A tenor de los muchos premios y candidaturas Los descendientes parece ser una de las películas de la temporada. A mí, sin embargo, me parece que el globo –de oro o de lo que sea– se ha inflado considerablemente. Si a un filme de prestigio hay que exigirle empaque, sustancia dramática y solidez visual al último de Alexander Payne le falta un trecho. Ha facturado el director y guionista una peliculilla agradable, desde luego, con algunos personajes a los que dan ganas de abrazar y con un actor notable, al menos en lo que deja observar el señor español que le suplanta la voz. El doblador, quiero decir. ¿Cómo puede juzgarse la tarea interpretativa de un tipo al que le han robado la expresión verbal? Vamos, Michi, que vuelves a perderte y acabarás escribiendo sobre Megupload y su labor divulgadora –e involuntaria, claro– de la imprescindible V.O.
Escribe y dirige Payne, responsable a finales de los noventa de la ácida Election y, ya metidos en el nuevo siglo, de la cálida Entre copas. Siempre se ha movido el cineasta en un tono ligero aunque serio en su fondo. Los descendientes sigue por ahí. Un rico heredero de un territorio virgen y de valor multimillonario con la esposa en coma. Una hija rebelde de 17 y otra extrovertida de 10, algo adelantadita para su edad. Él, sin embargo, es un padre desastroso al que el destino le impone afrontar su nuevo rol, responsable y empático.
El argumento se expande por los territorios del drama con ribetes cómicos. El entorno asume, además, un protagonismo esencial y simbólico gracias a la mezcla de color, tierra volcánica y frondosidad exótica que ofrece el archipiélago de Hawái. Todo entra bien por la vista pero la realización es un tanto plana, mientras que la evolución de algunos de los personajes –por ejemplo, la hija de 17– está poco matizada. Además, el paralelismo entre la esfera familiar del protagonista y su decisión con las propiedades que debe vender es demasiado evidente. Sin embargo, Payne sabe manejar emocionalmente al espectador y devolverle una reconfortante combinación de sentimientos a flor de piel y sonrisas. No es la octava maravilla, en suma, pero se deja ver.
El Havre, de Aki Kaurismäki
Ojalá el mundo fuera una película de Aki Kaurismäki y, especialmente, la última. El cineasta finlandés es uno de los bichos raros más maravillosos que ha dado el cine europeo desde los años ochenta en adelante. Dueño de una mirada singularísima, tan extraña como fascinante para quien sabe participar de ella, sus obras forman un universo encantador y habitado por seres adorables que, desde lo cotidiano en estado mínimo, te devuelven una alternativa prodigiosa a la generalmente gris realidad.
No lo sé explicar mejor, querido lector. Lo siento. Poner palabras a las imágenes del genial autor es tarea estéril. La única alternativa pasa por probarlas y testarse a uno mismo. Ojo, es fácil no entrar. Kaurismäki es esquemático y parco. Va a la contra de los modales vigentes. Sus personajes son a menudo estatuas gélidas e inexpresivas. Y su materia prima es el pasmo en estado puro.
No lo sé explicar mejor, pero hay mucho pasmo en las reacciones de los habitantes de esa pueril fábula que es El Havre. El título se corresponde con el nombre de una ciudad de la Alta Normandía francesa, un lugar gris y frío, de esos que son costumbre en la filmografía del artista. Allí, un limpiabotas buscavidas y dependiente de su esposa ayuda a un chico subsahariano que intenta llegar ilegalmente a Londres. La policía le busca y el viejo se mete con todo en la misión de auxilio. Mientras, su mujer intenta superar una enfermedad grave…
No lo sé explicar mejor porque quien se explica con su riguroso quietismo y desnudo sentido de la composición es el gran Aki Kaurismäki. El discurso es sencillo y aparentemente distante y pone a prueba un tipo de sensibilidad muy especial entre su público. Quien conecta con ella no podrá olvidar fácilmente El Havre. Como es norma, además, el relato rompe la aparente rutina con algunas escenas que son estallidos inesperados, hilarantes y marcianos. La surreal amenaza del protagonista al responsable de un centro de inmigrantes o el concierto benéfico del rockero Little Bob son los dos más llamativos. Y sólo por ellos ya merecería vivir en el peliculero mundo del talentoso nórdico. Larga vida a su utopía, contruida con retazos de celuloide auténtico.
