El hombre más buscado, de Anton Corbijn

Exhibición interpretativa de Philip Seymour Hoffman

Exhibición interpretativa de Philip Seymour Hoffman

Título original: A Most Wanted Man
Producción: The Ink Factory, Potboiler Productions, Amusement Park Films, Demarest Films, Film4, Senator Film Produktion (2014).
Dirección: Anton Corbijn
Guión: Andrew Bovell, basado en la novela homónima de John Le Carré.
Fotografía: Benoît Delhomme
Música: Herbert Grönemeyer
Montaje: Claire Simpson
Distribuidora: eOne Films Spain
Estreno: 12 Septiembre 2014
Duración: 122 min.
Intérpretes: Grigoriy Dobrygin (Issa Karpov), Philip Seymour Hoffman (Günther Bachmann), Homayoun Ershadi (Abdullah), Mehdi Dehbi (Jamal), Nina Hoss (Irna Frey), Daniel Brühl (Maximiliam), Vicky Krieps (Niki), Kostja Ullmann (Rasheed), Franz Hartwig (Karl), Willem Dafoe (Tommy Brue), Robin Wright (Martha Sullivan).

Un actor, una ciudad y un género. Sobre los tres pilares se levanta, en sugerente imperfección, El hombre más buscado. El actor es Philip Seymour Hoffman, uno de los más completos y sólidos intérpretes en el paisaje internacional de los últimos años. La ciudad es Hamburgo, portuario cruce de caminos. Y el género es el thriller de espías en su vertiente más densa, con el inconfundible aroma Le Carré sobrevolando los fotogramas. Un trío de ingredientes que no son poca cosa.
Por desgracia, se trata de la última película como protagonista absoluto de Seymour Hoffman, otro de esos seres humanos que tuvo la desgracia de ser elegido por los dioses para soportar el peso de un don excepcional. Cualquiera podría considerarlo una fortuna, pero la tozuda historia está llena de individuos devorados por los efectos secundarios de la genialidad artística.
De ese nivel que se eleva sobre lo ordinario da buena cuenta El hombre más buscado. Podría escribirse aquí que Günther Bachmann es un personaje que se adapta como un guante a las cualidades del actor si no fuera porque eso ha sido así con casi todas las criaturas de ficción a las que cedió cuerpo y voz. En cualquier caso, el espía introvertido, bebedor y cínico al que encarna aquí es una especie de homenaje a la decadencia particularmente emotivo.
Tras el 11-S cambiaron las relaciones entre las agencias de inteligencia mientras los poderes introdujeron nuevas estrategias en nombre de la sagrada seguridad antiterrorista. Hamburgo es un buen lugar para dar cuenta de los pasillos sórdidos y grises diseñados para combatir a los malos oficiales. Urbe de paso e inclusiva en otros tiempos, asume ahora el papel de controlar a quienes acaban en ella. Por lo que pueda pasar, claro. Y por encima de las libertades individuales, una quimera cuando se ponen en riesgo los intereses indiscutibles.
Es así como Issa, hijo de un militar ruso y de una mujer chechena víctima de abusos, llega a la ciudad alemana reclamando la herencia de su padre. Convertido a la religión musulmana, sus movimientos son objeto de seguimiento para aclarar si se trata de un terrorista metido en un violento plan o un tipo con intenciones pacíficas. Y entre medias emerge Günther, el tipo curado de espanto defiende la astucia antes que los golpes de efecto de unas fuerzas de seguridad ansiosas de medallas políticas.
Los mimbres resultan familiares para cualquiera que conozca someramente la obra literaria de John Le Carré, adaptado por enésima vez a la gran pantalla. El guión resultante es irregular e incurre en lagunas precipitadas al final con un desenlace abrupto y algo previsible. Sin embargo, la narración posee una atmósfera malsana y atractiva, hipnótica gracias al trabajo del director Anton Corbijn en la puesta en escena.
Los lugares grises, las composiciones geométricas y desalmadas, la fisonomía decrépita de una ciudad que es la metáfora imponente del protagonista… el conjunto tiene una intención fílmica algo desconcertante –no es nuevo, le sucedía también a El americano, dirigida en 2010 por el propio Corbijn– aunque absorbente. Y es que el realizador no deja escapar el potencial de un actor, una ciudad y una atmósfera idóneas para los amantes del thriller de espías.

