Seis puntos sobre Emma, de Roberto Pérez Toledo

Debutar con elegancia

Conozco a Roberto Pérez Toledo. Hace algunos años compartimos aula en una Facultad en la que por entonces éramos muchos y muy diversos. A los dos nos apasionaba el cine pero no tuvimos mucho contacto, seguramente por la cortedad de vista de quien esto firma. Ahora, la magia del celuloide coloca una película entre los dos, desde su cámara hasta mi butaca de crítico provinciano. La encaro con una mezcla de curiosidad y extraño sentido del compromiso. La arranco con un pellizco de emoción cuando nombran a una tal “Rosca”. Y la termino en estado de satisfacción plena y sincera.
Seis puntos sobre Emma
posee la frescura del debutante, la elegancia del autor honesto y la sensibilidad de quien se maneja con conocimiento de causa. Cuenta el drama de una joven ciega que, en una maravillosa paradoja, trabaja en el Teléfono de la Esperanza cuando es ella la que anda por la vida con carencias afectivas. Es descarada, despierta, sarcástica. Directa, pues tiene objetivos y va sin titubear a por ellos. El problema es que los demás y sus debilidades también cuentan. Y…
Mejor no entrar en más revelaciones argumentales. El relato, de hecho, se presenta a sí mismo con una levedad que por momentos coquetea con la ausencia de fibra narrativa. Esa es, sin embargo, una de las virtudes de un filme que en otras manos –y mucho más en las de ciertos y exitosos cineastas patrios– se hubiera abandonado al énfasis y el subrayado. Prefiere el novato del largo restarse importancia y renuncia a cargar las tintas para que el invento no pase por más de lo que es.
Y es bastante. La distancia manejada en los encuadres, la sobria utilización de la música y la ambigüedad de unos personajes a los que no se dulcifica y que están construidos con varias aristas invitan a la actividad de las neuronas del espectador sin restarle emotividad. Solo los sutiles cambios de eje en la recurrente situación de la telefonista esperanzada demuestran que la obra está en muy buenas manos. Eso y unos intérpretes, liderados por Verónica Echegui, a los que se nota disfrutar con un proyecto pequeño que, a pesar de sus contados balbuceos, irradia amor sincero y profundo por este arte llamado cine. No se la pierdan.

Martha Marcy May Marlene, de Sean Durkin

La cárcel interior

Un plano general de unos hombres y mujeres que trabajan la tierra de una granja precaria. Otro de conjunto en el comedor, donde almuerzan los varones. De inmediato, la réplica de ellas. Todos, cada uno por su lado, comen en silencio. Reina un ambiente gris, hermético, gélido. Así arranca Martha Marcy May Marlen, con un punto desconcertante en su tono y una clara tendencia a la austeridad en su plasmación visual. Y Martha, la protagonista, escapa del lugar adentrándose en un bosque. Es la historia de una huida imposible.
La joven pretende liberarse de la cadenas psicológicas que la atan. El siniestro lugar es el centro de operaciones de una secta gobernada por un individuo inteligente, manipulador, implacable. Los demás le obedecen en sus pequeños rituales. La estrategia es sencilla: primero, cariño y seguridad. Después, entrega sexual y violencia. Pero la película está contada en un doble tiempo y lugar. Martha se refugia en casa de su hermana y de su cuñada. Y comienza el infierno por su incapacidad para adaptarse a la convivencia, abriendo además la puerta a la disolución del rutinario matrimonio.
El relato es una tragedia en toda regla. Con un montaje alterno y sucesivos flashbacks se enlazan los dos niveles narrativos para que el espectador encaje las piezas del laberíntico estado psicológico de la sufrida Martha. Lo mejor de la propuesta de Sean Durkin es que traza el mapa sin énfasis, con una desnudez en la puesta en escena que parece distanciar al espectador de los hechos narrados, lejos de los subrayados habituales de este tipo de argumentos. Al público le toca pensar, como en los filmes de Haneke y de otros autores europeos.
Ni cataratas de palabras dichas ni éxtasis en la banda sonora ni travellings enfatizadores. El planteamiento se inserta un territorio independiente y alternativo, adjetivos que ponen los pelos como escarpias aunque sirvan para entendernos y ahorrar líneas. Cuenta el proyecto con la aportación imprescindible de Elizabeth Olsen, una actriz en estado de gracia incluso en la desgraciada versión doblada. Solo la diferencia de interés entre lo que sucede en el reino sectario y en el de la familiaridad provoca una caída de la película en la descompensación, sin duda el punto más discutible de una obra muy interesante.

