[REC] 4 Apocalipsis, de Jaume Balagueró

Fallido final de una secuela memorable

Fallido final de una secuela memorable

Producción: Filmax (2014)
Dirección: Jaume Balagueró
Guión: Jaume Balagueró, Manu Díez
Fotografía: Pablo Rosso
Música: Arnau Bataller
Montaje: David Gallart
Distribuidora: Filmax
Estreno: 31 Octubre 2014
Duración: 95 min.
Intérpretes: Manuela Velasco (Ángela Vidal), Paco Manzanedo (Guzmán), Ismael Fritschi (Nic), María Alfonso Rosso (anciana), Críspulo Cabezas (Lucas), Héctor Colomé (Doctor Ricarte), Emilio Buale (Jesu), Javier Laorden (médico auxiliar), Mariano Venancio (capitán Ortega), Carlos Zabala (Goro), Paco Obregón (doctor Ginard), Cristian Aquino (Edwin).

Terminaba el año 2007 y una insólita pieza dirigida al alimón por Jaume Balagueró y Paco Plaza ensanchaba las fronteras del cine de terror español. Concebida como una vertiginosa atracción fílmica, [REC] hacía de una cámara su gran protagonista. El artilugio lo manejaba el operador de un programa de televisión que acompañaba a un grupo de bomberos durante una noche de trabajo. Todos acababan encerrados en un bloque de viviendas donde se propagaba un virus letal, mientras que el objetivo de la citada cámara se convertía en los únicos ojos del espectador durante un interesantísimo arsenal de sensaciones.
El filme se pareció mucho a un acontecimiento y, comprensiblemente, buscó pronto su reproducción. Así surgió [REC]2, mucho menos redonda que la anterior aunque hábil a la hora de mantener viva la franquicia, pues seguían siendo varias las cámaras que testimoniaban lo que el espectador vivía. El punto de vista desde el que se enunciaban los hechos se multiplicó y con ello se desinfló un tanto la potencia del relato.
Fue entonces cuando la cadena serial se quebró: Plaza dirigió en solitario la tercera entrega de la saga (Génesis) y certificó durante el primer tercio del metraje la muerte de la franquicia narrativa. La cámara protagonista se rompió para siempre jamás y [REC] dejó de ser tal para transformarse en cualquier otra cosa, la que fuera.
A mi juicio, allí quedó sepultado lo más interesante de un proyecto que, como las series de televisión más efectistas, no tienen reparos a la hora de olvidar su concepto inicial si eso supone ampliar la esperanza de vida. De hecho [REC]4 Apocalipsis cierra el ciclo con la confirmación de que de los tiempos del 2007 no quedan más que algunos elementos argumentales.
La plasmación formal y dramática no puede ser más distinta respecto a aquel arranque de 2007. Balagueró encierra en un buque mercante a varios de los que se habían librado de la infección en las entregas precedentes. Entre ellos destaca la presentadora Ángela Vidal, que despierta de pronto entre científicos siniestros que la someten a toda suerte de pruebas. También andan por allí dos policías que la rescataron en su día, una invitada a la boda de [REC]3 Génesis y varios personajes nuevos que integran la tripulación y unos equipos de seguridad que no se andan por las ramas.
El esquema es sencillo: explicación introductoria durante los primeros minutos, plaga desatada en el tramo del medio y giro sorprendente al final. Fibra en el relato hay más bien poca. De hecho, sorprende la falta de sustancia de un guión que abunda, además, en diálogos forzados imposibles de ser dichos con convicción por unos actores que, en general, están lejos de transmitir algo que suene a “verdad”. Eso es especialmente así en el caso del policía al que encarna Paco Manzanedo y en el de la misma Ángela/Manuela Velasco, de cuya frescura en tiempos pretéritos no queda huella alguna.
A falta de todo lo demás, uno solo puede consolarse con la solvencia que Balagueró demuestra en las secuencias de acción. Su eficacia es evidente y aprovecha los espacios angostos del navío, los pasillos, las puertas y la textura grisácea de las imágenes para generar un ambiente opresivo. Sin embargo, también es cierto que se refugia demasiado en la agitación de la cámara y las escalas muy cerradas para que, en el fondo, no se vea nada en pantalla como técnica para generar inquietud.
Si a ello se le suma una presencia abusiva de la banda sonora el amargo regusto que deja [REC]4 Apocalipsis queda servido. La insatisfacción, por cierto, en absoluto resulta inesperada, pues si algo se deduce del análisis de la serie es la creciente irregularidad provocada por sus vaivenes, circunstancia especialmente notoria dada la gran fuerza de su concepto primerizo, del que apenas quedan cenizas en este olvidable cierre.

