El gran Gatsby, de Baz Luhrmann

El gran GatsbyEsguince de retina

Cualquier espectador de El gran Gatsby sale bien librado si no se lleva consigo un esguince de retina. Sí, sé que no existe esa patología, pero en caso de que alguien la pudiera inventar sería, sin duda, Baz Luhrmann. Él, quintaesencia del barroquismo de humo, inventor de piruetas audiovisuales que se agotan en sí mismas y por encima de cualquier precedente del que extraiga la inspiración. Sea quien sea, Shakespeare o Fitzgerald, que a él lo mismo le da la talla.
Lo único que le importa a Baz Luhrmann en una película de Baz Luhrmann es Baz Luhrmann. Se titule Romeo + Juliet, Moulin Rouge o lo que sea. No hay material literario ni estrella que se precie que no sea sometida a un severo proceso de despersonalización. Porque a Luhrmann no le interesan las personas, casi podría decirse que ni las personalidades. Salvo la suya, claro.
Alguien podría llamarlo “estilo”, aunque en realidad no es más que eso que los modernos llaman ahora “postureo”. Eso es, exactamente, lo que cabe esperar de su muy lujosa adaptación del clásico de Scott Fitzgerald. Lo que en la mítica novela era sentido del detalle en la descripción, gusto por el matiz y hondo conocimiento de la psicología humana, es en el largometraje un brochazo tras otro.
Como siempre en la filmografía del director, el ojo no avisado puede sentirse atraído durante los primeros minutos: espectaculares movimientos de cámara, encuadres hiperpoblados de gentes y objetos, ritmo vibrante, colores saturados, música a toda mecha… impacto, impacto, impacto. Bien, vale. Y, como siempre en la filmografía del director, lo que viene a continuación es el descubrimiento de que la obra está absolutamente vacía.
En el caso de El gran Gatsby las debilidades de la fórmula Luhrmann resultan mucho más apreciables, si cabe, que en propuestas anteriores. Tras un largo tramo de ambientes, fiestas desbocadas, planos aéreos, villorrios y demás, toca otro cuyo único motor es el drama de los personajes, metidos en el fatalismo de una historia de amor conflictiva y aliñada con crisis de identidades y mentiras varias. Ni unos actores tan apreciables como Di Caprio y Carey Mulligan pueden a esas alturas con la misión. Su jefe lo ha devorado ya todo y ha sembrado de impotencia su relato a la hora de abrir la puerta a las emociones humanas. Todo se ha desvanecido hace rato y los fotogramas caen pesadamente para hastío de una mirada que soporta el cansancio a duras penas.
Eso en el caso de que no sufra el imposible esguince de retina.

Firma en la Feria del Libro de “El cine de barrio tardofranquista”

El sábado 15 de junio, con horario de 18.30 a 20.30, estaré en la Feria del Libro de Madrid firmando ejemplares de El cine de barrio tardofranquista. Reflejo de una sociedad, coeditado con Ernesto Pérez Morán para Biblioteca Nueva. Los editores os quieren hacer llegar esta invitación. Me encantaría veros por allí y daros un abrazo. Os espero.

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La caza, de Thomas Vinterberg

la cazaLa sombra de la duda

Lucas es un tipo más o menos normal. Cuarentón, separado, sin mucho carisma. Se le dan bien los críos. Trabaja en la escuela infantil de una pequeña y nórdica localidad. Allí todo transcurre conforme a una rutina serena. Un día tras otro. Sin más emoción que alguna jornada de caza, risotadas con los amigos y litros de alcohol incluidos. Así es la vida de Lucas.
Hasta que todo se quiebra. La hija de su mejor amigo, una cría mal atendida, sugiere que Lucas ha abusado de ella. La cacería cambia de víctima. El lugar civilizado se inciviliza. Sin la menor prueba, todos le dan por culpable. Y su infierno va más allá de lo que la ley pueda dictar.
La mayor virtud de La caza es que, como espectador, te concede la ventaja narrativa de conocer la verdad de los hechos. Y, con todo, la conducta de sus vecinos puede ser la de cualquiera de nosotros, tendentes como somos a convertirnos en prisioneros de nuestros prejuicios.
El relato va acumulando impotencia sin que haga falta que se desate contra el protagonista una cruzada peliculera o extremada en su tono dramático. La expulsión del reino de la comunidad por parte de sus miembros resulta mucho más cotidiana, cercana y, por todo ello, terrible. El cuerpo del espectador se desasosiega porque en todo momento sabe lo fácil que resultaría ser tanto víctima como verdugo.
Tendré que decirlo sin medias tintas: La caza es un peliculón. Uno de esos filmes que te van calando con sus medias frases, sus escenas a medio concluir y su aquí parece que no pasa gran cosa pero qué mal cuerpo se me está quedando. Y lo mejor es que su director, Thomas Vinterberg, uno de los ebrios creadores del Dogma 95 danés y responsable de la maravillosa Celebración, consigue entrar en tu ánimo y en tus entendederas con el arsenal de la sencillez.
Sin el menor énfasis. Sin demonizaciones maniqueas. Con un lenguaje visual y sonoro más bien parco. Y con un actor, Mads Mikkelsen, que se mueve con una torpeza nada empática, casi inquietante. Esos son los ingredientes que tiene una película que te deja el ánimo quebrado porque te obliga a mirar en el fondo de nosotros mismos… para descubrir, en estado crudo, el horrible mecanismo de nuestros códigos defensivos.
Sencillamente obligatoria.

Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul

searchingLeyenda y emoción

Lo he escrito en alguna ocasión aunque con menos frecuencia de lo que me gustaría: ciertas películas te convierten en mejor persona. Suena ñoño, estúpido, exagerado. Puede que lo sea. Nadie cree ya en utopías artísticas, en sueños desgastados que algún día te convencieron del poder revolucionario o redentor del arte. Es la lógica de los tiempos, oscuros e implacables por prosaicos. Menos mal que nos quedan islas tan cálidas y confortables como Searching for Sugar Man.
Si no la has visto todavía, querido lector, abandona de inmediato estas líneas. Cualquier dato previo irá en contra de la sacudida emocional que te aguarda en las salas. Corre a la más cercana, pilla una entrada y confía en la recomendación. A poco despiertas que tengas las retinas, los oídos y las neuronas harás un viaje mágico y lleno de sensaciones agradables.
¿Cómo poner palabras aquí que se entreguen a la torpeza de interpretar las imágenes y sonidos que saltean el metraje? Uno podría ser funcional y encuadrarlo en el género documental, apelar al Oscar ganado dentro de la especialidad y remontarse a la historia de Rodriguez, el misterioso músico cuya semblanza recorre Searching for Sugar Man. Uno podría, digo, pero el reduccionismo sería atroz y la realidad profunda de la obra se estaría quedando a años luz del analista.
En realidad, el filme dirigido por Malik Bendjelloul forma parte de las mejores narraciones sobre eso que llamamos “leyenda”. En este caso se trata de una apenas conocida pero cuyo desvelamiento paulatino a partir de una intriga inicial va aflorando con exhuberante fuerza. El mito, el malditismo, la teoría del rumor y la belleza como rebeldía ante la gris realidad alimentan cada encuadre. La información se distribuye con una precisión que conduce al espectador desde una curiosidad puramente racional a la sensación de que cada detalle que se revela es absolutamente conmovedor.
Así, los travelling iniciales y descriptivos de una ciudad fantasma y terrible como Detroit se complementan después con los andares de ese músico que es el colmo de la humildad y que contagia un buen rollo en nada reñido con la disconformidad. El compromiso del ejemplo pequeño, el aplomo de quien se sabe provisional y la justicia poética luchada por unos secundarios memorables se dan la mano de forma gloriosa. Y te levantas de la butaca a regañadientes, mecido por, entre otros, los insistentes sones de un bajo eléctrico que preludia un concierto inolvidable que ya jamás te abandonará. I Wonder, canta Rodriguez. Que siga cantando. Por siempre jamás.

Lanzamiento del ePub “El cine popular del tardofranquismo”

Portada ePubTras la publicación de El cine de barrio tardofranquista. Reflejo de una sociedad (Biblioteca Nueva, 2012), el presente volumen completa los resultados obtenidos en el contexto del proyecto de investigación “Ideología, valores y creencias en el cine de barrio del tardofranquismo (1966-1975)”, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España en el marco de su programa I+D+i.

El cine popular del tardofranquismo. Análisis fílmico incluye el análisis de un centenar de largometrajes del período –la mitad de los que sirvieron de muestra a la investigación aludida– y que presentan como característica común la importante respuesta comercial que encontraron en el momento de su estreno.

Comedias costumbristas (La chica de los anuncios, Las secretarias, No desearás la mujer de tu prójimo), dramas folclóricos (Camino del Rocío), musicales protagonizados por estrellas del momento (La vida sigue igual), aproximaciones a fórmulas internacionales y/o coproducciones (Comanche blanco, La muerte tenía un precio) e incluso algún ejemplo del prestigioso “cine metafórico” (Furtivos, La prima Angélica) forman parte de una selección que sirve de elocuente testimonio de la sociedad que la vio nacer. En líneas generales, y de forma más o menos directa, la mayoría discurren sobre una coyuntura decisiva de cambio colectivo.

El estudio se completa con contribuciones sobre la resonancia internacional del cine popular y las características generales de los textos analizados. Finalmente, una selección de las frases y diálogos más elocuentes de las películas abordadas sirve de síntesis final que aclara el talante discursivo de este tipo de filmes.

Puede adquirir aquí El cine popular del tardofranquismo por solo 2,68 euros