El gran hotel Budapest, de Wes Anderson

Golosina visual de Wes Anderson

Golosina visual de Wes Anderson

Título original: The grand Budapest hotel
Producción: Scott Rudin Productions, Indian Paintbrush, Studio Babelsberg, American Empirical Pictures (2014)
Dirección: Wes Anderson
Guión: Wes Anderson, basado en un argumento de Wes Anderson y Hugo Guinness
Fotografía: Robert Yeoman
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Barney Pilling
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 21 Marzo 2014
Duración: 100 min.
Intérpretes: Ralph Fiennes (M. Gustave), F. Murray Abraham (Mr. Moustafa), Mathieu Amalric (Serge X.), Adrien Brody (Dmitri), Willem Dafoe (Jopling), Jeff Goldblum (asesor legal Kovacs), Harvey Keitel (Ludwig), Jude Law (joven escritor), Bill Murray (M. Ivan), Edward Norton (Henckels), Saoirse Ronan (Agatha), Jason Schwartzman (M. Jean), Léa Seydoux (Clotilde), Owen Wilson (M. Chuck), Tilda Swinton (Madame D.), Tom Wilkinson (escritor), Tony Revolori (Zero).

André Bazin reclamaba en su influyente y polémico artículo sobre la “política de los autores” que la crítica valorara, antes que nada, lo que él llamaba el “blasón de autor”. La cuestión de la autoría de lo que en rigor siempre es fruto de un colectivo da para mucho y no es objeto de estas líneas. Me sobra con señalar, sin embargo, que si hay entre los directores actuales uno que cincela con genuina denominación de origen su filmografía se llama Wes y se apellida Anderson. El gran hotel Budapest no viene sino a confirmarlo.
En poco más de quince años y menos de diez largometrajes el cineasta tejano ha construido un universo peculiar, diseñado con una mirada propia tanto en su hechizante estética como en una narrativa que atrapa a cualquiera que se deje seducir por su encanto. No está hecho su cine, sin embargo, para cualquier tipo de espectador, pues no es ni conservador ni condescendiente. En sus fronteras apenas hay lugar para las concesiones, algo que tampoco disculparían sus seguidores, ciertamente militantes.
El que esto suscribe se declara como tal y así solventa cualquier duda sobre la posible subjetividad -¿podrían, en cualquier caso, ser “objetivas”?- de estas líneas. Uno ya se instala en El gran hotel Budapest con las maletas cargadas de ilusión y altas expectativas. Y abandona su decrépito vestíbulo con el ánimo por las nubes, flotando en esa sensación tan especial que ya conoce por otros relatos de Anderson, desde la extraña Life Aquatic hasta la emocionante Moonrise Kingdom, pasando por su incursión en la animada Fantástico Mr. Fox.
La última propuesta de Anderson se origina en los ecos literarios del austríaco Stefan Zweig, aunque sólo como leve inspiración e impulso creativo para otro juego muy personal. Organizada como un rompecabezas con varios narradores y una temporalidad fragmentada, la historia gira en torno a la aventura que viven el conserje de un hotel centroeuropeo y su discípulo, el joven Zero. Asesinatos, persecuciones, misterios por resolver, fugas y bajas pasiones saltean un argumento de desarrollo ágil que se complica estructuralmente por una circunstancia: en realidad lo que vemos y escuchamos es la rememoración que un escritor mayor hace de cuando siendo joven el propietario del hotel le contó con detalle los sucesos que, a su vez, sucedieron mucho tiempo antes.
El dispositivo funciona cual muñeca rusa. Y el retablo de personajes está superpoblado por secundarios que entran y salen constantemente para dejar, de paso, una impronta memorable en el conjunto. El plan de Anderson se apoya en un elenco excepcional de actores, pues da la impresión de que las estrellas se pirran por aparecer en los carteles de sus producciones. Citarlos aquí sería excesivo por la limitación de espacio, así que acuda a la ficha técnica y dé por bueno que todos, sin excepción, están en un nivel sobresaliente. Sobre todo el cabeza de cartel, Ralph Fiennes, metido en la piel de un hombre refinado, culto y canalla.
Los seres ficticios de El gran hotel Budapest viven arropados por unos encuadres que siguen el manual de estilo de Anderson: composiciones frontales y simétricas, colores vivos, luminosidad, predisposición a la saturación escenográfica… Cada plano está meticulosamente concebido para cautivar la mirada del espectador. Y esa mirada cautiva se enriquece con un montaje vibrante y evidente desparpajo en el uso de los formatos, que cambian en varios momentos dependiendo del tiempo puntual del argumento y de su localización geográfica.
Quizás alguien podría reprocharle a la golosina visual –pues así puede considerarse– falta de calidez, inclinación a la artificiosidad o un punto de ligereza. Anderson, ya se ha dicho antes, no es populista. Su manera de entender la creación tiene también un punto de distanciamiento que a mi juicio da más valor a sus apuestas. Sobre todo cuando el desenfado no le impide abordar a modo de fábula asuntos tan relevantes como el funcionamiento de la memoria, los mecanismos de la creación e incluso la emergencia del fascismo en un territorio de nombre ficticio pero donde cualquiera puede ver la semilla de donde brotaría un tal Hitler.
Un filme majestuoso, o sea. Un alarde estilístico mejorado, una vez más, por la encantadora partitura de Alexandre Desplat. Un postre excéntrico, cuyo regusto no pierde dulzura tiempo después de su ingesta. Otra maravilla de Wes Anderson, un autor en toda regla.

