirlo sin medias tintas: La caza es un peliculón. Uno de esos filmes que te van calando con sus medias frases, sus escenas a medio concluir y su aquí parece que no pasa gran cosa pero qué mal cuerpo se me está quedando. Y lo mejor es que su director, Thomas Vinterberg, uno de los ebrios creadores del Dogma 95 danés y responsable de la maravillosa Celebración, consigue entrar en tu ánimo y en tus entendederas con el arsenal de la sencillez.
Sin el menor énfasis. Sin demonizaciones maniqueas. Con un lenguaje visual y sonoro más bien parco. Y con un actor, Mads Mikkelsen, que se mueve con una torpeza nada empática, casi inquietante. Esos son los ingredientes que tiene una película que te deja el ánimo quebrado porque te obliga a mirar en el fondo de nosotros mismos… para descubrir, en estado crudo, el horrible mecanismo de nuestros códigos defensivos.
Sencillamente obligatoria.

Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul

searchingLeyenda y emoción

Lo he escrito en alguna ocasión aunque con menos frecuencia de lo que me gustaría: ciertas películas te convierten en mejor persona. Suena ñoño, estúpido, exagerado. Puede que lo sea. Nadie cree ya en utopías artísticas, en sueños desgastados que algún día te convencieron del poder revolucionario o redentor del arte. Es la lógica de los tiempos, oscuros e implacables por prosaicos. Menos mal que nos quedan islas tan cálidas y confortables como Searching for Sugar Man.
Si no la has visto todavía, querido lector, abandona de inmediato estas líneas. Cualquier dato previo irá en contra de la sacudida emocional que te aguarda en las salas. Corre a la más cercana, pilla una entrada y confía en la recomendación. A poco despiertas que tengas las retinas, los oídos y las neuronas harás un viaje mágico y lleno de sensaciones agradables.
¿Cómo poner palabras aquí que se entreguen a la torpeza de interpretar las imágenes y sonidos que saltean el metraje? Uno podría ser funcional y encuadrarlo en el género documental, apelar al Oscar ganado dentro de la especialidad y remontarse a la historia de Rodriguez, el misterioso músico cuya semblanza recorre Searching for Sugar Man. Uno podría, digo, pero el reduccionismo sería atroz y la realidad profunda de la obra se estaría quedando a años luz del analista.
En realidad, el filme dirigido por Malik Bendjelloul forma parte de las mejores narraciones sobre eso que llamamos “leyenda”. En este caso se trata de una apenas conocida pero cuyo desvelamiento paulatino a partir de una intriga inicial va aflorando con exhuberante fuerza. El mito, el malditismo, la teoría del rumor y la belleza como rebeldía ante la gris realidad alimentan cada encuadre. La información se distribuye con una precisión que conduce al espectador desde una curiosidad puramente racional a la sensación de que cada detalle que se revela es absolutamente conmovedor.
Así, los travelling iniciales y descriptivos de una ciudad fantasma y terrible como Detroit se complementan después con los andares de ese músico que es el colmo de la humildad y que contagia un buen rollo en nada reñido con la disconformidad. El compromiso del ejemplo pequeño, el aplomo de quien se sabe provisional y la justicia poética luchada por unos secundarios memorables se dan la mano de forma gloriosa. Y te levantas de la butaca a regañadientes, mecido por, entre otros, los insistentes sones de un bajo eléctrico que preludia un concierto inolvidable que ya jamás te abandonará. I Wonder, canta Rodriguez. Que siga cantando. Por siempre jamás.