El hombre más buscado, de Anton Corbijn

Exhibición interpretativa de Philip Seymour Hoffman

Exhibición interpretativa de Philip Seymour Hoffman

Título original: A Most Wanted Man
Producción: The Ink Factory, Potboiler Productions, Amusement Park Films, Demarest Films, Film4, Senator Film Produktion (2014).
Dirección: Anton Corbijn
Guión: Andrew Bovell, basado en la novela homónima de John Le Carré.
Fotografía: Benoît Delhomme
Música: Herbert Grönemeyer
Montaje: Claire Simpson
Distribuidora: eOne Films Spain
Estreno: 12 Septiembre 2014
Duración: 122 min.
Intérpretes: Grigoriy Dobrygin (Issa Karpov), Philip Seymour Hoffman (Günther Bachmann), Homayoun Ershadi (Abdullah), Mehdi Dehbi (Jamal), Nina Hoss (Irna Frey), Daniel Brühl (Maximiliam), Vicky Krieps (Niki), Kostja Ullmann (Rasheed), Franz Hartwig (Karl), Willem Dafoe (Tommy Brue), Robin Wright (Martha Sullivan).

Un actor, una ciudad y un género. Sobre los tres pilares se levanta, en sugerente imperfección, El hombre más buscado. El actor es Philip Seymour Hoffman, uno de los más completos y sólidos intérpretes en el paisaje internacional de los últimos años. La ciudad es Hamburgo, portuario cruce de caminos. Y el género es el thriller de espías en su vertiente más densa, con el inconfundible aroma Le Carré sobrevolando los fotogramas. Un trío de ingredientes que no son poca cosa.
Por desgracia, se trata de la última película como protagonista absoluto de Seymour Hoffman, otro de esos seres humanos que tuvo la desgracia de ser elegido por los dioses para soportar el peso de un don excepcional. Cualquiera podría considerarlo una fortuna, pero la tozuda historia está llena de individuos devorados por los efectos secundarios de la genialidad artística.
De ese nivel que se eleva sobre lo ordinario da buena cuenta El hombre más buscado. Podría escribirse aquí que Günther Bachmann es un personaje que se adapta como un guante a las cualidades del actor si no fuera porque eso ha sido así con casi todas las criaturas de ficción a las que cedió cuerpo y voz. En cualquier caso, el espía introvertido, bebedor y cínico al que encarna aquí es una especie de homenaje a la decadencia particularmente emotivo.
Tras el 11-S cambiaron las relaciones entre las agencias de inteligencia mientras los poderes introdujeron nuevas estrategias en nombre de la sagrada seguridad antiterrorista. Hamburgo es un buen lugar para dar cuenta de los pasillos sórdidos y grises diseñados para combatir a los malos oficiales. Urbe de paso e inclusiva en otros tiempos, asume ahora el papel de controlar a quienes acaban en ella. Por lo que pueda pasar, claro. Y por encima de las libertades individuales, una quimera cuando se ponen en riesgo los intereses indiscutibles.
Es así como Issa, hijo de un militar ruso y de una mujer chechena víctima de abusos, llega a la ciudad alemana reclamando la herencia de su padre. Convertido a la religión musulmana, sus movimientos son objeto de seguimiento para aclarar si se trata de un terrorista metido en un violento plan o un tipo con intenciones pacíficas. Y entre medias emerge Günther, el tipo curado de espanto defiende la astucia antes que los golpes de efecto de unas fuerzas de seguridad ansiosas de medallas políticas.
Los mimbres resultan familiares para cualquiera que conozca someramente la obra literaria de John Le Carré, adaptado por enésima vez a la gran pantalla. El guión resultante es irregular e incurre en lagunas precipitadas al final con un desenlace abrupto y algo previsible. Sin embargo, la narración posee una atmósfera malsana y atractiva, hipnótica gracias al trabajo del director Anton Corbijn en la puesta en escena.
Los lugares grises, las composiciones geométricas y desalmadas, la fisonomía decrépita de una ciudad que es la metáfora imponente del protagonista… el conjunto tiene una intención fílmica algo desconcertante –no es nuevo, le sucedía también a El americano, dirigida en 2010 por el propio Corbijn– aunque absorbente. Y es que el realizador no deja escapar el potencial de un actor, una ciudad y una atmósfera idóneas para los amantes del thriller de espías.