Drive, de Nicolas Winding Refn
Un tipo tirando a guapo con cara aniñada. Parco. Solo habla cuando es imprescindible. Sus escasas palabras transmiten una seguridad atroz. Suelen formar parte de un rápido listado de advertencias, repetidas como una letanía. Mirada fría, casi gélida, profunda como un abismo. Unos andares un poco –solo un poco, un aire– chulescos. Chaqueta amarillenta, estruendosa y molona, que mezcla la vulgaridad de un suburbio con la última tendencia del barrio guay. De profesión, conductor. En general, para rodajes en los que hace las veces de especialista. Ocasionalmente para atracos de los que no quiere saber nada porque él solo saca a los ladrones del lugar en cinco minutos, sin preguntas ni memoria. Sus actividades revelan a un sujeto que no parece sentir mucho aprecio por la vida, si bien transmite una seguridad sin grietas. El porte seduce y, ligeramente, perturba. Parecería un ángel si no fuera porque se le adivina, en un lugar muy hondo, una violencia despiadada, inhumana, brutal. Se llama Ryan.
Él es el memorable protagonista de Drive, una de las obras más singulares y carismáticas de los últimos años. Con su aroma ochentero y su distancia irónica la película parece quitarse importancia a sí misma cuando está, constantemente, trabajando una expresión de una densidad pletórica de sutilezas. El tal Nicolas Winding Refn sabe dotar a su criatura de un meticuloso sentido de la acción, que pasa ligera por la retina sin ser superflua, por mucho que quiera aparentarlo en algunos pasajes. La dirección, la de actores y la que se construye con la posición y el movimiento de la cámara, es de una precisión directamente proporcional a la del conductor que se la juega siempre al límite.
Ryan no tiene pasado, parece uno de esos renegados del western que han rehecho su vida y que no quieren más problemas. Se intuye un relato monumental en su biografía. De ella, sin embargo, no se nos dice nada. Debió de haber mucha sangre hace no tanto. Y la sangre llama a la sangre, que acabará brotando a borbotones. Antes habrá existido la esperanza y un amor nada carnal, extraordinariamente generoso. El director se adornará, será seco en algún pasaje, explícito por allá y tremendamente indirecto por aquí. Todo se convertirá en explosivo conjunto, de una clase fílmica que enamora como enamora, con sus luces y sus sombras, ese tipo llamado Ryan.
Diez guiones con historia
EDITORES: Pedro Sangro Colón y Miguel Ángel Huerta Floriano
EDITORIAL: Arkadin
CIUDAD: Madrid
AÑO: 2011
SINOPSIS: Académicos y profesionales, profesores y guionistas, se reúnen en las páginas de este libro para exponer sus respectivas disecciones de diez guiones libremente elegidos por cada uno de ellos y que les resultan ejemplares por motivos más que argumentados. Su reunión es fruto de la amistad trabada con los autores en las aulas del Máster de Guión de ficción para cine televisión que desde hace diez años los editores dirigen en la Universidad Pontificia de Salamanca.
El volumen lo abren los docentes con una selección de títulos muy emblemáticos en términos históricos. Pedro Sangro demuestra su pasión por el maestro Billy Wilder, para muchos el más grande guionista que jamás ha existido y autor de un mecano tan preciso y complejo como El apartamento. Ernesto Pérez le abre la puerta al cine europeo y rinde tributo al maestro Visconti y a su compleja y sugerente Muerte en Venecia. Antonio Sánchez-Escalonilla se detiene en el cine espectacular y aventurero de La guerra de las Galaxias y ensancha con sabiduría los límites de lo mucho que se ha escrito sobre una de las narraciones más influyentes de la cultura popular contemporánea. Miguel Ángel Huerta sale del mundo celestial y desciende a los infiernos personales del guionista Paul Schrader y del director Martin Scorsese, padres de la mítica Taxi Driver. Y José Luis Sánchez Noriega demuestra su sabiduría sobre el cine de Mario Camus y sobre el brillante ejercicio de adaptación que convirtió la novela de Miguel Delibes, Los santos inocentes, en un filme eterno de la cinematografía española.
