Paul Newman competía en carreras de automóviles para asegurarse de que era el primero. Harto del capricho subjetivo de los premios de la cosa del cine, apostó por un mundo en el que quien llega antes gana. No quedan dudas. Moraleja: lo de los galardones es una cuestión que abre una polémica inagotable e irresoluble, pues en ella participa el gusto, algo tan particular y arbitrario. El gusto, evidente, pero también las manías, el prejuicio, el desconocimiento, o lo que sea. Y al revés, claro. Vamos, que los miembros de la Academia española del cine, al parecer seres humanos con las mismas virtudes y debilidades que arrastra cualquier otro miembro de la especie, tienen todo el derecho a seleccionar -primero- y a bañar en estatuillas -después- lo que estimen conveniente. Faltaría más. Eso sí, toman decisiones con repercusión pública, a veces tanta que durante todo el día el anuncio de las candidaturas es la más importante tendencia en Twitter, esa herramienta que el presidente de los académicos anunció, como gran virtud, que no gasta. Cosas que pasan en la era de la comunicación, aunque eso dé para otra reflexión o lo que sea esto que uno hace. Recupero el hilo: decisión pública igual a posibilidad de crítica. A ella me acojo después de tanto rodeo.
Ya en su día agoté un par de neuronas poco trabajadoras en pergeñar esta voluntariosa crítica de Mientras duermes, sin duda la gran derrotada en estas semifinales de los Goya que se han zanjado hoy. Como lo hice, no tiene sentido volver sobre las virtudes que se enumeran en aquel texto -pinche, lector, pinche en lo azul- y que hoy pueden leerse como una breve crónica de la injusticia . Este comentario -o lo que sea esto que uno hace- solo pretende llamar la atención sobre lo que me parece una tremenda contradicción. Veamos.
Luis Tosar es candidato en la categoría de mejor actor, circunstancia francamente merecida. Lo es por su energía habitual, por su entrega, por su verosimilitud, por su sentido del matiz, por su contención. Pero lo es, también, por el memorable y retorcido personaje que alguien escribió, inserto además en una atmósfera malsana y en un laberinto narrativo que alguien también escribió. Además, el portero tendente a la psicopatía y el suicidio -que alguien escribió- tiene una fuerza suplementaria a la que le imprime Tosar, procedente de alguien que le dirigió. Que le dirigió como actor, claro, pero que además obligó al espectador a situarse en su punto de vista, un lugar francamente incómodo al tiempo que disfrutable, pues ya nos enseñó Hitchock que no hay como ser durante cien minutos una ladrona o un dueño de motel aficionado a la taxidermia para echar un rato tan inolvidable como inquietante.
Se me podrá decir que todo ello sucedería con cualquier intérprete de cualquier filme y que, por tanto, siempre que exista una candidatura actoral mi argumento exigiría en todo caso la compañía en el guion, la dirección y la película. Puede ser. De todos modos, cualquier aficionado tiene la impresión de que en ocasiones un actor brilla por encima -o se oscurece por debajo, que también- de un guion y de unas estrategias de realización. A mí desde luego, me ha pasado en alguna ocasión. En Mientras duermes, sin embargo, no me ocurre. El actor es el personaje y ese personaje es el guion y es la dirección. No hay distingos. Todo ello forma parte de una unidad inquebrantable de conflictos, motivaciones y posiciones de cámara. Y no tengo la menor duda a ese respecto.
Así que lo coherente hubiera sido o todos o ninguno y mejor hubiera sido, de largo, lo primero. Qué ganas tendrá más de uno de mono de cuero y volante. Inversamente proporcional, añado, a la de otros por abrirse una cuenta en Twitter.