Los amantes pasajeros, de Pedro Almodóvar

Obsesión oral

¿Se puede escribir sobre el cine de Almodóvar sin que el personal se sienta agredido o jaleado, según toque? ¿Por qué en su caso se reduce cualquier juicio estético o narrativo a una malsana intención personal o subjetivista? ¿Desde cuándo sufrimos esa presión añadida los comentaristas de la cosa? Siempre que estrena el director más mediático que ha dado nuestro extremo país se repite el mismo ritual. Pues bien, yo, con todos mis prejuicios a cuestas y con el escaso distanciamiento del que soy capaz, procedo con el mío, que bien sé que a pocos interesará.
Los amantes pasajeros
se ha vendido como un regreso de Almodóvar a la desengrasante comedia, paraje genérico que refrescó en los ochenta con obras de la enorme talla de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? o Mujeres al borde de un ataque de nervios. Para algunos las motivaciones son económicas y para otros simplemente creativas. Qué más dará. Lo único sustantivo es que este Pedro no es aquél. El de entonces era fresco y espontáneo. El de ahora es una marca. Fría y desangelada.
La última -y ya es larga- fase de la carrera almodovariana nos parece a muchos un estirado ejercicio de postureo. Y esta propuesta coral poblada de azafatos homosexuales, jóvenes pastilleros, sicarios mexicanos, suicidas por amor y demás especies persiste en la querencia… pero más. Como ya es costumbre, el relato descuida la estructura y premia la situación episódica. También abusa de la solución gratuita e inverosímil. Casi cualquier decisión está permitida en la lógica de un creador que pone en práctica sus caprichosas apuestas sin más justificación que la que procede de su bien asumida y nunca limitada genialidad.
Pero, sin duda, lo peor de Los amantes pasajeros radica en su humor infantil, chabacano e insistente en referencias al sexo oral y los apéndices masculinos. Un chiste detrás de otro, una sobredosis obsesiva con el asunto que sólo provoca agotamiento y cansancio. Eso sí, el director satura los encuadres de tonos pasteles y ángulos distorsionados para maquillar sus groserias -propias del cine popular e hispano más grosero- con  su sofisticada firma, tan moderna, adornada y guay. Pues no cuela.

Un asunto real, de Nicolaj Arcel

Lujo danés

Es un dato más bien desconocido pero Dinamarca ha sido históricamente una de las grandes potencias europeas en materia cinematográfica. A la pujante industria que desarralló en los primeros años del séptimo arte hay que sumarle el surgimiento posterior de autores y movimientos que han sido referencia mundial. El más grande de todos ellos, sin duda, el maestro Dreyer, autor de un puñado de obras maestras indiscutibles como La pasión de Juana de Arco, Dies Irae y Ordet. Tampoco hay que olvidar a Lars Von Trier, claro, y a su polémico, discutible aunque influyente “Dogma 95″. La marca danesa en materia cultural tiene, pues, mucho que ver con la gran pantalla.
No es extraño que llegue hasta nuestras salas un proyecto como Un asunto real. Producción lujosa, de ésas que algunos etiquetan como “de época”, pues tienen un perfil historicista y un aliento romántico. Cuenta la historia de la reina Carolina Matilde, aristócrata inglesa desposada con el desequilibrado Cristián VII de Dinamarca, que hace de la vida en la corte una cárcel para la joven. De esa especie de prisión psicológica y sentimental le saca el doctor Johan Friedrich Struensee, un científico ilustrado que lleva consigo la pasión de alcoba y la intelectual, basada en las ideas de pensadores del momento como Voltaire.
Al final, el relato se articula sobre una estructura un tanto convencional: la gran trama histórica, con un conflicto general y de altos vuelos que implica el conflicto entre un mundo viejo, oscuro y absolutista y otro moderno basado en la razón; y la trama humana y amorosa de dos individuos condenados a dar rienda suelta a sus sentimientos de forma clandestina. Y una y otra, claro está, se retroalimentan.
La puesta en escena del debutante Nicolaj Arcel es funcional, pródiga en detalles despampanantes, poetización del paisaje y enormes palacios. No le falta detalle a una producción que en algún momento coquetea con el adocenamiento casi publicitario –en el peor sentido de la expresión– de la parte afectuosa del asunto. Sin embargo, la progesión hacia un tono más turbio en el que emergen las contradicciones del mundo nuevo que representa Struensee compensa la valoración final gracias al sentido del matiz que aporta. La corrección sobrevuela un filme que tampoco está concebido para dejar una huella imborrable.