¿Y nuestros autores guionistas? Pues demuestran, una vez más, que para dedicarse a tan exigente profesión hay que poseer una mirada singular sobre la realidad. En general, en las elecciones que realizan abunda la heterodoxia, la huida del lugar común y el carácter visionario para hacer hallazgos extraordinarios en los textos más variopintos. Ellos saben que de todo se aprende. Y son esponjas. Por eso, resulta un lujo conocer junto a Carlos Molinero (Cuéntame como pasó) los “ritos arcanos” que practicaron los “maeses” Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría para redondear el guion de El día de la bestia. O pasar por una experiencia paradójica, hecha de angustia y disfrute, gracias al nervio de Rodrigo Cortés (Buried-Enterrado) en su original e instructiva narración sobre El cazador de sueños. Y reparar, por obra y gracia del siempre preciso David Muñoz (La hora Chanante, El espinazo del diablo), en que detrás de Los inmortales hay un soporte dramático de primera magnitud… dilapidado por desgracia —como se le ilustrará al lector en el capítulo correspondiente— en su mediocre saga. O recuperar de la desmemoria un título como Matrimonio de conveniencia, una comedia romántica magníficamente diseccionada por Diego San José (Pagafantas) —curtido guionista en tan exigente género—. Todo un lujo, insistimos, como el que supone despedirse del libro al lado de Sergio Barrejón (Amar en tiempos revueltos), quien nos recuerda que tras la evasiva apariencia de Regreso al futuro puede ocultarse la sombra de Sófocles.
Premios Goya (I): Mientras duermes, o todos o ninguno
Paul Newman competía en carreras de automóviles para asegurarse de que era el primero. Harto del capricho subjetivo de los premios de la cosa del cine, apostó por un mundo en el que quien llega antes gana. No quedan dudas. Moraleja: lo de los galardones es una cuestión que abre una polémica inagotable e irresoluble, pues en ella participa el gusto, algo tan particular y arbitrario. El gusto, evidente, pero también las manías, el prejuicio, el desconocimiento, o lo que sea. Y al revés, claro. Vamos, que los miembros de la Academia española del cine, al parecer seres humanos con las mismas virtudes y debilidades que arrastra cualquier otro miembro de la especie, tienen todo el derecho a seleccionar -primero- y a bañar en estatuillas -después- lo que estimen conveniente. Faltaría más. Eso sí, toman decisiones con repercusión pública, a veces tanta que durante todo el día el anuncio de las candidaturas es la más importante tendencia en Twitter, esa herramienta que el presidente de los académicos anunció, como gran virtud, que no gasta. Cosas que pasan en la era de la comunicación, aunque eso dé para otra reflexión o lo que sea esto que uno hace. Recupero el hilo: decisión pública igual a posibilidad de crítica. A ella me acojo después de tanto rodeo.
Ya en su día agoté un par de neuronas poco trabajadoras en pergeñar esta voluntariosa crítica de Mientras duermes, sin duda la gran derrotada en estas semifinales de los Goya que se han zanjado hoy. Como lo hice, no tiene sentido volver sobre las virtudes que se enumeran en aquel texto -pinche, lector, pinche en lo azul- y que hoy pueden leerse como una breve crónica de la injusticia . Este comentario -o lo que sea esto que uno hace- solo pretende llamar la atención sobre lo que me parece una tremenda contradicción. Veamos.
Luis Tosar es candidato en la categoría de mejor actor, circunstancia francamente merecida. Lo es por su energía habitual, por su entrega, por su verosimilitud, por su sentido del matiz, por su contención. Pero lo es, también, por el memorable y retorcido personaje que alguien escribió, inserto además en una atmósfera malsana y en un laberinto narrativo que alguien también escribió. Además, el portero tendente a la psicopatía y el suicidio -que alguien escribió- tiene una fuerza suplementaria a la que le imprime Tosar, procedente de alguien que le dirigió. Que le dirigió como actor, claro, pero que además obligó al espectador a situarse en su punto de vista, un lugar francamente incómodo al tiempo que disfrutable, pues ya nos enseñó Hitchock que no hay como ser durante cien minutos una ladrona o un dueño de motel aficionado a la taxidermia para echar un rato tan inolvidable como inquietante.
Se me podrá decir que todo ello sucedería con cualquier intérprete de cualquier filme y que, por tanto, siempre que exista una candidatura actoral mi argumento exigiría en todo caso la compañía en el guion, la dirección y la película. Puede ser. De todos modos, cualquier aficionado tiene la impresión de que en ocasiones un actor brilla por encima -o se oscurece por debajo, que también- de un guion y de unas estrategias de realización. A mí desde luego, me ha pasado en alguna ocasión. En Mientras duermes, sin embargo, no me ocurre. El actor es el personaje y ese personaje es el guion y es la dirección. No hay distingos. Todo ello forma parte de una unidad inquebrantable de conflictos, motivaciones y posiciones de cámara. Y no tengo la menor duda a ese respecto.
Así que lo coherente hubiera sido o todos o ninguno y mejor hubiera sido, de largo, lo primero. Qué ganas tendrá más de uno de mono de cuero y volante. Inversamente proporcional, añado, a la de otros por abrirse una cuenta en Twitter.