El Niño, de Daniel Monzón

Otro éxito de Telecinco Cinema

Otro éxito de Telecinco Cinema

Producción: Maestranza Films, Telecinco Cinema (2014)
Dirección: Daniel Monzón
Guión: Jorge Guerricaechevarría y Daniel Monzón
Fotografía: Carles Gusi
Música: Roque Baños
Montaje: Cristina Pastor
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 29 Agosto 2014
Duración: 130 min.
Intérpretes: Ian McShane (Inglés), Luis Tosar (Jesús), Sergi López (Vicente), Jesús Castro (El Niño), Bárbara Lennie (Eva), Mariam Bachir (Amina), Eduard Fernández (Sergio), Jesús Carroza (El Compi), Moussa Maaskri (Rachid), Mario de la Rosa (G.A.R. Agent), Saed Chatiby (Halil), María García (Marifé).

De unos años a esta parte la división cinematográfica del Grupo Mediaset se ha convertido en una referencia de la producción para la gran pantalla en España. Mientras sus contenidos televisivos permanecen anclados en el territorio de lo casposo –tanto técnica como, sobre todo, deontológicamente–, los resortes de su maquinaria fílmica funcionan con un sabio equilibrio entre todas las aristas del negocio: historias adecuadamente seleccionadas, confianza en equipos creativos solventes y decidido apoyo en el lanzamiento con campañas de marketing de gran eficacia.
Así han surgido éxitos tan espectaculares como el de la comedia Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014) o producciones tan sobresalientes como el thriller No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011), con su colección de Premios Goya y su destacada taquilla. El Niño, la última apuesta de la casa en colaboración con Maestranza Films, bien puede emparentarse con el denso policíaco del maestro Urbizu, aunque el tono sea bien distinto.
No obstante, la comparación más pertinente debería hacerse con Celda 211 (Daniel Monzón, 2009), otro filme coproducido por Telecinco Cinema que acumuló reconocimientos y espectadores. Buena parte de los responsables artísticos vuelven a reunirse en torno a Daniel Monzón, empezando por el guionista Jorge Gerricaechevarría y el actor Luis Tosar. La obra resultante deja de nuevo un gran sabor de boca, mejorado en parte por la mayor verosimilitud del contexto en el que se desarrolla esta trama frente al del filme anterior.
De los ambientes opresivos y claustrofóbicos de una cárcel un tanto exagerada se pasa a los grandes espacios marítimos del Estrecho de Gibraltar. Allí se desarrollan en paralelo las vidas de los dos personajes principales: Jesús, un policía obsesivo y solitario; y “El Niño” (Jesús Castro), un chaval gaditano con un carácter tan aventurero que roza lo temerario. Alrededor de ellos se expande un universo dominado por la frontera con Gibraltar, la cercanía de Marruecos y la gran industria del tráfico de estupefacientes. O lo que es igual: corrupción, violencia y trapicheo por todas partes.
La principal limitación de El Niño consiste, sin embargo, en el exceso de elementos dramáticos. Lejos de plantear el relato desde la nítida alternancia de las actividades de dos protagonistas sin duda interesantes –a la manera, por ejemplo, de American Gangster (Ridley Scott, 2007)– el relato acumula personajes y líneas de acción que desdibujan un poco la columna vertebral de la película: existen narcos norteafricanos y rusos, incluso enigmáticos ingleses que se pasean misteriosamente como pieza clave de los negocios más turbios. No falta la mujer guapa y la historia de amor, un tanto esquemática. Hay historias de amistades conflictivas tanto en el horizonte de “El Niño” como el del policía que lo persigue. Hay mucha tela, demasiada, en el metraje, aunque a mi juicio está magníficamente cortada por la madurez narrativa de Guerricaechevarría y Monzón.
Cada vez que asedia la sensación de debilidad estructural, el guionista y el director te sumergen de nuevo en la historia con alguna situación tensa o una secuencia de acción. Una acción justificada dramáticamente, nada ruidosa, rodada y montada con conocimiento de causa e intención dramática. La madurez estética del realizador –y antiguo crítico de cine– va a más desde los tiempos de la balbuceante aunque tierna El corazón del guerrero (1999) y hace gala de un estilo sobrio y ayudado por la fotografía tendente al gris de Carles Gusi, el montaje preciso y lleno de sentido del ritmo de Cristina Pastor y la partitura de Roque Baños, muy apegada al estilo poco efectista y riguroso del conjunto.
Prueba de esa vocación de madurez que tiene El Niño radica en los intérpretes, casi todos a una altura notable. Por supuesto ayudan los diálogos, sintéticos, poco solemnes y no exentos en ocasiones de ironía y cierto humor. Pero está claro que la dirección de actores constituye una de las principales preocupaciones del director, quien prefiere la contención en el uso de la cámara y la autenticidad de los seres humanos que se sitúan frente a ella. Sobresalen, una vez más, Luis Tosar y Eduard Fernández, muy por encima de Sergi López en el bando de los policías maduros. En el otro, el de los jóvenes que se inician en la delincuencia, no desentona el debutante Jesús Castro –limitado técnicamente pero con una presencia que encaja bien con su personaje– y brillan los secundarios Jesús Carroza y Saed Chatiby.
A pesar de las debilidades, El Niño acaba dejando la sensación de que sus 130 minutos de duración pasan en un suspiro. De hecho, se le puede reprochar que el metraje no vaya mucho más allá para alcanzar la redondez. Si no llega a las cotas más elevadas de sus posibilidades no es precisamente por falta de pericia de casi todos los que participan en ella. El acabado del producto es sobresaliente y su éxito comercial está más que justificado: otro más para Telecinco Cinema.