Seminario sobre “cine de barrio”

Los días 26 y 27 de noviembre (lunes y martes) se celebrará en la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca la I Jornada de cine español, que versará sobre “El cine de barrio y la transmisión de valores”. La entrada es gratuita y todo el que quiera pasarse será bienvenido.

Os dejo el programa completo de la actividad.

Premios Goya (I): Mientras duermes, o todos o ninguno

Paul Newman competía en carreras de automóviles para asegurarse de que era el primero. Harto del capricho subjetivo de los premios de la cosa del cine, apostó por un mundo en el que quien llega antes gana. No quedan dudas. Moraleja: lo de los galardones es una cuestión que abre una polémica inagotable e irresoluble, pues en ella participa el gusto, algo tan particular y arbitrario. El gusto, evidente, pero también las manías, el prejuicio, el desconocimiento, o lo que sea. Y al revés, claro. Vamos, que los miembros de la Academia española del cine, al parecer seres humanos con las mismas virtudes y debilidades que arrastra cualquier otro miembro de la especie, tienen todo el derecho a seleccionar -primero- y a bañar en estatuillas -después- lo que estimen conveniente. Faltaría más. Eso sí, toman decisiones con repercusión pública, a veces tanta que durante todo el día el anuncio de las candidaturas es la más importante tendencia en Twitter, esa herramienta que el presidente de los académicos anunció, como gran virtud, que no gasta. Cosas que pasan en la era de la comunicación, aunque eso dé para otra reflexión o lo que sea esto que uno hace. Recupero el hilo: decisión pública igual a posibilidad de crítica. A ella me acojo después de tanto rodeo.

Ya en su día agoté un par de neuronas poco trabajadoras en pergeñar esta voluntariosa crítica de Mientras duermes, sin duda la gran derrotada en estas semifinales de los Goya que se han zanjado hoy. Como lo hice, no tiene sentido volver sobre las virtudes que se enumeran en aquel texto -pinche, lector, pinche en lo azul- y que hoy pueden leerse como una breve crónica de la injusticia . Este comentario -o lo que sea esto que uno hace- solo pretende llamar la atención sobre lo que me parece una tremenda contradicción. Veamos.

Luis Tosar es candidato en la categoría de mejor actor, circunstancia francamente merecida. Lo es por su energía habitual, por su entrega, por su verosimilitud, por su sentido del matiz, por su contención. Pero lo es, también, por el memorable y retorcido personaje que alguien escribió, inserto además en una atmósfera malsana y en un laberinto narrativo que alguien también escribió. Además, el portero tendente a la psicopatía y el suicidio -que alguien escribió- tiene una fuerza suplementaria a la que le imprime Tosar, procedente de alguien que le dirigió. Que le dirigió como actor, claro, pero que además obligó al espectador a situarse en su punto de vista, un lugar francamente incómodo al tiempo que disfrutable, pues ya nos enseñó Hitchock que no hay como ser durante cien minutos una ladrona o un dueño de motel aficionado a la taxidermia para echar un rato tan inolvidable como inquietante.

Se me podrá decir que todo ello sucedería con cualquier intérprete de cualquier filme y que, por tanto, siempre que exista una candidatura actoral mi argumento exigiría en todo caso la compañía en el guion, la dirección y la película. Puede ser. De todos modos, cualquier aficionado tiene la impresión de que en ocasiones un actor brilla por encima -o se oscurece por debajo, que también- de un guion y de unas estrategias de realización. A mí desde luego, me ha pasado en alguna ocasión. En Mientras duermes, sin embargo, no me ocurre. El actor es el personaje y ese personaje es el guion y es la dirección. No hay distingos. Todo ello forma parte de una unidad inquebrantable de conflictos, motivaciones y posiciones de cámara. Y no tengo la menor duda a ese respecto.

Así que lo coherente hubiera sido o todos o ninguno y mejor hubiera sido, de largo, lo primero. Qué ganas tendrá más de uno de mono de cuero y volante. Inversamente proporcional, añado, a la de otros por abrirse una cuenta en Twitter.