Las nieves del Kilimanjaro, de Robert Guédiguian

Un rayo de esperanza

Algunos directores han hecho de su obra un vehículo de concienciación. Como si se sintieran impelidos a transformar la realidad contándola con sus cámaras, esos cineastas se comprometen con una labor de denuncia de la injusticia o de revisión de los males sociales o de desenmascaramiento de un poder lleno de contradicciones. Son tipos como Ken Loach -quizás el caso más paradigmático- que defienden que el cine es un arma cargada de futuro y que no puede entretenerse en evasiones efímeras que apuntalan un conformismo culpable.
El francés Robert Guédiguian, creador de joyas como Marius y Jeannette o La ciudad está tranquila, pertenece a esa estirpe. Igual que otros creadores que asocian su universo a ciudades muy concretas, él lo hace con la luminosa, heterogénea y compleja Marsella, un lugar que se presta a poca épica embellecedora de no ser por los seres anóminos que la habitan y a los que Guédiguian dedica conmovedora atención.
Dos de ellos, encarnados por Jean-Pierre Darroussin y Ariane Ascaride –habituales del realizador–, protagonizan Las nieves del Kilimanjaro. Él, enlace sindical de toda la vida, es despedido pero tiene el colchón de una prejubilación ventajosa. Ella, su mujer, arregla casas y acepta los reveses de la vida con una actitud optimista gracias a su encantadora familia. Y toda la rutina estalla en mil pedazos cuando son víctimas de un robo con suma violencia en su propia casa.
La película aborda la mala conciencia de una clase sindical bientiencionada pero que corre el riesgo de convertirse en un anocronismo. El asunto es grave, claro, aunque Guédiguian lo desarrolla como una fábula moral tan sencilla que coquetea con el simplismo. Casi da lo mismo. La cristalina exposición da paso a una calidez embriagadora, llena de luz y valores positivos. El realismo en la representación ayuda a sentir de cerca los conflictos de unos seres que no soportan la paradoja entre lo que defienden y lo que hacen. Circunstancia que se resuelve con una apuesta por la acción y el compromiso con los débiles, motivado por un altruismo no exento de culpabilidad. Grandes cuestiones éticas abordadas con una ternura sin adornos. Notable.

La pesca del salmón en Yemen, de Lasse Hallström

Para quien quiera picar

El cine narrativo es un arte de expectativas. Los contadores de historias saben que el espectador anda todo el rato anticipando lo que sucederá a continuación. Basta con haber visto alguna película con tu abuela para darte cuenta de la cantidad de apuestas que hace sobre lo que sucederá a continuación, sobre la sospecha hacia alguno de los personajes o sobre cómo se resolverán las peripecias. Y ante ese horizonte acerca de lo que cabe esperar el narrador tiene que moverse hábilmente: contradecir todas las hipótesis del público genera un efecto sorpresa que puede ser excesivo mientras que confirmarlas en su totalidad hace del relato un mecanismo previsible y sin vida. Ahí radica, sin duda, uno de los grandes desafíos que afrontan los guionistas.
La pesca del salmón
es uno de esos artefactos en los que cada pieza promete un avance posterior que está más anunciado que los refrescos de cola. El tema va de un científico contratado para llevar una colonia de salmones desde Inglaterra hasta Yemen, lugar en el que los pececitos deben echar raíces. Como, evidentemente, la trama no da para mucho, el corazón argumental se basa también en un chico conoce chica de toda la vida. Los dos están emparejados. Los dos pierden de alguna manera a sus respectivos. Los dos son muy diferentes pero se caen bien. Los dos se enamoran. Los dos tienen que elegir. Los dos, los dos, los dos.
Las dificultades que afrontan entran en el desarrollo con calzador, están ahí para fastidiar en el momento oportuno y conforme a trucos que se ven venir muy de lejos. Como además ya se deja sembrado que la fe y el amor lo salvan todo uno sabe de antemano que casi cualquier cosa que pueda darse por definitiva se arreglará con un milagro o, lo que es igual, con una decisión narrativa adoptada por la cara y sin más explicaciones. Es cierto que en su ligereza salteada de controlada ironía  La pesca del salmón en Yemen se deja ver sin mucha molestia. Hallström dirige con la cámara y a los actores de forma un tanto blandita y masajea la mirada con cierta eficacia, pues eso sabe hacerlo de siempre. Así que, quien quiera picar por ese lado, que pique.

De Nicolas a Sarkozy, de Xavier Durringer

Inoperancia fílmica

Uno es muy curioso y se deja engañar con facilidad. Un mal día ves un tráiler de una película que promete la radiografía de un estadista como Nicolas Sarkozy y te entran unas ganas poco reflexivas de hincarle la mirada. Así que, a falta de algún cineasta reputado en cartelera o vistos ya los estrenos básicos, te adentras en la sala con la capacidad de sorpresa en estado generoso. Es entonces, justo desde el momento en el que se ilumina la pantalla y los personajes abren por primera vez la boca, cuando te das cuenta de lo que te espera: un ejercicio de inoperancia fílmica.
Hay que reconocer, no obstante, que la industria francesa tiene una salud de hierro. Nuestros vecinos de los odiados guiñoles televisivos –que sigan conservando lo que aquí murió por inanición ya dice bastante de lo que son ellos y de lo que somos nosotros– hacen de todo. Desde el subproducto masivo que vende sin más hasta las obras de arte y ensayo de sus ancianos maestros, tipo Godard. No extraña, pues, que facturen incluso una producción crítica sobre el político más poderoso de la nación y que, en el colmo del milagro, sean además capaces de exportarla fuera de sus fronteras.
Eso ya es un mérito, sin duda, aunque por desgracia se te olvide demasiado pronto ya metido en la proyección. Con una estructura salteada de flashbacks, De Nicolas a Sarkozy cuenta los años previos a la victoria del bajito carismático en las elecciones presidenciales de 2007. Los órdagos a Chirac, los problemas maritales con Cecilia, las operaciones de manipulación de los medios y, en fin, todas las intrigas palaciegas se muestran sin rubor en el filme.
El problema radica, sin embargo, en el trazo tan grueso de la representación. Los diálogos son de una textualidad terrible, escritos para que sean comprendidos en una literalidad que le niega cualquier atisbo de matiz a los personajes. Muy pocas situaciones resultan creíbles por esquemáticas y evidentes. Además, el desarrollo de la trama es reiterativo y niega avances de calado. Defectos que, sumados a las insulsas estrategias de realización, terminan creando el mismo tedio que contemplar un cartón desgastado durante cien minutos. Porque, satisfecho el morbo, solo queda la desilusión cinematográfica.