El gran hotel Budapest, de Wes Anderson

Golosina visual de Wes Anderson

Golosina visual de Wes Anderson

Título original: The grand Budapest hotel
Producción: Scott Rudin Productions, Indian Paintbrush, Studio Babelsberg, American Empirical Pictures (2014)
Dirección: Wes Anderson
Guión: Wes Anderson, basado en un argumento de Wes Anderson y Hugo Guinness
Fotografía: Robert Yeoman
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Barney Pilling
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 21 Marzo 2014
Duración: 100 min.
Intérpretes: Ralph Fiennes (M. Gustave), F. Murray Abraham (Mr. Moustafa), Mathieu Amalric (Serge X.), Adrien Brody (Dmitri), Willem Dafoe (Jopling), Jeff Goldblum (asesor legal Kovacs), Harvey Keitel (Ludwig), Jude Law (joven escritor), Bill Murray (M. Ivan), Edward Norton (Henckels), Saoirse Ronan (Agatha), Jason Schwartzman (M. Jean), Léa Seydoux (Clotilde), Owen Wilson (M. Chuck), Tilda Swinton (Madame D.), Tom Wilkinson (escritor), Tony Revolori (Zero).

André Bazin reclamaba en su influyente y polémico artículo sobre la “política de los autores” que la crítica valorara, antes que nada, lo que él llamaba el “blasón de autor”. La cuestión de la autoría de lo que en rigor siempre es fruto de un colectivo da para mucho y no es objeto de estas líneas. Me sobra con señalar, sin embargo, que si hay entre los directores actuales uno que cincela con genuina denominación de origen su filmografía se llama Wes y se apellida Anderson. El gran hotel Budapest no viene sino a confirmarlo.
En poco más de quince años y menos de diez largometrajes el cineasta tejano ha construido un universo peculiar, diseñado con una mirada propia tanto en su hechizante estética como en una narrativa que atrapa a cualquiera que se deje seducir por su encanto. No está hecho su cine, sin embargo, para cualquier tipo de espectador, pues no es ni conservador ni condescendiente. En sus fronteras apenas hay lugar para las concesiones, algo que tampoco disculparían sus seguidores, ciertamente militantes.
El que esto suscribe se declara como tal y así solventa cualquier duda sobre la posible subjetividad -¿podrían, en cualquier caso, ser “objetivas”?- de estas líneas. Uno ya se instala en El gran hotel Budapest con las maletas cargadas de ilusión y altas expectativas. Y abandona su decrépito vestíbulo con el ánimo por las nubes, flotando en esa sensación tan especial que ya conoce por otros relatos de Anderson, desde la extraña Life Aquatic hasta la emocionante Moonrise Kingdom, pasando por su incursión en la animada Fantástico Mr. Fox.
La última propuesta de Anderson se origina en los ecos literarios del austríaco Stefan Zweig, aunque sólo como leve inspiración e impulso creativo para otro juego muy personal. Organizada como un rompecabezas con varios narradores y una temporalidad fragmentada, la historia gira en torno a la aventura que viven el conserje de un hotel centroeuropeo y su discípulo, el joven Zero. Asesinatos, persecuciones, misterios por resolver, fugas y bajas pasiones saltean un argumento de desarrollo ágil que se complica estructuralmente por una circunstancia: en realidad lo que vemos y escuchamos es la rememoración que un escritor mayor hace de cuando siendo joven el propietario del hotel le contó con detalle los sucesos que, a su vez, sucedieron mucho tiempo antes.
El dispositivo funciona cual muñeca rusa. Y el retablo de personajes está superpoblado por secundarios que entran y salen constantemente para dejar, de paso, una impronta memorable en el conjunto. El plan de Anderson se apoya en un elenco excepcional de actores, pues da la impresión de que las estrellas se pirran por aparecer en los carteles de sus producciones. Citarlos aquí sería excesivo por la limitación de espacio, así que acuda a la ficha técnica y dé por bueno que todos, sin excepción, están en un nivel sobresaliente. Sobre todo el cabeza de cartel, Ralph Fiennes, metido en la piel de un hombre refinado, culto y canalla.
Los seres ficticios de El gran hotel Budapest viven arropados por unos encuadres que siguen el manual de estilo de Anderson: composiciones frontales y simétricas, colores vivos, luminosidad, predisposición a la saturación escenográfica… Cada plano está meticulosamente concebido para cautivar la mirada del espectador. Y esa mirada cautiva se enriquece con un montaje vibrante y evidente desparpajo en el uso de los formatos, que cambian en varios momentos dependiendo del tiempo puntual del argumento y de su localización geográfica.
Quizás alguien podría reprocharle a la golosina visual –pues así puede considerarse– falta de calidez, inclinación a la artificiosidad o un punto de ligereza. Anderson, ya se ha dicho antes, no es populista. Su manera de entender la creación tiene también un punto de distanciamiento que a mi juicio da más valor a sus apuestas. Sobre todo cuando el desenfado no le impide abordar a modo de fábula asuntos tan relevantes como el funcionamiento de la memoria, los mecanismos de la creación e incluso la emergencia del fascismo en un territorio de nombre ficticio pero donde cualquiera puede ver la semilla de donde brotaría un tal Hitler.
Un filme majestuoso, o sea. Un alarde estilístico mejorado, una vez más, por la encantadora partitura de Alexandre Desplat. Un postre excéntrico, cuyo regusto no pierde dulzura tiempo después de su ingesta. Otra maravilla de Wes Anderson, un autor en toda regla.

Monuments Men, de George Clooney

Fallida aventura bélica

Fallida aventura bélica

Título original: The Monuments Men
Producción: Columbia Pictures, Fox 2000 Pictures, Smokehouse Pictures, Studio Babelsberg (2014)
Dirección: George Clooney
Guión: George Clooney y Grant Heslov, basado en el libro “The Monuments Men: Allied heroes, nazi thieves and the treatest treasure hunt in History”, de Robert M. Edsel y Bret Witter.
Fotografía: Phedon Papamichael
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Stephen Mirrione
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 21 Febrero 2014
Duración: 118 min.
Intérpretes: George Clooney (Frank Stokes), Matt Damon (James Granger), Bill Murray (Richard Campbell), John Goodman (Walter Garfield), Jean Dujardin (Jean Claude Clermont), Bob Balaban (Preston Savitz), Hugh Bonneville (Donald Feffries), Cate Blanchett (Claire Simone).
Título original: The monuments men
Producción: Columbia Pictures, Fox 2000 Pictures, Smokehouse Pictures, Studio Babelsberg (2014)
Dirección: George Clooney
Guión: George Clooney y Grant Heslov, basado en el libro “The Monuments Men: Allied heroes, nazi thieves and the treatest treasure hunt in History”, de Robert M. Edsel y Bret Witter.
Fotografía: Phedon Papamichael
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Stephen Mirrione
Distribuidora: Hispano Foxfilm
Estreno: 21 Febrero 2014
Duración: 118 min.
Intérpretes: George Clooney (Frank Stokes), Matt Damon (James Granger), Bill Murray (Richard Campbell), John Goodman (Walter Garfield), Jean Dujardin (Jean Claude Clermont), Bob Balaban (Preston Savitz), Hugh Bonneville (Donald Feffries), Cate Blanchett (Claire Simone).

A mediados de los sesenta John Frankenheimer redondeó una maravillosa película sobre un tren que, en las postrimerías de la II Guerra Mundial, salía de París en dirección Berlín con un cargamento espectacular de obras de arte. Un oficial nazi, cultivado y fascinante, se llevaba el tesoro, compuesto principalmente por los alardes del impresionismo franceses. No lo tendría fácil el germano, pues un líder de la resistencia, atlético y nada instruido, recibía pronto la orden de evitar el expolio. El duelo final entre los dos, después de un metraje cargado de acción trepidante, resulta inolvidable por su densidad moral, buena prueba de que el ritmo vibrante y la profundidad del discurso en absoluto son elementos antagónicos. Por eso El tren es una obra maestra.
Y por eso mismo Monuments Men es un filme estéril y olvidable. La comparación entre la propuesta de George Clooney y la del infravalorado Frankenheimer es pertinente dado el parentesco de sus respectivas premisas. Existen, sin embargo, algunas diferencias: Clooney apuesta por un protagonismo coral en la parte de los rescatadores y desdibuja por completo el antagonismo en el otro lado. Las consecuencias son catastróficas, mucho más cuando la película está concebida como un divertimento ligero para un público sediento de lo que se entiende por “cine espectáculo”.
Unos ciudadanos estadounidenses, en general mayores y poco dotados para el escenario bélico, se adentran en territorio europeo cuando la II Guerra Mundial encara su final con el objeto de impedir el robo de obras de arte que llega por dos flancos: el nazi y el soviético. Los héroes llegan juntos, se separan, van y vienen, aparecen en sitios diversos, algunos mueren, otros enamoran a francesas sufrientes. Vuelven a juntarse, se mueven por aquí y por allá hasta que se reúnen con un destino por fin delimitado. Evidentemente, llegan hasta allí y ganan. Fin.
La trama, por llamarla de alguna manera, se echa a perder por una falta de consistencia atroz. La indefinición campa por sus anchas en un vaivén episódico y sujeto exclusivamente a las habilidades de unos actores tan simpáticos como el propio Clooney, Matt Damon, Bill Murray o John Goodman. Poca cosa, pues la inexistencia de un plan narrativo suficientemente armado convierte la representación en algo parecido a esos partidos de exhibición de viejas glorias balompédicas que se echan unas risas cuando ya están pasados de años y kilos: puede estar bien, pero eso no es fútbol.
De hecho, para que el relato avance se toman decisiones inverosímiles que abusan de la fe del espectador en más de una ocasión. Y éste seguramente la pierda pronto ante la ausencia de un rumbo que seguir. Puede, por otro lado, que recupere el interés en un par de escenas que recrean situaciones cómicas hechas a la medida del sarcasmo de los intérpretes. Pero es muy poca cosa.
La lujosa puesta en escena tampoco oculta la sosería de la realización, algo ciertamente extraño en un director –el propio Clooney– más bien proclive a la búsqueda de personalidades potentes para sus filmes, especialmente Confesiones de una mente peligrosa (2002) y Buenas noches y buena suerte (2005). En aquellas ocasiones dio, por cierto, con estéticas que abundaban en conflictos morales intensos que trataba con audacia. Sin embargo, Monuments Men destaca justo por lo contrario. De ahí que caricaturice tanto a los héroes como a los supuestos villanos, pues en realidad los segundos son esbozos tan ridículos como la bandera gigante con la que Clooney se da un homenaje patriótico en el desenlace.
Y ese gesto no es más que la grotesca firma que obliga a añorar a quien hace no mucho estrenaba Los idus de Marzo (2011). Pero tanta pobreza te empuja, sobre todo, a la estantería de la memoria cinéfila para rescatar de ella una obra tan sobresaliente como El tren.